Opinion · Tierra de nadie

Adiós al circo ministerial de enanitos

Si la composición del nuevo Gobierno es un indicador real de las intenciones de su presidente, los nombres que han goteado en las últimas horas, especialmente el de Josep Borrell como titular de Exteriores, revelan que quienes profetizaron la rendición de Pedro Sánchez al separatismo habrán de seguir con sus palabras la misma dieta rica en hidratos de carbono que el nuevo inquilino de la Moncloa se aplicará con los Presupuestos Generales del Estado: se las tendrán que comer con patatas.

La designación de Borrell implica mucho más que un desmentido rotundo a las pretendidas concesiones que el PSOE habría pactado con los partidos independentistas a cambio de su apoyo en la moción de censura. De los labios de Puigdemont, Gabriel Rufián o Carles Campuzano, el portavoz del PDeCAT en el Congreso, se han escuchado gruesos epítetos contra quien consideran su bestia negra. La presencia de Borrell en el Consejo de Ministros desarbola además el discurso de Albert Rivera, al que últimamente le llueven como panes y apenas ya si le queda algo de mejilla intacta en la que recibir nuevas bofetadas. El ‘galáctico’ de Ciudadanos, Manuel Valls, se apresuraba este lunes a calificar su elección de “excelente noticia” mientras el líder veleta enmudecía por falta de viento.

Significa, fundamentalmente, el destierro de una forma de selección de los colaboradores más estrechos consistente en descartar a aquellos capaces de hacer sombra al presidente, tal era el caso de Rajoy y su circo ministerial de enanitos. Con Borrell se podrá estar o no de acuerdo, pero nadie le niega una insólita brillantez en el oscuro páramo en el que se ha convertido el firmamento político español. De no ser porque el exministro levantó la bandera de la militancia socialista ante el golpe de mano de los barones, no habría existido esa sorprendente resurrección por la que Sánchez se levantó y anduvo, hasta escalar las tapias de la Moncloa. Sánchez le debe a Borrell su futuro.

Los nombres que se van conociendo apuntalan esta tesis. Carmen Calvo, próxima vicepresidenta y ministra de Igualdad, es otro peso pesado que refutaría las veleidades del nuevo Gobierno con la cuestión catalana. Doctora en Derecho Constitucional, fue la encargada de pactar con el PP la aplicación del artículo 155. Calvo no es ninguna ministra florero como se la tildaba en su etapa al frente del Ministerio de Cultura con Zapatero. Depositar en ella la vicepresidencia y la cartera de Igualdad supone dotar de máximo rango a la cuestión de género y situar al Ejecutivo en lo alto de la ola de la reivindicación feminista.

Algo semejante podría decirse de la llamada a ser ministra de Transición Energética y Medio Ambiente, Teresa Ribera, cuya experiencia internacional en el campo del cambio climático avalan la voluntad real del Ejecutivo de dar un giro copernicano a esa política energética que pone impuestos al sol y puertas al campo. Ribera asume la cartera con el pecado original de haber avalado con su firma en su etapa de secretaria general de Cambio Climático la declaración de impacto ambiental del proyecto Castor de Florentino Pérez. Aquel desliz nos ha salido por un pico y, probablemente, determinará su abstención en aquellas cuestiones que lleguen al Gobierno con Florentino de protagonista, que no serán pocas. Habrá que resignarse si, finalmente, la sostenibilidad, la eficiencia y el uso inteligente de los recursos dejan de ser palabras huecas para convertirse en ejes de acción política.

En esa misma línea hay que entender la inclusión como ministra de Justicia de Margarita Robles, un puesto mucho más acorde a su valía y experiencia que el de la portavocía en el Congreso, que nunca llegó a ser lo suyo, para qué nos vamos a engañar. Los méritos y la honestidad personal de esta mujer, primera de su promoción, primera presidenta de un tribunal y primera en presidir una audiencia provincial, son incuestionables. De quien en su etapa como secretaria de Estado de Interior declaró la guerra a los GAL, impulsó la investigación del secuestro y asesinato de Lasa y Zabala y retiró los fondos reservados que compraban el silencio de Amedo y Domínguez, cabe esperar que algo parecido a la independencia aterrice en la cúpula judicial y en la Fiscalía General del Estado.

El Gobierno cobijará además al principal exponente de la guardia pretoriana de Sánchez, encarnado en José Luis Ábalos, y servirá para atar en corto a la sultana andaluza, con la inclusión de una de sus consejeras en Hacienda. El cambio de Montero (María Jesús) por Montoro (Cristóbal) no es sólo el de una letra. Debería servir para impulsar las negociaciones sobre un nuevo modelo de financiación autonómica que sufrague con suficiencia los servicios públicos de las comunidades, aunque no deja de sorprender que la llave de la caja fuerte se ponga en manos de una licenciada en Medicina y Cirugía. Veremos en qué queda esta operación a corazón abierto.

A estas horas seguía sin conocerse el nombre del titular de Economía, cargo para el que sonaban los nombres de David Vegara, quien al parecer se lo estaba pensando porque le molaba más asegurarse el puesto de subgobernador del Banco de España; Nadia Calviño, directora general de Presupuestos de la UE; y Manuel Escudero, escudero de apellido y de función en la travesía del desierto emprendida por Sánchez. La designación de este último sería una agradable sorpresa entre quienes piensan que se puede ser ministro de Economía y de izquierdas al mismo tiempo.