La marioneta

Juan Carlos Escudier

Quienes no tenían el gusto de conocer al candidato designado por Puigdemont para sucederle ya saben a estas alturas que el futuro president es un títere, un hombre de paja, un radical, un supremacista, un sectario y un xenófobo, calificativo éste último del que ha huido el popular García Albiol para evitar odiosas comparaciones. No han faltado tampoco alusiones al parecido fonético entre su nombre y el del líder supremo de Corea del Norte, que a diferencia suya parece haberse tomado vacaciones del eje del mal donde tenía un apartamento con vistas. En definitiva, Quim Torra ha sido recibido con los brazos abiertos.

Biográfica y hasta físicamente, Torra parece un clon de Puigdemont, lo que tampoco ha pasado desapercibido en estos primeros perfiles. Se le acusa primeramente no de ser independentista sino extremadamente independentista, como si esta categoría pudiera graduarse, y se resalta su permanente condición de interino, de vicario en las tierras al norte del Ebro del Dios de Berlín que, según cuentan, le habría prohibido usar su despacho en la Generalitat para que no haya dudas de su provisionalidad y de a quién deben atender primero las secretarias cuando les suene el teléfono.

Torra es, a juicio de los expertos, un becario culto al que Puigdemont pondrá los titulares pero, al tiempo, un mercenario de la causa, un hooligan de la República empapado de fanatismo que acaba con la esperanza de reconducir el procés. Su presumible elección sugiere que habrá rebelión para rato, conspiración para la rebelión, sedición o lo que diga el juez Llarena, que tiene a la margarita desnuda de tanto deshojarla. Esa es la opinión generalizada.

Sin conocer al personaje, más allá de su afición por las gorras con orejeras, parece un tanto apresurado condenarle a garrote sin juicio, pese a sus tuits de mal gusto sobre los españoles y su querencia al expolio y al pijerío. Tan parecido es a Puigdemont que bien pudiera ocurrirle algo similar y cobrar vida propia cuando se acaben las pilas del coche teledirigido. El fenómeno es bien conocido por Artur Mas, que tiene aborrecidas las marionetas desde que colocó a la suya en el Palau y comprobó lo falsos que pueden ser sus hilos.

Torra es independentista o muy independentista porque esperar que el elegido fuera la reencarnación de Durán Lleida hubiera sido de una ingenuidad enternecedora. Los que ahora añoran a Turull y su autonomismo pujoliano que vayan a reclamar al maestro armero de la toga. Sin embargo, ni la situación de Catalunya, intervenida por el Estado, ni la de los exconsellers presos aconsejarían perpetuar el conflicto más allá de las concesiones al simbolismo de las que beberá Puigdemont hasta que se vacíe la jarra.

Sería demasiado simplista reducir a Torra a la condición de fantoche o de simple monigote. Al llamado a sentarse en la presidencia de la Generalitat se le supone consciente de la enorme fractura de la sociedad catalana y que, aunque sólo sea por ampliar la base social del independentismo, sería un suicidio que gobernara exclusivamente para el 47,5%  de la población. Lo sabe hasta el titiritero.