Lo de pedir pactos de Estado no representan ninguna novedad; es una moda que vuelve como la de las bota de lluvia. Antes o después un político que se precie pedirá un pacto de Estado sobre cualquier cuestión, porque lo del consenso queda muy centrista y, al parecer, se valora mucho en la ciudadanía. Lo realmente extraño es que se alcancen, y eso, aunque resulte paradójico, no deja de ser bueno para la democracia. Llevado al límite, el concepto se entiende mucho mejor: si es obligatorio el consenso en política exterior y defensa, y si además hay que suscribir pactos de estado sobre el terrorismo, la justicia, la educación, el agua, las pensiones, la sanidad, el modelo de Estado o la economía, todos ellos temas muy principales, podríamos ahorrarnos las elecciones, llenar el Congreso de figuras de cera, y, de paso, aprovechar para dar salida a la del pobre Marichalar antes de que críe telarañas en un almacén.
Por lo general, los pactos de Estado son muy beneficiosos para quien gobierna, ya que tienden a atenuar o a eliminar por completo las críticas de la oposición sobre el asunto en cuestión, aunque con el PP eso no está tan claro después de la experiencia con el pacto antiterrorista. Cualquiera de ellos obedece a un cálculo político, de tal forma que si alguna de las partes entiende que sus réditos será mayores sin pacto que con él, será imposible el acuerdo. Lo del interés general queda muy bien en los discursos pero es raro que se tenga en cuenta.
Bajo estas premisas, es posible predecir que el pretendido pacto de estado contra la crisis no llegará a ver la luz. Le interesa al Gobierno para acallar al PP; a CiU, para aparentar que ha recuperado el seny; y al Rey, que ayer llamó a Zarzuela a los sindicatos y le mola jugar otra vez a la Transición ahora que viaja menos. A quien no le hace ninguna falta es a Rajoy, que tacita a tacita sube en las encuestas y cree tener a Zapatero contra las cuerdas.
Ahora bien, ¿es necesario para el país? Uno quiere pensar que no, porque la situación es difícil pero no desesperada. En pactos de este porte se tiende a incluir medidas que ninguno de los firmantes plantearía en solitario. Suelen implicar sacrificios para los de siempre, esa inmensa pandilla de ingenuos que primero criticamos que nunca se pongan de acuerdo y luego maldecimos que lo hayan conseguido. Crucemos los dedos.
Se ignora si el hermano de Pasqual Maragall, Ernest, es un hombre muy sincero o un kamikaze; de entrada hay que reconocerle una excelente puntería para pegar tiros en el pie al gobierno del que es conseller de Educación. El hermanísimo se ha soltado la melena y ha pronosticado que el Tripartito tiene los días contados porque Cataluña está “fatigada” y no aceptará “nuevos experimentos ni artefactos inestables”. Lo normal hubiese sido que Montilla le mandara a Delfos a perfeccionar sus dotes de adivinación, pero el president, que es prudente, sobre todo si no lo lleva escrito, se ha limitado a tirarle de las orejas como a un niño travieso.
Más que un profeta, Ernest Maragall está al corriente de las encuestas que manejan los socialistas sobre las elecciones de otoño, en las que se vaticina que el PSC puede dejar la Generalitat pese a aumentar su representación en el Parlament. Según estos sondeos, Ciutadans desaparecería del mapa y engordaría al PP, CiU ganaría algún escaño y el PSC avanzaría, posiblemente a costa de Esquerra, a la que se augura un fuerte retroceso. Se descarta que el partido de Rosa Díez asome la cabeza, a diferencia de lo que ocurriría en Madrid, donde los cálculos de Ferraz estiman que podría obtener no menos de seis diputados y hacer perder a Esperanza Aguirre la mayoría absoluta. Por Laporta no se preguntaba.
Con ese panorama, entre los socialistas existe el convencimiento de que sólo seguirán en el poder si el tripartito suma los votos suficientes, algo que en estos momentos nadie da por seguro; en caso contrario, sería CiU la que gobernaría en solitario con el apoyo externo del PP. Se descarta de esta forma tanto el pacto con los populares al estilo del País Vasco como la sociovergencia con CiU.
