Opinion · Tierra de nadie

Ley seca para los menores

Siempre atentos a las necesidades del país, nuestros padres de la patria se han puesto de acuerdo sobre las bases de una ley antibotellón con la que pretenden erradicar el consumo de alcohol en menores, que privan como si no hubiera un mañana y puede que hasta lleven razón. El informe pide prohibir las concentraciones de jóvenes que le dan al calimocho y a los espirituosos, multas para los padres que lo consientan, elaborar un registro con el historial clínico de los ingresados por esas ingestas desmedidas y proscribir la venta de estas bebidas durante el día en gasolineras y zonas de ocio. Al mismo tiempo, se recomienda clausurar los comercios que expidan alcohol a los adolescentes, restringir aún más la publicidad de estos productos e impedir que personajes públicos y famosos sean su imagen comercial. En un futuro cercano será muy posible que las advertencias sobre el consumo moderado de las etiquetas sean sustituidas por mensajes más directos del estilo “el alcohol mata y rompe las familias”.

No se puede sino felicitar a los legisladores, cuyas múltiples ocupaciones hicieron imposible que actuaran hace más de una década cuando se pusieron de moda competiciones en toda España para batir récord de asistencia a botellones y los servicios de emergencia no daban abasto con las inyecciones de vitamina B12. Y, sobre  todo, que se preocupen ahora de la salud de los menores y no de que lo pongan todo perdido con los residuos y las vomitonas mientras entonan cánticos regionales, algo que desvelaba a las autoridades, y de ahí que algunas comunidades autónomas y ayuntamientos acotaran espacios específicos para que los muchachos empinaran el codo sin alterar el descanso de los vecinos y facilitaran los trabajos de los servicios de limpieza.

Todo esto está muy bien aunque no se pueda por menos que acompañar de cierto escepticismo los resultados que se obtendrán con esta especie de ley de seca para menores. Siendo alarmante los cerca de 6.000 comas etílicos al año y que casi un tercio de los adolescentes confiese ingerir alcohol en cantidades industriales, no estaría de más actuar sobre las causas y no sólo exclusivamente sobre los efectos. De nada servirán las trabas al consumo si antes no se aclara qué es lo que empuja a los adolescentes a bailar tangos con el vidrio templado de las botellas de alcohol.

Lo cierto es que el problema no es nuevo porque aquí siempre se ha bebido a destajo. Bajo amenaza de sanciones se exige ahora a los padres que impidan que sus retoños se reúnan en las plazas con sus colegas y le den a la litrona, cuando a ese mismo deporte, más silenciosamente y en copas de cristal, es el que practicamos la mayoría cuando estamos con amigos en el bar o en la barbacoa del vecino. Los padres son responsables, ciertamente, pero su función policial tiene también sus límites. De nuestra ingesta se felicita mucho Hacienda, que ingresa al año cerca de 900 millones de euros por este concepto. El alcohol es bueno si combate el déficit.

En algunas de sus modalidades, el alcohol es una rentable industria nacional contra la que nunca se ha querido actuar. Si el vino, como se ha llegado a decir, no es alcohol sino alimento y además adelgaza, tal es el tenor de algunos pseudoinformes que se publican, si la cerveza previene los infartos y mejora la densidad ósea, ¿por qué vamos a apartar a nuestros jóvenes de tales beneficios?

Los menores beben porque lo ven en casa, por rebeldía, por diversión, porque creen que ligarán más o se integrarán mejor en el grupo, por la inestabilidad propia de la adolescencia o, sencillamente, porque entienden que la mejor manera de afrontar un futuro cada vez más incierto es evadirse en el presente y brindar por ello a grandes tragos. Es muy loable apartar a los niños del alcohol siempre que se les dé alguna salida y que se limiten las incertidumbres de quienes, pese a su edad, son conscientes de que lo que hasta ahora era una constante histórica, esto es, que las nuevas generaciones vivirían mejor que las precedentes, ha dejado definitivamente de serlo.

Se bebe a veces en defensa propia porque no hay alternativas en una sociedad que considera que la cultura sólo es apta para el público que pueda pagársela y que confía todo a que los chavales, con suerte, se hagan Messi dando patadas al balón en el recreo o, al menos, se aficionen al deporte.  Resulta un tópico decir que el sistema educativo es manifiestamente mejorable, aunque sea una realidad tan triste como los negros nubarrones que se otean en el horizonte.

No será la causa pero tampoco ayuda que las perspectivas de los que hoy cursan la ESO sean  trabajar en un call center siendo ingenieros, emigrar, aspirar a un contrato basura, vivir con sus padres hasta los 40 porque emanciparse es un lujo y rezar desde ya mismo para que las pensiones sigan existiendo cuando se jubilen. Puede que los jóvenes beban para olvidar lo que aún no han vivido.