Opinion · Tierra de nadie

La democracia del dedo

Los avances del PP en lo referente a la democracia interna del partido son incuestionables. Si en el Génesis fue el dedo de Fraga el que designó a Aznar, que entonces no sabía que era todo un estadista, y en el Éxodo el del conquistador de Irak hizo lo propio con Rajoy, ahora que se está escribiendo el libro del Apocalipsis es el índice de la esfinge de Moncloa el que ha entrado en acción. Éstas sí que son primarias y no los caucus de Iowa.

En una exhibición de renovación, regeneración y reciclaje la falange de Rajoy ha sido la encargada de escoger a Pío García Escudero como presidente del PP de Madrid, al que no llamaremos nuevo porque es casi un artículo de Wallapop, y al candidato y futuro presidente de Madrid, Ángel Garrido, cuya garantía de compra es de un año y no admite devoluciones. No se ha escuchado entre la militancia crítica alguna a la aplicación del artículo 33 de los Estatutos, ese yo me lo guiso, yo me lo como y que otros frieguen los platos, porque nadie duda de la infalibilidad digital del líder y de lo meditada de su decisión. Al fin y al cabo, es el que tiene más tiempo libre.

Los afiliados del PP son políticamente menores de edad, necesitados de que un tutor vele por ellos y provea sus necesidades básicas. No están preparados para determinar qué es lo que les conviene y podrían fallar clamorosamente al elegir a una dirigencia completamente honrada que arruinara la bien ganada fama del partido. No se puede luchar contra la corrupción si no se ha vivido en ella y se conocen todos sus entresijos. La función primigenia de la militancia es aplaudir en los mítines, hacer retuits y pegar carteles hasta el fin de la era de la imprenta, que es lo que hacen los niños en su etapa de formación. Han de jugar y dejar a sus mayores la responsabilidad y las preocupaciones. Para elegir a tontas y a locas a los que han de ser sus representantes ya está Rajoy y su dedo, sastres excelentes a la hora de reconocer el paño.

Los experimentos hay que hacerlos con gaseosa, que es un refresco barato que pierde fuerza rápidamente. De ahí ese sistema a dos vueltas que se inventaron en Génova para que los que pagan la cuota presumieran de que también votan cuando toman café en el bar. Fue precisamente Cristina Cifuentes la que intentó que su elección fuera asamblearia y directa haciendo compromisarios a todos los militantes y así ha terminado, bastante antes que sus estudios de posgrado. El dedo es lo moderno, lo eficaz, lo definitivo y ahorra incluso los gastos de una gestora.

Pretender, como persiguen PSOE, Podemos y Ciudadanos, que las primarias sean obligatorias para todos los partidos es una canallada y, según el PP, inconstitucional. ¿Dónde se dice que la elección de los dirigentes por las bases sea más democrática que la designación que pueda hacer Rajoy viendo el Giro de Italia? ¿Quién conoce mejor las capacidades de los suyos que el líder supremo, a quien no se le oculta ni las coronillas de los aspirantes de tantas genuflexiones que ejecutan en su presencia?

Nadie dice que la nominación arbitraria de los dirigentes sea sencilla. Requiere de profundas reflexiones sobre el vasallaje de los seleccionados, con el riesgo de que te salgan ranas como le pasó a Esperanza Aguirre y su croar te desvele en las noches de luna llena. Rajoy tiene entrenadísimo a su índice y se reserva para sí mismo el pulgar, cuando carraspeando se señale para mantener su barba en los carteles de 2020. Toda la democracia interna del PP cabe en dos dedos.