Opinion · Tierra de nadie

El pisito

Sobre el chalet de Iglesias y Montero hay cosas muy llamativas, empezando por ese baño exterior con forma de tinaja que es de capricho. Todo es una cucada, desde la piscina con formas irregulares que simula ser un lago hasta el ladrillo macizo del interior y la calidez que proporciona, pasando por el huerto y la casita de madera para invitados con su acceso de traviesas de tren. El único pero que pondría una madre es el de la calefacción por hilo radiante, que en cuestión de frío y en otras Galapagar no es Móstoles, aunque los sistemas actuales son muy eficientes y ahorran mucho en la factura de la luz.

Tener una vivienda digna de la portada de Casa Diez no es un pecado aunque haya quien se empeñe en mostrar las contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace, por aquello de que los peces siempre mueren por la boca. Más que la insistencia de determinada prensa en resaltar estas supuestas incongruencias y en presentarlas como derivas ideológicas, sorprende que los protagonistas participen, quizás de manera inconsciente, en su propia ‘holificación’.

Montero e Iglesias han dejado a día de hoy de ser políticos para convertirse en personajes de una revista rosa. El país es una gigantesca peluquería en la que se revisan y se comentan los detalles de la nueva vida de la feliz pareja mientras Inda le termina las mechas y lo mete en el secador de casco. Y de ese juego participan los afectados, que le han cogido gusto a contestar de manera un tanto monárquica y zarzuelera, peronista si se quiere, a la revelación de sus peripecias.

Tan extravagante como emitir un comunicado para anunciar al mundo el embarazo de Montero y la próxima llegada al mundo de gemelos, es repetir la maniobra para explicar con todo de lujo de detalles cómo se disponen a afrontar la compra de su morada, incluyendo la herencia que recibirá Iglesias a la muerte de sus progenitores, algo que no ha debido gustar en exceso a los testadores a los que se les desea desde aquí larga vida y prosperidad.

Más que un ejercicio de transparencia, el desnudo integral que han ejecutado tiene mucho de penitencia, como si pretendieran expiar la supuesta culpa de haber abandonado la vida proletaria para abrazar la burguesa, que tiene su encanto y no es tan discreta como se dice. Ni los electores ni la militancia de Podemos necesitan saber si la hipoteca a pagar será de 1.600 euros o de 2.000, si el padre de Montero le ha hecho un préstamo para acometer la compra o a qué colegio piensan llevar a unos niños que aún no han nacido. Deberían conformarse con la certeza de que sus dirigentes cumplen con sus compromisos salariales y que el dinero no les cae de ninguna mordida y, como es suyo, hacen con él lo que les da la gana.

Explicaciones tan prolijas demuestran que los flamantes propietarios son conscientes de que el mensaje de que la gente de izquierdas no sólo debe serlo sino también parecerlo con camisas de Alcampo o pisos en Vallecas es compartido de arriba abajo, de la élite a la “gente”, de los poderosos a los desfavorecidos. Son conscientes, en definitiva, de que su estupendo chalet, con sus pinos y sus enebros, su magnífica parcela y sus suelos cerámicos de primera calidad perjudica al partido y zancadillea su discurso.

Como se explicaba aquí a propósito de la boda de Alberto Garzón y de los bogavantes de su banquete, la izquierda no es necesariamente un estilo de vida sino un sentimiento, el reconocimiento profundo del derecho de los otros al trabajo, a una vivienda con piscina o sin ella, a una educación de calidad, a recibir salarios y pensiones dignas y al progreso social, que es el que Iglesias y Montero están experimentado con su casoplón en Galapagar. La renta no determina la adscripción política.

Tan expertos como se creían en dirigir el debate político y en ganar la batalla del relato, Iglesias y Montero son ahora víctimas de sí mismos y de esas incontinencias verbales que entronizaron el ascetismo y condenaron a los infiernos a los de traje y corbata, que para muchos no es signo de estatus sino su uniforme de trabajo. Han perdido el relato pero han ganado varios cuartos de baño, que diría Sabina.