Opinion · Tierra de nadie

¿Por qué al PSOE no le gusta este Gobierno?

El Gobierno chiripitiflático de Pedro Sánchez, tal y como aquí se le definía este pasado viernes, ha recibido tantos elogios y parabienes, especialmente de algunos apóstoles de la derecha que se llaman a sí mismos independientes, que apenas se ha reparado en el silencio y la frialdad con el que ha sido acogido en el seno del PSOE. El partido no ha terminado de encajar tanto fichaje galáctico y tanta operación de márketing por lo que significa de desprecio a algunos de sus cuadros, y de la decepción se ha pasado al cabreo al conocer que la consigna para la designación de los segundos escalones del Ejecutivo se limitaba a la paridad, sin importar la adscripción política de las llamadas y llamados a dicha cena.

Se dirá que estamos ante un Ejecutivo de amplias miras, cuya misión es, fundamentalmente, demostrar buena intención, ya que no se pueden pedir peras a un olmo en manifiesta minoría parlamentaria, y, sobre todo, amarrar la victoria en las siguientes elecciones con mucha dosis de talante, buena imagen e, incluso, ocurrencias, aspecto este último en el que el flamante jefe de gabinete del presidente, Iván Redondo, pasa por ser una autoridad en la materia.

Pero también es comprensible la frustración de quienes por lealtad, dedicación, esfuerzo y sacrificio personal han velado el cadáver de Sánchez hasta su resurrección y después se han ocupado de su intendencia ya devuelto a la vida como secretario general del PSOE. Es el caso, por ejemplo, de Luz Martínez Seijo, a quien puertas adentro de Ferraz se presumía al frente de Educación o el de José Manuel Rodríguez Uribes, secretario de Laicidad en la Ejecutiva socialista, profesor de Filosofía del Derecho y durante seis años director general de Apoyo a Víctimas del Terrorismo, al que se daba por seguro en Interior.

No ha ayudado mucho a cambiar esa sensación de desánimo la actitud de algunos ministros, cuyo conocimiento de la Administración del Estado, de sus propias tareas y del perfil de sus futuros subordinados se ha demostrado muy mejorable. Así, sorprendió gratamente que la nueva ministra de Justicia se interesara por el responsable de esta área en el partido, hasta que se desveló que lo que buscaba Dolores Delgado no era un secretario de Estado sino un director de gabinete. Que Andrés Perelló no se tomara muy bien el ofrecimiento de la ministra para que le llevara la agenda y que evaluara la posibilidad de mandarla a freír espárragos entra, por tanto, dentro de la lógica.

Si malo ha sido buscar mayordomos en Ferraz, peor aún han de considerarse los intentos de reclutar segundos espadas cuyo mero nombramiento supondría poner en cuestión la independencia de la Justicia en lo que a la persecución de la corrupción se refiere. Con este argumento hubo que disuadir al flamante ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, de nombrar como su segundo al juez Pablo Ruz, instructor del caso Bárcenas y de Gürtel. Por mucho que a Ruz lo de ser juez en Móstoles le resulte algo penoso tras su paso estelar por la Audiencia, facilitar al PP el argumento definitivo para responsabilizar a los socialistas de su calvario judicial era políticamente inconveniente y estéticamente impresentable.

Se desconoce si Ruz pertenece a ese grupo creado por la periodista Rosa Montero,  del que forma parte Marlaska, cuyos miembros se hacen llamar los Salamandras en homenaje a la capacidad de regeneración de estos anfibios. “Somos personas afines y queridas que nos vemos con frecuencia, nos refugiamos unos en otros, viajamos juntos, hacemos tertulias, comemos”, explicaba el exjuez al principio de su libro Ni pena ni miedo. Que Ruz fuera otro ‘salamandra’ tendría mucho sentido. Lo que es seguro es que no pertenece a esa cuadrilla nadie del aparato del PSOE, donde a Marlaska se le tiene entre mal visto y aborrecido.

Quizás todo ello habría sido más digerible si, realmente, estuviéramos ante un gabinete libre de hipotecas, pero la realidad muestra que, al menos territorialmente, Sánchez se ha visto obligado a pagar los peajes correspondientes. El más evidente es el de Meritxell Batet, impuesta por el PSC pese a las reticencias del presidente, que pidió a los ‘hermanos’ catalanes nombres de otros candidatos. Sánchez, que sigue sin olvidar el paso al lado de Batet y su pequeña traición con motivo de su defenestración a manos de los barones socialistas, tuvo que aceptar además que el Ministerio dejara de llamarse de Administraciones Públicas y fuera rebautizado como de Política Territorial y Función Pública.

La actitud defensiva de muchos dirigentes del PSOE ante el nuevo Ejecutivo puede parecer una rabieta infantil por no haber recibido caramelos en la cantidad deseada. Pero no deja de ser verdad que el trabajo diario en un partido no consiste únicamente en arropar al líder y hacerle papeles para que se luzca en los actos públicos o no haga el ridículo en exceso. Es legítima la intención de protagonizar los cambios que se predican y tratar de llevarlos adelante desde los puestos correspondientes cuando la ocasión de estar en el Gobierno lo permite.

De extenderse esta moda de fabricar bellísimos Ejecutivos para anuncios -y es muy posible que así sea si el éxito electoral acompaña en su día a Sánchez- estaremos ante el final de los partidos políticos tal y como se conocen en Europa. Su función se reducirá a la de servir de plataformas electorales a mayor gloria de sus líderes, al estilo de lo que ocurre en Estados Unidos. Puede que ésta sea la tendencia y que además sea imparable pero en el PSOE se resisten a que un partido que se supone de clase haya dado el primer paso.