Opinion · Tierra de nadie

Vendedores de crecepelo: la nueva generación

Banalizado el mal, que no precisa encarnarse en Mefistófeles sino en un burócrata anodino como el Eichmann que retrató Hannah Arendt en Jerusalén, banalizada la educación, la cultura y un lenguaje que transforma en fascistas a los discrepantes y en terroristas a los pandilleros, banalizada en su conjunto una sociedad perpetuamente asomada a esas redes sociales que dicen que se incendian con cada tontería escupida en Twitter, era inevitable que la política diera un paso más y se zambullera en el apasionante mundo del espectáculo.

La política ya era desde hace tiempo un artículo de consumo, un paraíso para los vendedores de mantas y de crecepelos, una prolífica ingeniería de puentes donde no pasan ríos, hasta que por previsible se hizo mortalmente aburrida. Esta nueva etapa promete levitaciones inverosímiles, como la que ejecuta Cifuentes, suspendida en el aire sin ningún punto de apoyo aparente; psicoquinesis que hacen posible que el inflexible acero del PNV y su negativa a aceptar los Presupuestos se doble tras ser tocado en la espalda por un barbudo Uri Geller; clarividencias como la de Montoro sobre el uso de dinero público en el procés que tienen muy alterados a los suyos y al Supremo; sintropías a lo Podemos poniendo orden en el caos;  y teletransportaciones alucinantes como la que parece a punto de efectuar Ciudadanos con Manuel Valls desde los suburbios de la política francesa al Pedralbes de Barcelona. La función debe continuar para que la diversión esté asegurada.

Lo de Valls, si es que el truco llega a materializarse, es de magia de alta escuela. En un momento en el que los presidentes y los alcaldes ya no se eligen por televisión, como advertía Galeano, sino por Facebook o por trolls afincados en Siberia, el anuncio de su posible candidatura emparenta a la política con el mercado de fichajes del mundo del fútbol, que es el espectáculo por excelencia. Rivera, transformado en Florentino Pérez, quiere ganar el triplete con galácticos estrellados.

Hay quien ya ha empezado a criticar a Valls por sus tics autoritarios o por ese ramalazo de xenofobia que le hacía parar autobuses para deportar a niños gitanos, lo que en cierta medida equivale a aceptar que la prestidigitación puede ser real, lo que ya es un triunfo para el partido ilusionista y su líder Mortadelo, enfundado en sucesivos disfraces de Suárez, que le quedaba enorme, especialmente los pantalones, del propio Valls, que pronto acabó deshilachado, y más recientemente de Macron, que parece hecho de un tergal más resistente. Algo parecido quiso jugar el PSOE con Carmena, en un absoluto desprecio por la cantera y sabiendo además que lo de levantar a Figo al eterno rival ya no es magia sino milagro.

Convencidos de que pocas cosas llaman nuestra atención, que sus discursos provocan bostezos y que los grandes problemas sólo nos develan cuando nos embisten, los partidos han concluido que da igual el guiso que nos sirvan porque nos interesa más la presentación artística del plato que la comida en sí. De ahí que se empeñen en el gato por libre, en el sucedáneo envuelto en celofán antes que en el original, en darnos achicoria fingiendo que es café. Lo banal nos entretiene un huevo. Y lo saben, que diría  Julio Iglesias en sus memes más filosóficos.