La brigada ligera de Soraya

Juan Carlos Escudier

La presencia de Soraya Sáenz de Santamaría en los festejos dizque funerarios del Dos de Mayo es para muchos la confirmación de que la vicepresidenta será lanzada en paracaídas sobre la Puerta del Sol para resistir una posición que el estado mayor de los populares se niega a dar por perdida. A tenor de las últimas encuestas, la maniobra no dejaría de ser una operación suicida similar a la carga de la brigada ligera en Balaclava, un monumental despropósito militar que consistió en lanzar a la caballería inglesa contra la artillería rusa en Crimea y que acabó en un gigantesco estofado de caballo con patatas. Santamaría puede perecer en el intento o quizás emule a Lord Cardigan y se salve volviendo grupas y huyendo a galope tendido. No fue un héroe pero, al menos, dio su nombre a un suéter monísimo.

De confirmarse la jugada, es algo más que una posibilidad que la batalla de Madrid sea la tumba política de la vicepresidenta, y la prueba es que el primero en el PP en proclamar la conveniencia de que el partido la designe ha sido el exministro de Exteriores García Margallo, su principal adversario en el Gobierno y su víctima más engolada. Margallo no ha ahorrado calificativos en su florilegio sin esbozar siquiera una sonrisa burlona: popularidad, notoriedad, conocimiento, prestigio y magnífica gestora. En definitiva, todos los atributos necesarios con los que componer, llegado el momento, una estupenda oración fúnebre.

Margallo no es el único enemigo que tiene Santamaría en el partido. No es sólo Cospedal y la caricatura de la eterna pelea entre vecindonas para conseguir los favores del presidente de la comunidad. Son legión los que recelan de su regencia y de su cuadrilla de fontaneros titulados, abogados del Estado en su mayoría, esos diligentes ‘sorayos’ que han ido copando los principales resortes del poder con la aquiescencia o el bostezo de Rajoy, que deja hacer por simple economía del esfuerzo. Y no se le perdona el clamoroso fracaso de esa Operación Diálogo en Catalunya, que hubiera debido acabar en dimisión y que lejos de desactivar el conflicto ha cronificado el insomnio.

Nada se ha escapado al control de esta mujer, que igual coordina el Gobierno que preside la Comisión de Subsecretarios o la de Asuntos de Inteligencia, donde se supone que el CNI rinde cuentas y entrega sus dossieres. Su presencia ha sido omnímoda en ese reino de las sombras donde se maneja el país, al otro lado de los cortinones que ocultan el escenario por el que deambulan los Casals y el resto de príncipes de las tinieblas que persiguen influencias y trafican con favores.

Sus adversarios siempre han sospechado que tras su estajanovismo y la absoluta dependencia que de ella tiene la estatua de Moncloa se ocultaba una ambición desmesurada por tomar las riendas, que es a lo que aspiran quienes con tanta habilidad son capaces de manejar los hilos de tantas marionetas. Y son los que ahora pretenden que salga a campo abierto y se bata el cobre en una pelea que se antoja imposible de ganar, incluso para quien ha sabido granjearse el apoyo de esa prensa seria que se derrite por los susurros al oído del poder y que recompensa con halagos las interesadas dádivas que recibe.

Esos mismos cenáculos serán los primeros en recibir con alborozo una candidatura de Santamaría a la presidencia de Madrid, con el argumento de que su pretendida victoria sería la mejor carta de presentación con la que encumbrarse luego al liderazgo del partido una vez que Rajoy se estrelle en las próximas elecciones generales, ya que no está previsto que el presidente estático dé antes un paso atrás por razones físicas más que obvias.

El sentido común dicta sin embargo un final bien distinto para el cuento de la lechera. Derrotada y reducida a diputada autonómica, los Feijóos y compañía saludarían sentados al paso de la comitiva fúnebre. Negarse al sacrificio tampoco sería una opción, pese a que esa capacidad de prever el futuro mejor que el resto es la que hace sobrevivir a los cobardes. La vicepresidenta puede ir buscando nombre a alguna blusa para pasar a la historia.