Pasando por el arco del triunfo de Rajoy

Juan Carlos Escudier

Olviden todo lo que han aprendido sobre la democracia y sus reglas, sobre el juego de las mayorías y las minorías y sobre las funciones del Gobierno, al que se reserva la iniciativa legislativa para satisfacer el interés general y cumplir el programa electoral del grupo que lo sustenta. Reformulen conceptos. Sean modernos. Dejen de pensar que el poder en democracia se ejerce y no se detenta, que es siempre una tentación cuando se encariña uno de las alfombras. Ignoren aquello de que la división de poderes no es un formalismo, y acepten que si Montesquieu es el tipo más asesinado de la historia será por una buena razón. Arrojen a la papelera sus extravagantes teorías y aprendan la lección.

Ante su incapacidad para conseguir los apoyos parlamentarios suficientes, el Gobierno se dispone a prorrogar de nuevo los Presupuestos Generales del Estado, de manera que las cuentas de 2017 servirán para 2019, y para todo lo demás MasterCard, que es como se llama a eso de gobernar por decreto. Montoro, que en un momento nos pareció el señor Burns de los Simpson y ahora juega a ser Rousseau, ha descubierto que lo de tener Presupuestos es una antigualla y que lo moderno y europeo es gobernar por el artículo 33 siempre y cuando se respeten los objetivos de déficit, que no todo iban a ser herejías. La culpa, de llegarse a esta situación, será del PNV, que es una tostada que ya no se deja untar con el 155 sobrevolando Catalunya, de Ciudadanos por creerse la encuestas, o del PSOE por no tener sentido de Estado. Nada impide, por tanto, que Rajoy siga en Moncloa, sobre todo ahora que los alquileres se han puesto por las nubes.

Es verdad que la Constitución no prohíbe expresamente la prórroga indefinida de los Presupuestos pero el espíritu de la ley sugiere su carácter excepcional e, incluso, textualmente hace referencia a dilatar las cuentas “del ejercicio anterior”, en el entendimiento de que éstas a su vez no han sido prorrogadas (art. 134.4). Nadie hasta ahora había recurrido a la prórroga de una prórroga, que es una burla a la democracia y que debería llevar a la dimisión del Gobierno y a la convocatoria de nuevas elecciones.

A la manera de una momia de tantas vendas puestas sobre la herida, los de Rajoy se han dado de plazo hasta abril para aprobar los Presupuestos o seguir con los actuales modificando por decreto lo que estimen necesario, algo para lo que precisan aprobar en junio un nuevo techo de gasto y los nuevos objetivos de déficit. De esta manera, pretenden sacar adelante la subida salarial de los funcionarios, la nueva oferta de empleo público, la equiparación salarial de policías y guardias civiles y los adelantos a las comunidades autónomas, y a ver quién es el guapo que lo impide.

En lo de gobernar por decreto tiene el PP una experiencia acreditada. Conscientes de su minoría, en el último año sólo se tramitaron nueve proyectos de ley, la mayoría para trasponer directivas de la UE o en respuesta a situaciones sobrevenidas como el tramitado para paliar los efectos de la sequía. En ese tiempo, una veintena de decretos fueron convalidados íntegramente y sin posibilidad de enmienda.

No es sólo que el Gobierno no gobierne o solo lo haga para suspender la autonomía catalana. Es que tiene secuestrado al Parlamento sin pedir rescate, de manera que veta por sistema cualquier proposición de ley de la oposición que lleve aparejados aumentos de los créditos o disminución de los ingresos –la inmensa mayoría-, o practica, con Ciudadanos como cooperador necesario, una suerte de filibusterismo que consiste en ampliar indefinidamente los plazos de enmiendas para que ninguna iniciativa llegue a ser votada. A las sucesivas reprobaciones de ministros, secretarios de Estado y fiscales, que es a lo que ha quedado reducida la actividad del Congreso, han respondido el Ejecutivo y los afectados con sonoras carcajadas.

Acabar con esta parodia es urgente. Bastaría con que una mayoría parlamentaria diera el paso de censurar al Gobierno, aunque sólo fuera para convocar elecciones de manera inmediata. Entre tanto, la democracia seguirá desfilando bajo el arco del triunfo de un registrador de la propiedad rindiéndole honores. Todo muy marcial.