Opinion · Tierra de nadie

Llega a entrar y es gol

Si eran ciertas las estimaciones de 2010, cuando jugamos como nunca y no perdimos como siempre, la derrota de ayer contra Rusia no es sólo un fracaso de nuestros gladiadores del balón sino un desastre económico y social del que tardaremos en recuperarnos. Según se nos dijo entonces, ganar aquel Mundial nos subió el PIB y la moral, nos lanzó al consumo y a la procreación y nos infundió un patriotismo de vuvuzela bastante irritante para el oído pero muy estimulante para las vísceras.

Estos jóvenes millonarios cargaban sobre sus espaldas una enorme responsabilidad. No se trataba sólo de meter la pelotita en la portería contraria, algo que puede hacer cualquiera si De Gea está bajo los palos posando para una clase de escultura. Sus botas de marca constituían una variable macroeconómica de mayor importancia si cabe que los tipos de interés o la prima de riesgo. Del éxito del tiquitaca dependía la demanda interna, el aumento de la producción industrial, el descenso del paro, el alivio de las arcas de la Seguridad Social y el mantenimiento de las pensiones.

Pero no sólo eso. Se confiaba en la gesta para recomponer los esparcidos pedazos de la unidad de España, que pedían a gritos un pegamento extrafuerte antes de regresar a la vitrina completamente restaurada. La victoria en un Mundial hubiera sido letal para el secesionismo porque la carne es débil y algunos de sus líderes podrían haber traicionado a la causa cantando algún gol de Isco en el descuento, sin saber que el CNI no tardaría en difundir su arrebato en las redes sociales y Rivera el veleta, siempre atento desde el campanario, lo retuitearía a sus seguidores. La mejor operación diálogo es una chilena por la escuadra.

No estaba en juego una copa ni una estrella más en la camiseta sino la españolidad, que es un sentimiento tan profundo que depende de un desmarque, de un gambeteo al defensa y de un pase en profundidad. Quienes a diario ejercen de perdedores tenían la oportunidad de reconciliarse con esa vida de mierda que pende de una hipoteca y raciona los tintos de verano para llegar a final de mes. La españolidad alimenta, y por eso Ramos, consciente de que el VAR nos había robado el segundo plato, el postre y el chupito, lloraba desconsoladamente sobre ese mantel verde de Moscú.

Las razones del fiasco han sido variadas aunque se impone la idea del genial Fontanarrosa cuando explicaba por qué nunca había jugado al fútbol siendo como era un apasionado hincha del Rosario Central. Esencialmente, los problemas de nuestros muchachos han sido dos: uno, la pierna izquierda; el otro, la derecha. Y eso sin contar la cabeza, que viene a ser una tradicional carencia de muchos de nuestros jugadores, no tanto por descerebrados sino por bajitos.

La búsqueda de culpables ya había empezado antes de que rodara el balón. Las mirillas telescópicas apuntan al presidente de la Federación por echar al seleccionador media hora antes del primer partido, a Hierro por sus saltitos y, por supuesto, a Florentino Pérez, que no contento con los pequeños movimientos sísmicos de su proyecto Castor desencadenó un terremoto del quince fichando a Lopetegui al descuido. Tras una vida entregada al servicio público, en la medida en que de todo lo público se ha servido, pasar a la historia como un traidor a España empaña mucho la imagen de este patriota del ladrillo y de la alta ingeniería.

Ya en el campo las culpas estuvieron claras. El David de la portería era el de Bernini, los artistas del medio campo, simples tuercebotas que no aprendieron en Barrio Sésamo la diferencia entre horizontal y vertical, y el delantero centro, un voluminoso paquete. Afectados el PIB y la natalidad y muy tocado el nacionalismo, rumiaremos durante años nuestra mala suerte porque si llega a entrar es gol, como ya Michel nos tenía advertidos.