Opinion · Tierra de nadie

Una vanguardia anciana y feminista

Hay quien ha empezado a echar números de los agraviados por el PP para concluir que si los nueve millones de pensionistas, más los 24 millones de mujeres, más los 1,6 millones de parados sin protección, más otros varios millones afectados de una forma u otra por los recortes -llámense dependientes, estudiantes, funcionarios o enfermos crónicos-, más los 40 millones escandalizados por la corrupción, todos ellos al alimón se cobraran su venganza en el plato frío de las elecciones, Rajoy tendría que emigrar a Santa Pola a registrar pareados e inscribir hipotecas y su partido acabaría siendo extraparlamentario o se disolvería en grupos impares menores de tres.

En la elaboración de esta cuenta de la vieja ha influido decisivamente el éxito de la movilización que los jubilados de toda España protagonizaron el pasado jueves, que pilló de sorpresa al Gobierno, a la oposición, a los medios de comunicación y, especialmente, a los activistas de Twitter, que no concebían cómo podía haber empezado la revolución sin ser tendencia en las redes mientras ellos seguían pronunciándose a favor o en contra del nuevo peinado de Anna Gabriel.

Que los abuelos hayan logrado hacer hueco en su apretada agenda de limpieza, comidas, seguimiento de obras y transporte de los nietos al colegio o a las actividades extraescolares para decir hasta aquí hemos llegado es, sin duda, un indicativo de fin de ciclo, aunque sea pronto para deducir que se avecinan cambios radicales o mudanzas en La Moncloa.

La protesta ha pasmado por lo inusual en una sociedad desmovilizada, adormecida por los vahos del opio destilado en las probetas de Sálvame y Operación Triunfo, y entregada a Facebook o a los selfies en paños menores en Snapchat. La reciente vitalidad de la tercera edad contrasta con la senilidad de una juventud inconmovible hasta la insensibilidad, que asiste impertérrita al desmantelamiento de la educación pública, las reformas laborales, el desempleo crónico o el desvalijamiento de la Seguridad Social. La emigración forzosa ha sido su mayor gesto de rebeldía, cuando no de impotencia. Pasan los años y la generación perdida no termina de encontrarse.

No es bueno generalizar pero nos hemos hecho estoicos en el peor de los sentidos, fatalistas que aceptan su destino con la mirada puesta en la próxima jornada de liga, a ver si hay que seguir pitando a Benzema o si Messi nos alegra el día. Por eso nos asombra que los jubilados se echen a la calle y se pongan un lazo marrón por la subida de mierda de sus pensiones o que las mujeres se dispongan a hacer huelga para reclamar el fin de la violencia física y económica que sufren, que no es sino pedir igualdad y justicia.

Es verdad que la crisis nos ha abofeteado y muchos fueron expulsados de ese paraíso edificado en hileras de pareados donde el aire no era puro pero olía a las barbacoas de sardina de los domingos. Dispuestos a tropezar las veces que haga falta en la misma piedra, los cantos de la recuperación nos han hecho soñar de nuevo con hacernos sitio en esa clase media tan silenciosa, tan informe y tan ridícula.

Los que alcanzan ese estatus o sueñan con hacerlo son los mejores aliados del inmovilismo, los que matarían a sus padres si se les dice que subirles más la pensión nos llevaría de nuevo a la ruina, los que levantarán otra vez las banderas contra los inmigrantes que vienen a quitarnos el trabajo, los que primero defenderán nuevos recortes en el Estado del Bienestar porque hay mucho vago a la sopa boba, los que dirán a sus mujeres y éstas a sus vecinas que hay que ir despacio, que ya se ha avanzado mucho y que las brechas, aun las salariales, se cierran pero con el tiempo. De ahí que no esté claro si asistimos a un despertar o a un ruidoso bostezo antes de seguir durmiendo.