Opinion · Tierra de nadie

El socialista Torra y la sultana sediciosa

Las anécdotas no escriben la historia pero son la pimienta de esa ensalada y ayudan a dibujar el contorno de sus protagonistas. De los trece años que Newton estuvo en el Parlamento británico sólo se recuerda una frase, muchos dicen que la única que pronunció, para pedir que se cerrara una ventana. Nietzsche no sería el mismo sin ese eterno abrazo suyo a un caballo en Turín fieramente azotado por su cochero. De Quim Torra se ha conocido ahora su excursión al golpe palaciego que se vivió en el PSOE el 1 de octubre de 2016 y su sarcástica retransmisión del suceso por Twitter a las puertas de la calle Ferraz de Madrid. Del hecho en sí pero sobre todo de las reacciones que ha provocado pueden extraerse conclusiones reveladoras.

Poco aporta del hoy investido president de la Generalitat, salvo confirmar que hasta los pretendidos supremacistas catalanes viajan más allá del Ampurdán, algo que según explicaba Baroja constituye la única cura conocida para el nacionalismo y que o es una mentira de campeonato o no funciona en dosis reducidas. Torra viaja y demuestra su temeridad al adentrarse en la capital sentimental de esas “bestias con forma humana” a quienes “les rebota todo lo que no sea español y en castellano”, tal es el ideario que se nos ha presentado de la supuesta marioneta de Puigdemont.

Torra, como Marco Polo, es un aventurero sin miedo a los “carroñeros, víboras e hienas” y a su odio destilado y no carece de la ironía necesaria para enfundarse en la piel de uno de esos militantes del PSOE que llamaba traidores a sus barones, una verdadera proeza para quien tiene escrito que la raza de los socialistas catalanes se extinguió a mediados de los años 70 del siglo pasado, debido a las mutaciones que sufrió su ADN en los reiterados cruces con los socialistas españoles, hasta el punto de hacerlos indistinguibles. Y por si fuera poco compra en Casa Elías, que un catalán que se precie mira la pela aunque se encuentre infiltrado en territorio enemigo.

Quizás lo anterior describa en parte al nuevo president, aunque lo más significativo haya estado en las derivadas del suceso, especialmente la referida a la sultana andaluza, suma sacerdotisa del socialismo rociero, que ya en su día quiso ejercer de costurera y nunca da puntada sin hilo. Del irónico travestismo de Torra y de su tuitero tránsito de independentista a ‘pedrista’ ha explicado Susana Díaz que “es normal” que ella no sea de su agrado porque siempre ha defendido “la unidad de España y la igualdad de todos los españoles”. O dicho de otra forma, que lo normal es que Torra simpatizara con Pedro Sánchez, quien, como todo el mundo sabe, es un arribista muy capaz de poner la unidad de la patria en almoneda si la ocasión lo requiriera.

Reafirmaba esta impresión Mario Jiménez, declarada marioneta de la señora en su papel de ‘fontanero’, al precisar que Torra “nunca va a estar en el mismo sitio que el PSOE de Andalucía” porque ese partido “defiende la igualdad de oportunidades de todos los españoles, la ley y la Constitución en este golpe institucional que se ha intentado dar a la democracia”. Que el PSOE defienda lo mismo es, al parecer, discutible.

Más irónico que un independentista se disfrace de federalista para echarse unas risas es que la cabecilla de la sedición en el PSOE vuelva a presentarse como la guardiana de las esencias, aprovechando que el Manzanares pasaba por Torra para mostrarle sus patos y sus martinetes. Si el partido sigue fracturado es porque su organización andaluza se ha independizado de la estructura federal y vive en rebelión constante. Si la nación española no es la de Torra, el PSOE de Sánchez no es el de la sultana.

Tan creíble debió de parecer el transformismo que desde Ferraz se apresuraron a desmentir el bulo: “Torra nada tiene que ver con ningún socialista. Representa la peor derecha. Vino a Ferraz a reírse de nosotros”, se subrayaba ayer con mucho ímpetu. Torra es un cachondo y lo del PSOE es de traca. No hay otra conclusión posible.