Opinion · Tierra de nadie

El tirano no es tan tonto

De la anunciada reunión en mayo entre el “hombre cohete” Kim Jon-un y el “viejo chocho” Donald Trump puede extraerse como primera conclusión que nunca hay que fiarse de las apariencias, ya que quizás hayamos confundido a un trastornado dictador dispuesto a iniciar la tercera guerra mundial con un inteligente jugador de ajedrez que, con la partida perdida, es capaz de salvar sus peones y firmar unas tablas más que honrosas.

Como se explicaba aquí el pasado mes de septiembre, la alocada carrera nuclear de Corea del Norte y sus sucesivos lanzamientos de misiles sobre las cabezas de unos alarmados japoneses que desconfiaban ya hasta de las estrellas fugaces no anticipaban necesariamente el fin del mundo, aunque con Trump al otro lado nunca se podía estar seguro de nada. Más bien, parecían obedecer a un plan cuyo objetivo era la mera supervivencia del régimen, que se entendía amenazado por EEUU y que se había entregado durante décadas a una carrera nuclear que ha consumido buena parte de los recursos del país. Todo ello para ofrecer, finalmente, un gambito de dama en el que se intercambiaría uranio por reconocimiento internacional y se pondría fin a esta peligrosa partida.

Con sus misiles de largo alcance, el “gordo y bajito” Kim-Jon-un había conducido el conflicto a un callejón sin salida  que no hacía aconsejable un ataque preventivo -como amenazaba el emperador del flequillo- por varias razones. La principal, que era imposible saber con certeza que dicho ataque destruiría completamente el arsenal nuclear norcoreano, lo que abría la puerta a un conflicto en el que los muertos se contarían por millones, una locura para la que ni Trump está preparado pese a su perpetuo romance con el delirio.

Paralelamente, ninguno de los actores presentes en la zona apoyaba una solución bélica por razones obvias. No la quería Corea del Sur, que anticipaba los daños colaterales, ni Japón, en la diana por la presencia en su territorio de bases de Estados Unidos. Tampoco China, que temía no sólo que su frontera se convirtiera en un gigantesco campos de refugiados norcoreanos sino darse de bruces con una eventual reunificación de los dos Coreas bajo el patrocinio de Washington.

La única alternativa posible era la diplomática que ahora ofrece Pyongyang, con la que a cambio de la paralización del programa armamentístico pretende conseguir su reconocimiento como potencia nuclear, el fin o el alivio de las sanciones económicas, que por otra parte Corea del Norte lleva esquivando durante años con la inestimable ayuda de China, y la no injerencia en sus asuntos internos, lo que implicaría de facto la perpetuación de su gulag, un mal menor que todos aceptarán a cambio de evitar un hipotético apocalipsis.

Si las negociaciones a varias bandas que se abren ahora prosperan, todos podrán apuntarse el tanto. Trump dirá que ha vencido porque sus misiles eran más gordos su amenaza de “fuego y furia” ha salvado al mundo. Y el “demente” Kim se presentará ante su país como el héroe que doblegó al demonio yankee. La geopolítica es una cama redonda con sábanas muy sucias.