Delincuentes del bajo vientre

Juan Carlos Escudier

Es éste un país como Dios manda que nunca ha permitido media tontería con las blasfemias. A lo largo de la historia, los sacrílegos han recibido siempre su justo castigo, ya fuera perdiendo la lengua o las tierras, recibiendo azotes y multas, o penando en el destierro, no sin antes haberse aprendido de memoria el Padrenuestro, el Ave María, el Credo y los diez mandamientos. Ya con Carlos III, si los blasfemos eran militares y osaban ultrajar a Dios, a su santa madre o al poblado santoral, se les prendía en el cuartel y se les ataba amordazados a un poste y,  si reincidían se les atravesaba la lengua con un hierro y se les expulsaba del regimiento tras un consejo de guerra.

Viendo que nada de ello servía para corregir nuestra malhablada naturaleza, a mediados del siglo XIX se levantó la mano y lo que antes era delito pasó a ser falta, castigada con unos duros de multa y una reprimenda, hasta que llegó el dictador bajito bajo palio y se volvió por donde solía. Nuestra avanzada y laica democracia mantuvo el delito hasta 1988, cuando se transformó en otro distinto, el de ofensa a los sentimientos religiosos, que era una manera de cambiarlo todo para que todo siguiera igual. En esas estamos todavía.

Somos muy deslenguados y no terminamos de aceptar que esparcir de palabra nuestras heces sobre lo sagrado nos convierte en delincuentes del bajo vientre. Ya desde pequeños aprendemos a cagarnos en Dios, en la Virgen –acompañando alguna que otra expresión que resalte su naturaleza casquivana-, en la hostia –consagrada, naturalmente- y hasta en nuestra puta vida cuando la desesperación sobrepasa cualquier límite. Los más educados se limitan a evacuar sobre Ros, que no parece que sea el general que impuso en el ejército el gorrito del mismo nombre tan habitual en los crucigramas, pero que tiene una sonoridad muy atractiva.

Entre los pecadores de la pradera está Willy Toledo, al que un juez ha llamado a declarar por repartir mierda a discreción sobre Dios y su familia como muestra de indignación por el juicio al que se someterá a tres de las mujeres que procesionaron en Sevilla con una enorme e insumisa vagina. El actor ha pasado del culo de su señoría y ésta –su señoría, que no su culo- le ha advertido que si no comparece por lo civil lo hará por lo militar, escoltado por la fuerza pública. Ocurre esto en el XXI, el siglo de las luces Led de bajo consumo.

Tras la absolución de Krahe por cocinar un Cristo a las finas hierbas, no es probable que Toledo sea lapidado por hereje como en La vida de Brian, pero sorprende lo desocupada que ha de estar nuestra Justicia para iniciar estos procedimientos, especialmente una Fiscalía que cree que entre sus funciones, además de defender a la infanta Cristina y al Gobierno del PP, está la de seguir siendo martillo de herejes y abogado de la divinidad.

Para algunos Dios es un personaje inventado del estilo del ratoncito Pérez, sobre el que se puede defecar a gusto y sin temor, de momento, a que te lleven preso. Para otros es un ser omnipotente, que no necesitaría de la ayuda de una toga para vengar sus ofensas. En consecuencia, en ningún caso parece racional dilapidar recursos en esta persecución escatológica, ya sea porque se intenta defender a quien no existe o al mismísimo primo de Zumosol de los superhéroes de Marvel. Los creyentes, cuyos sentimientos presuntamente se verían ofendidos, entienden perfectamente el disparate, excepción hecha de la Asociación de Abogados Cristianos o del Centro Jurídico Tomás Moro, que siguen fieles a la ley del Talión y al Código de Hammurabi.

Occidente le debe mucho a la blasfemia, cuyo uso y abuso distingue a esta zona del mundo de otras en las que la religión subyuga las almas y los cuerpos. Científicamente, parece además probado, según uno de esos estudios increíbles con el que de vez en cuando nos deleitan algunos investigadores de Cambrigde y de Stanford, que los soeces somos mucho más honestos que los meapilas. Es decir que existe una relación directa entre los blasfemos y la sinceridad, de manera que cagarse en Dios con frecuencia es un síntoma inequívoco de que no tenemos dobleces.

Toledo sería por tanto un hombre sincero que dice verdades como puños y que si tuviera que creer en algún Dios lo haría en el único que existe sin ningún género de dudas, y que no es el de los cristianos, ni el de los musulmanes ni ninguno de los que se amontonan en el panteón del hinduismo. El suyo es el dios de macagüen y también se merece un respeto.