El hipódromo de la Moncloa

Juan Carlos Escudier

Debe de pintar un panorama un tanto negro para el PP porque la sucesión de Rajoy ha empezado a plantearse abiertamente, y hasta alguno de los llamados a esa cena, que en su día fue un hipódromo con Aznar manejando de la foto finish, ya se atreven incluso a postularse como jinetes. Es el caso de Núñez Feijoo que, preguntado sobre su disposición a dejar Galicia para ceñir la corona de la derecha, pidió que le dejaran contestar dentro de un año, “cuando el presidente nos dirá lo que decida hacer”, tal es la faraónica costumbre de la casa. Hagan sus apuestas porque, a lo tonto, la carrera puede haber comenzado ya.

Pendientes de introducirse en los cajones o de colocarse la servilleta están, por tanto, Feijóo, un pura sangre que odia las fotos, sobre todo aquellas que le inmortalizan con narcotraficantes como Sito Miñanco; Sáenz de Santamaría, que avanza mucho en las rectas pero sufre cuando vienen curvas como las de Catalunya; Cospedal, a la que habrá que avisar que la competición es en directo y no en diferido; Cifuentes, al frente de una cuadra financieramente poco recomendable; y hasta Iñigo de la Serna, del que no se sabe si galopa o no pero que tiene una planta estupenda y da gloria verle cuando corretea.

En los últimos días varios medios han dado cuenta de la presencia en la pista de un nuevo corcel del que se apuntan cualidades extraordinarias: prudencia, inteligencia, lealtad, seriedad, rigor y, sobre todo, higiene, que es una virtud insólita en un partido acostumbrado a chapotear en inmundicias. Se trata de Ana Pastor, de la que no se conoce más defecto que el de parecerse mucho a Rajoy. Aunque sólo fuera por el sacrificio de su marido, habitual acompañante del presidente en sus trotes cochineros por Ribadumia, la presidenta del Congreso tendría la carrera ganada.

Pastor sería, en efecto, una buena candidata si el relevo estuviera en marcha. Pertenece al círculo íntimo, a esa cuadrilla de Pontevedra que hizo del Blanco y Negro el cuartel general de sus vermús, y que en vacaciones prolongaba su endogamia en Sanxenxo. Nunca salió de su boca una crítica al hijo del juez ni puede exhibir un solo enemigo en el PP. Es amable, empática y dialogante. Inteligente también, o eso dice Pablo Iglesias, que hasta ve en ella una cintura política de bailarina. Bastaría con una designación digital para que la democracia interna del PP hiciera el resto.

La carrera, como se decía, puede haber empezado sin que el propio Rajoy se haya enterado, pese a que los relinchos y el ruido de los cascos son audibles a gran distancia. O se ha enterado y se resiste a dar la salida mientras intenta por todos los medios aprobar los Presupuestos de 2018, que es la clave de bóveda de su permanencia, de su victoria en ese extenuante Grand National donde muchos jinetes besaron el suelo antes siquiera de llegar al hipódromo.

Es difícil imaginar a la secuoya que es Rajoy aceptando convertirse en un mueble auxiliar, y la prueba es la imagen elegida por el PP para celebrar su convención nacional a finales de mes: un árbol de poderoso tronco que, en palabras del palmero Martínez Maíllo, aguanta lo que le echen, ya sea viento, frío, hielo o nieve, un vegetal muy vegetal y mucho vegetal, la imagen con barba del ‘no nos moverán’.

De ahí que sea improbable que por propia voluntad promueva su relevo como hizo Aznar o que las presiones de su partido fuercen su retirada a la manera de Zapatero. Rajoy quiere galopar hasta 2019 y a partir de ahí mantenerse en la montura hasta que el cuerpo aguante. No se le puede pedir a un centauro que descabalgue. Hay que derribarle.