En Cataluña se juega al ajedrez y cada movimiento se escruta al microscopio. Para los socialistas, por ejemplo, las recientes apelaciones de CiU al pacto de Estado contra la crisis han de contemplarse en clave electoral: los convergentes tratarían de volver a la centralidad, lo que demostraría que sus expectativas de crecimiento desde el radicalismo nacionalista son limitadas. Por su parte, el PSC ha de marcar distancias del Tripartito, aun sabiendo que es su única posibilidad. En medio de la partida ha llegado el hermano de Pasqual y ha dado una patada al tablero. Lo de su tacto es de familia.
Las cosas, como son. Puede que José Blanco no tenga mucho ojo con las conspiraciones pero sabe por dónde sopla el viento. En el caso de los controladores, el ministro lo tiene de cola y los chicos del radar de morro. Si como todo parece indicar, el Congreso convalida hoy por unanimidad el decreto para que AENA asuma el control absoluto sobre la navegación aérea, la suerte de estos millonarios estará echada. Para cuando la Justicia se pronuncie, en el supuesto de que los afectados recurran a ella, en las torres de control, que en buen número serán liberalizadas, habrán cambiado hasta los póster.
A diferencia de otras iniciativas del Gobierno, en este caso se ha explicado, se ha convencido y se ha actuado. No era normal que la masa salarial de este colectivo haya pasado de 140 millones de euros en 1999 a los 730 millones actuales, como tampoco lo era que los sucesivos ministros ignorasen desde hace más de diez años la advertencia de la Intervención General del Estado sobre la ilegalidad del régimen de horas extras, con el que algunos de estos esforzados de las rutas se han comprado piso en Manhattan o se han instalado en Buenos Aires.
Los controladores están desconcertados y su sindicato tan dividido que ha tenido que cambiar a sus interlocutores. La decisión de hacer públicas sus remuneraciones ha permitido que algunos de ellos descubrieran que, aun ganando un potosí, quienes organizaban el trabajo se llevaban el dinero en carretilla. De los 2.200 controladores, 700 se echaban al bolsillo más de 400.000 euros anuales, entre los que se encontraban sus cabecillas sindicales. Son conscientes de que el órdago de Blanco tampoco les dejará en la ruina, ya que seguirán ingresando más de 250.000 euros. Y sobre todo han comprendido los riesgos de inmolarse en la batalla: un controlador de AENA sólo puede trabajar en AENA.
El Ministerio está preparado para el conflicto pero piensa también en el futuro. Desde octubre puede reclutar a controladores de la UE; en 24 horas estima tener habilitados y en perfecto estado de revista a los controladores militares si fueran necesarios; y se prepara para aumentar la plantilla en 300 efectivos, puestos idóneos para pilotos retirados. Tras esta guerra, llegará otra revolución en Fomento. Hay que ahorrar y rediseñar el Plan de Infraestructuras. Dicen que Blanco ha pedido una goma de borrar.
A las conspiraciones hay que mirarlas siempre con escepticismo porque, por lo general, suelen ser simples patrañas. Éstas últimas son fáciles de distinguir en la medida en la que implican poner de acuerdo un número tan elevado de actores que, necesariamente, adoptan la forma de conjuras universales. Ocurrió en el 11-M, donde para despejar la incógnita de los atentados la ecuación debía incluir a la Policía, al PSOE, a los servicios secretos marroquíes y franceses, a ETA y a los Cuatro Fantásticos. Todo se vino abajo cuando se demostró que el hombre antorcha no pudo participar en la trama por hallarse en esos momentos de vacaciones.
La que nos dibuja ahora el ministro de Fomento, José Blanco, es una doble conspiración que, como dos líneas, convergen en un vértice llamado Zapatero. La primera, la de los especuladores contra el euro, es una realidad incuestionable que nos afecta especialmente, no ya porque descienda la cotización de la moneda sino porque los tiburones se han cebado con nuestra deuda pública y su prima de riesgo. De no ser por este detalle, la acción de los tiburones sería un bendición del cielo ya que un euro más bajo facilita nuestras exportaciones fuera de la UE; de ahí que en Alemania estén encantados con los escualos.
La segunda es la que desarrolla el PP, cuyo objetivo sería destruir a Zapatero para llegar a la Moncloa aun a costa de dañar la imagen de España. Desde luego es muy criticable que un ex presidente como Aznar haya dedicado su vida a profetizar la debacle del país cada vez que sale a hacer unos bolos al extranjero, pero también lo es que un comisario socialista como Almunia nos coloque el cartel de ruinoso. ¿Será Almunia del PP? Y siendo deseable que los de Rajoy hubieran cerrado filas contra los especuladores, habrá que reconocer que la oposición está para alcanzar el poder y para desgastar a Zapatero, quien por otra parte no ha necesitado en los últimos tiempos de mayor ayuda para conseguirlo.
