Otra conspiración del PSOE

Juan Carlos Escudier

Al caso del máster fantasma de Cristina Cifuentes le faltaba el ingrediente sorpresa, ese toque de tabasco en el Bloody Mary con el que el cóctel pasa de ser una mezcla de licores a un libertinaje de sabores. Finalmente, ese fin de semana hemos sabido que el asunto no se limitaba a una más de las indecencias que florecen al calor de la impunidad y del amiguismo sino que ha obedecido a una planificada conspiración de un militante socialista, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, que habría filtrado el aguinaldo académico de la presidenta de cabellos dorados por puro despecho.

Extrañaba que no surgiera este elemento de la conjura que es consustancial a todos los escándalos que han arribado a las playas del PP, hasta el punto de que algún día la historia incluirá al partido como la víctima de un terco complot planetario ideado por los templarios un día de libranza en su búsqueda del santo grial y transmitido en secreto de confesión a Pablo Iglesias en Casa Labra cuando intentaba fundar el PSOE. La  maquinación perpetua de los socialistas contra el PP vendría a demostrar, aunque ese no fuera su objeto, una derivada del principio de Arquímedes, según el cual toda organización política sumergida en un fluido de inmundicia experimenta un empuje vertical y hacia arriba semejante al peso de los excrementos desalojados. O dicho de otra forma, que se puede gobernar flotando en la mierda como si tal cosa.

Los primeros contubernios de los que se tiene referencia escrita datan de los tiempos en los que el bigote de Aznar era negro zaíno, casi tan antiguos como los manuscritos del Mar Muerto. Acababa de llegar el embrión de estadista a la presidencia del PP cuando se descubrió que el partido se financiaba ilegalmente y que entre col y col algunos de sus dirigentes se zampaban las lechugas. Tal y como daría cuenta Aznar en la primera entrega de sus memorias, el caso Naseiro fue un montaje del Gobierno socialista para frenar el avance del PP, con el juez instructor como cooperador necesario: “Demostrando una inteligencia política y una capacidad de reacción fuera de lo común, Cascos consiguió convertir el caso Naseiro en el caso Manglano. Es decir, consiguió que el PP pasara de la defensa al ataque contra quienes, amparados por el poder y desde el propio poder, habían orquestado una operación para abortar la consolidación de una alternativa al socialismo en España”.

Aquello fue sólo el principio. Llegó luego la Gürtel, otra inmensa confabulación que Rajoy se encargó de desenmascarar: “Esto no es una trama del PP como algunos pretenden. Es una trama contra el PP, que es una cosa muy distinta. Todas las contrataciones de esta casa se han hecho en el marco de legalidad”. Como Cascos debía de estar constipado, de olfatear el montaje se ocupó entonces Federico Trillo, quien acusó a Rubalcaba de orquestar la operación, con la ayuda del fiscal general del Estado, Cándido Conde Pumpido y, por supuesto, de Baltasar Garzón, que entonces era juez.

Lo del PSOE con el PP era ya ensañamiento, como  habían demostrado con anterioridad algunos de los más afamados agujerólogos del 11-M para los que, en mayor o menos medida, más que un atentado yihadista salvaje aquello fue una conjura del socialismo y la ETA para echar al PP del Gobierno en la que pudieron participar los servicios secretos de Marruecos a cambio de la entrega pactada de Ceuta y Melilla. La revelación fue patente al descubrirse que un tal Fernando Huarte, militante del PSOE y supuesto colaborador del CNI, había visitado en prisión a un dirigente del GIA, Abdelkrim Benesmail, que tenía una agenda en el que figuraban los nombres de algunos etarras a los que había conocido en la cárcel y que llegó a comerse, dando origen a su apodo: el islamista comefolios. Se suponía que Huarte presidía la Asociación Nacional de Amigos del Pueblo Palestino Al Fatah como tapadera para adentrarse en las fauces del fundamentalismo y arrancarle sus secretos, pero el PP, a diferencia de Benesmail que todo lo engullía, no se tragó el relato.

Con la constancia de que el PSOE siempre está detrás de cualquier escándalo, ya sea el tamayazo –en el que cedió la presidencia de Madrid a Esperanza Aguirre a cambio de manchar el buen nombre de los populares-, Púnica o Lezo, donde han sido más discretos, sólo hacía falta escarbar con la uña para descubrir la mano de uno de sus militantes en el amañado máster de Cifuentes, otra víctima inocente de la depravación de estos sujetos. El PP resiste, pero hasta las caras más duras de hormigón armado se desgastan con el uso intensivo.