Opinion · Tierra de nadie

El cantar del Mio Felipe

La propaganda monárquica ha elevado al jefe del Estado a un pedestal altísimo, y en esos altares estratosféricos se suele perder mucha perspectiva. Siempre se dijo que las piernas de un hombre han de ser lo suficientemente largas como para llegar al suelo pero en el caso de los reyes parece que hubieran de incorporar alzas para mirar a los demás por encima del hombro. Queda así establecida una relación que nunca es entre iguales y que produce tortícolis a los obligados a elevar la vista para contemplar una magnificencia que pagamos a escote.

Si durante siglos fueron trovadores los encargados de cantar las gestas reales, Felipe VI cuenta ahora con un afinado coro de medios de comunicación entregados a esta lírica. Las crónicas describen que nuestro monarca no sólo es el Borbón más preparado sino también el que salvó la unidad de España de la conjura secesionista. Si el padre detuvo el golpe de Estado de Tejero vestido de capitán general, el hijo ha hecho lo propio con el de estos pérfidos catalanes que ahora vagan por Europa o expían sus pecados en prisión, pero sólo con chaqueta y corbata.

Desde este domingo, se canta una nueva hazaña, según la cual, estando en territorio ‘enemigo’ con motivo de la inauguración del World Mobile Congress, y desafiado en singular justa por la alcaldesa de Barcelona, que se negó a rendirle pleitesía y le afeó su falta de empatía tras la consulta del 1-O, nuestro legendario monarca recogió el guante, embridó su corcel y derribó del caballo a Colau con una sola frase: “Yo estoy aquí para defender la Constitución y el Estatut”. Si algún día Netflix le diera por hacer una serie al estilo de la que se hizo de la Transición con voz en off de Victoria Prego, éste sería el título de uno de sus capítulos.

El rey, en efecto, tiene jurado guardar y hacer guardar la Constitución pero también respetar los derechos de los ciudadanos (art. 61), literalmente pisoteados –derechos y ciudadanos- en el caso que nos ocupa. Eso fue lo que se echó en falta en su discurso del 3 de octubre, donde no se permitió ni una sola crítica a una violencia que escandalizó a medio mundo ni una mínima apelación a un diálogo al que pudieran aferrarse no ya los independentistas sino esa legión de insatisfechos cuyos miembros se siguen contando por decenas de miles.

Tal y como se dijo aquí en su día, lejos de ser una gesta, el encendido discurso en el que ordenaba actuar contra la pretendida insurrección representaba el fracaso de una institución que, también constitucionalmente, tiene encomendada ser árbitro y moderador del funcionamiento de las instituciones (art. 56), función de la que tanto el padre, entregado al dolce far niente, como el hijo han hecho dejación en los cerca de seis años de enquistamiento del conflicto catalán. En ese tiempo los señores del trono han mirado para otro lado. No se trataba de hacer política sino relaciones públicas, algo que tanto se aplaude cuando se trata de vender fragatas o trenes a los primos del Golfo.

La inusual dureza sólo es explicable por una cuestión de supervivencia. No se pretendía convencer sino vencer, porque una solución distinta que implicara un nuevo encaje territorial podría derivar en un debate abierto sobre el modelo de Estado, y eso son palabras mayores porque con las cosas de comer no se juega. Los juglares ya tienen tema.