Opinion · Tierra de nadie

Las japonesas del PP

Los antiguos griegos ya advertían de las virtudes del silencio y de que siempre es preferible callar y parecer tonto a hablar y confirmarlo. Esto es lo que les ha ocurrido a la ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina, y a la presidenta de Madrid, Cristina Cifuentes, con su declarado propósito de ejecutar mañana una particular “huelga a la japonesa” frente al paro con el que las mujeres protestarán contra la brecha salarial, la discriminación, la precariedad y el acoso sexual. La anunciada hiperactividad de Tejerina y Cifuentes ha tenido que ser descalificada por Rajoy, quien en su quietismo antropológico ha dicho con encomiable sinceridad que no se reconoce en sus palabras.

Es sobradamente conocido que la huelga a la japonesa es uno de esos inventos del tebeo que han hecho fortuna, del estilo del aparato limpia narices o el aparcamiento de coches en vertical. De ahí que las palabras de la ministra, la presidenta y hasta la rectificación de Rajoy sólo pueden significar dos cosas: que su conocimiento de Japón se limita a los bonsáis y que la única huelga que conocen es la de consumo cuando cierran los comercios.

Es verdad que ahora en Japón se hacen pocas huelgas y que el movimiento sindical se mueve poco, pero gracias al shunto o lucha primaveral, por el que las negociaciones salariales y las huelgas en grandes empresas se concentraban en esa época del año y servían de referencia al resto, permitieron hasta bien entrada la década de los ochenta del siglo pasado elevar el nivel de vida de los trabajadores nipones.

Más allá del sol naciente o más acá según se mire, resulta enfermiza la obsesión de muchos dirigentes del PP por descalificar el derecho de huelga, que no sólo existe para defender los derechos profesionales y económicos sino, como certificó la OIT, para buscar soluciones a cuestiones de política económica y social e intentar acabar con injusticias como las que durante siglos han tenido que soportar las mujeres que este jueves marcharán en defensa de unos derechos tan reconocibles como pisoteados.

Lo que intentan Tejerina y Cifuentes, que hace un tiempo defendió que las vacaciones fueran opcionales para estajanovistas como ella, es extender la idea de que nada se consigue poniendo pies en pared contra la iniquidad, aunque con ello demuestren no sólo una profunda ignorancia sobre Japón sino también sobre la historia de este país, que se ha construido sobre la lucha de quienes enfrentaron la represión a cambio de arrancar conquistas a absolutismos, dictaduras y gobiernos supuestamente democráticos.

El paro de ese 8 de marzo no es fruto del capricho de unas locas feministas. Engarza en la misma tradición que hizo posible que tras 44 días de huelga, primero en La Canadiense y luego con carácter general en toda Barcelona, España se convirtiera en 1919 en el primer país que daba carta de naturaleza a la jornada de ocho horas. Sirvió la huelga del 1 de mayo de 1947 en Vizcaya contra la carestía de la vida y los bajos salarios; la del 51 que obligó al franquismo a anular la subida de tarifas de los tranvías de Barcelona; la de las cuencas mineras de 1962; las movilizaciones de Seat, Bazán y de la térmica de Sant Adriá, en donde varios trabajadores se dejaron la vida; la del 14-D…

Habrá un antes y un después de la huelga de este jueves, por mucho que le pese a Tejerina y su abultado patrimonio y a Cifuentes y su pobreza estructural, que ya es una tradición entre las presidentas madrileñas. Lo que defienden las mujeres es su derecho a esquivar el destino, a apropiarse del fuego de Prometeo y maldecir a los dioses. Quieren cambiar el mundo, Japón incluido.