Opinion · Tierra de nadie

¿Despilfarro? Se equivocan de país

Dos informes recién sacados del horno, uno de ellos realizado por varias universidades españolas y otro por el Tribunal de Cuentas Europeo, han venido a decirnos que aquí hemos despilfarrado en infraestructuras lo que hasta ahora no estaba escrito, pero que al ponerse negro sobre blanco ofrece cifras escandalosas. Decenas de miles de millones se han dilapidado en líneas de alta velocidad caprichosas y lentas, en radiales por donde sólo circulan los operarios del peaje, en aeropuertos sin aviones, en estaciones sin pasajeros y en almacenes de gas de cuyos temblores sólo se ha salvado la billetera de un constructor galáctico. En definitiva, que Calatrava nos la ha clavado hasta la cruceta y no ha sido el único.

La ciudadanía está lógicamente perpleja porque somos un ejemplo para el mundo en lo que a gestión del dinero público se refiere, ése que decía la actual vicepresidenta Carmen Calvo que no era de nadie en una vida anterior. Los controles que vigilan que nuestras administraciones gasten adecuadamente sin infranqueables y jamás se ha conocido en estos lares un solo escándalo, pelotazo, cohecho, soborno o corruptela relacionado con el ladrillo, el asfalto o las catenarias. Nuestra obra pública jamás dio que hablar ni aquí ni en el extranjero.

Con el AVE ha sido especialmente puntilloso el documento de los auditores comunitarios, que estima que las líneas no se han construido con criterios de rentabilidad económica sino política, que lo sobrecostes han sido impresentables y que, para colmo, la velocidad que se prometía ha resultado un camelo. Puede que sea verdad que no ha habido proyecto que no haya sufrido reformados y que se acabara pagando a 140 lo que se presupuestaba a 100, pero la culpa ha sido de nuestra singular orografía. Uno puede planificar primorosamente sobre el papel el AVE Madrid-Barcelona y luego en el terreno surgen las dificultades, las montañas no previstas o los ríos guadianescos que de repente aparecen y te obligan a hacer un puente. Ocurre en las mejores familias de ingenieros.

Afirma el Tribunal de Cuentas de la UE que sólo con nueve millones de pasajeros pueden justificarse estas inversiones, algo que sólo cumple la citada conexión hispano-catalana. Y se pasa por alto algo en lo que nos distingue del resto del planeta: la previsión. ¿Que una de cuatro estaciones del AVE tiene menos de 100 viajeros al día? Correcto. Pero, ¿quién nos dice que Villena o Requena, apeaderos donde nos hemos gastado un riñón y medio bazo, no experimentarán en unos años un boom demográfico insospechado? ¿Acaso la planificación merece censura?

Lo mismo puede decirse del informe de las universidades publicado por el Boletín de la Asociación de Geógrafos, en el que se estima que hemos tirado al retrete 81.000 millones “en infraestructuras innecesarias, abandonadas, infrautilizadas o mal programadas”. La crítica es completamente injustificada. No va uno a negar que cada kilómetro de autovía en España ha costado cuatro veces más que en Alemania, pero es que nuestros constructores florentinos son muy detallistas y no aceptan chapuzas con el alquitrán. ¿Que hemos levantado ciudades de la cultura y del circo que hoy son el hábitat natural de las arañas, que hemos puesto un museo en cada pueblo, cuando no un palacio de congresos que siempre viste más, y que hemos adornado millones de rotondas con esculturas ciclópeas para solaz de los automovilistas? El arte merece promoción y nuestra sed de cultura es de camello.

Más allá del dispendio, lo que ambos informes sugieren es que ha habido mucha corrupción en la adjudicación y ejecución de estas obras de las que nos orgullecemos, y por ahí no podemos pasar. Si modélicos han sido nuestros constructores creando riqueza aquí y en las Bahamas, de intachables cabe calificar a los políticos que las promovieron, a los que no cabe imputar nada porque ya están imputados de demasiadas cosas. No aceptamos estos juicios sumarísimos que ponen en cuestión la honradez de quienes, guiados únicamente por el bien común, han pavimentado hasta las playas. ¿Despilfarro? Se equivocan de país.