Opinion · Tierra de nadie

Los dos papeles de Rommy Arce

La política está llena de actores malísimos pero, a diferencia del cine, no perdona que alguien represente dos papeles por exigencias de su propio guion vital. Chaplin pudo ser a la vez un barbero judío y el terrible dictador Hynkel y, mucho más recientemente, Tatiana Maslany dio vida a Sarah Manning y a sus tropecientas hermanas clonadas en Orphan Black con gran éxito de crítica y público. Algo parecido intentó la concejala del Ayuntamiento de Madrid Rommy Arce y, a resultas, ha sido llamada a declarar como investigada por un presunto delito de odio.

Arce no ha tenido una vida fácil. Nacida en Lima, llegó a Madrid a los 15 años, consiguió la nacionalidad española diez años después y no se le cayeron los anillos limpiando casas y sirviendo comidas para poder licenciarse en Historia del Arte, obtener una diplomatura en Documentación y hasta un master, cuyo trabajo final es muy posible que pueda presentar pese a que hoy no esté de moda hacerlo. Su compromiso social le llevó al centro okupa El Laboratorio de Lavapiés, a montar una biblioteca en los campamentos del Frente Polisario y a militar en CCOO, antes de participar en el 15-M e integrarse en Podemos como representante de los Anticapitalistas.

Nada más ser elegida concejal, explicaba en una entrevista que pretendía ser la voz de la población migrante y fijaba como prioridades acabar con las redadas y con las expulsiones exprés y cerrar el centro de internamiento de extranjeros de Aluche, esa especie de cárcel hacinada de presos que no lo son, un limbo en los derechos humanos donde los internos esperan en condiciones lamentables sus órdenes de expulsión.

El pasado 15 de marzo, tras el fallecimiento del senagalés Mame Mbaye Ndiaye, a quien se le paró el corazón poco tiempo después de haber huido a la carrera de una redada de la Policía Municipal contra el top manta, la concejal Arce cedió su cuenta de Twitter a la activista Arce para que denunciara que Mame Mbaye había sido víctima de la xenofobia institucional y el sistema capitalista por ser negro, pobre y sin papeles, para aplaudir las movilizaciones de Lavapiés y para exigir el fin de las políticas migratorias racistas y las persecuciones policiales. Para el sindicato CPPM, mayoritario en la Policía Municipal, sus dos tuits sugerían que los agentes habían sido responsables de la muerte del mantero y habían avivado los disturbios. A raíz de su querella, admitida por el juzgado, Arce tendrá que declarar el 25 de abril.

No se ve odio en las palabras de la activista, más allá de la rabia que produce la muerte de un ser humano privado de cualquier derecho de ciudadanía tras 14 años de residencia en España. A Mame Mbaye le mató su corazón pero también la pobreza y la marginación porque no es habitual que un inmigrante sin papeles acuda al médico a hacerse un chequeo. ¿Persecuciones policiales? Las hay, igual que redadas étnicas por el color de piel, como ha venido denunciando Amnistía Internacional o Naciones Unidas por las flagrantes vulneraciones del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.

Hay que aplaudir a la activista Arce y censurar a la concejala Arce porque no se puede estar en misa y repicando, denunciando con la mano izquierda lo que hace su derecha. La edil no tiene responsabilidad en la política de inmigración y extranjería del Estado pero alguna debe de tener en las directrices que recibe la policía del Ayuntamiento del que forma parte.

Si realmente la concejala Arce piensa que la muerte de Mame Mbaye es comparable al asesinato de Lucrecia Pérez o a la de Samba Martine, la interna 3106 del CIE de Aluche fallecida sin que sirvieran de nada sus diez intentos de recibir atención médica en el centro, debería haber acabado con su doble representación, con ese desdoblamiento de personalidad que no reconoce como propias las actuaciones o la pasividad cómplice del otro yo, del institucional. No hay odio sino incoherencia. Y habría sido un ejemplo que la concejala hubiera dimitido para que la película tuviera el digno final que se merecía.