Lo que no resiste ningún análisis serio es tratar de vincular una cosa y la otra, con el argumento de que a los especuladores les conviene el desprestigio de Zapatero porque es una adalid de la futura reforma de los mercados financieros que acabará con ellos. Existen maniobras en los mercados y una campaña legítima contra el presidente. Nada más. Sepan que el hombre antorcha sigue de vacaciones.
Si quieren que alguien les guarde un secreto, cuéntenselo a Rajoy. Este hombre no es que sea una tumba, es que es el sepulcro del Cid con sus siete llaves. Sabemos que conoce un plan para sacarnos de la ruina a la que nos ha llevado Zapatero, un plan para crear empleo como rosquillas y obligar al Financial Times a sacarnos de su lista de PIGS y joderle el acróstico, pero el líder del PP tiene sus labios sellados, como si la confidencia le hubiera sido revelada en confesión. Queremos que nos salve y se resiste; le urgimos a que encienda su faro de sabiduría para alumbrarnos y nos topamos con las sombras, ya sea por su hermética discreción o porque la bombilla es de bajo consumo y le cuesta calentarse. ¿Qué tenemos que hacer para que suelte prenda?
Por un momento llegamos a pensar que el Gobierno se había pasado al PP y que sus propuestas sobre pensiones y gasto público tenían que ser, por fuerza, las famosas reformas estructurales que Rajoy reclamaba a diario y nunca concretaba por mor de su parquedad. Ahora ya sabemos que estábamos equivocados. A Rajoy lo de las pensiones le parece una ocurrencia, con lo que sugiere que está en contra, y el recorte del gasto le suena a broma. ¿Que cuál es su alternativa? No consta. Hubo un tiempo en el que exigía bajar los impuestos, un asunto del que nunca más se supo. La prudencia guía sus pasos.
Salvando las distancias, Rajoy es como Bunbury, un héroe del silencio. Y conociendo su patriotismo, los motivos para privarnos de su fórmula magistral contra la crisis han de ser muy poderosos. La situación es grave, aunque albergamos la esperanza de que lo nuestro tenga remedio, sobre todo después de escucharle proclamar que basta con que Zapatero deje el Gobierno y él le sustituya para que las puertas del infierno se abran de par en par y podamos salir ordenadamente. A Mariano hay que tenerle fe y si lo sacamos en andas es seguro que llueve.
Entre tanto, sólo cabe esperar. Dos años pasan volando. Si Zapatero lo dejara ahora, él estaría preparado para hacer la mudanza a la Moncloa y ordenar un cambio de cortinas, pero no conviene precipitarse. Lo de presentar una moción de censura está descartado, no sólo porque no la ganaría sino por el riesgo de que, en el fragor dialéctico, diera alguna pista sobre cómo piensa socorrernos. Al enemigo, ni agua. Rajoy tiene un plan y eso debería bastarnos.
Por si a algún patriota le interesa, sepan que estamos siendo atacados. Los mismos tiburones financieros que se han dado un atracón en Grecia han llegado a nuestras costas, y no sólo nos tienen cogidos de la pantorrilla sino que amenazan con seguir subiendo más arriba del muslo. Son bichos que no atienden a razones. El primer mordisco lo ha sentido la deuda pública y eso que se conoce como riesgo país. Puede sonar a broma pero, en estos momentos, los mercados creen que el peligro de que España suspenda pagos es mayor que el de Panamá o Perú, por lo que conseguir financiación nos cuesta más dinero. La segunda dentellada ha sido en la Bolsa. Así se refunda el capitalismo.
El único que parece haberse dado cuenta de la agresión es Emilio Botín, que de tiburones y de las aguas que frecuentan sabe un rato. Ha dicho nuestro banquero de cabecera que España y Grecia se parecen tanto como el Real Madrid y el Alcoyano y que las reformas que propone el Gobierno son justas y necesarias. A Botín no es que le pueda el patriotismo, sino que también le ha llegado la factura. En relación al pasado mes de noviembre al Santander y al BBVA les cuesta casi el doble asegurar sus riesgos de impago. Si uno no se fía de un Estado tampoco lo hace de sus bancos.
No podemos evitar que el Financial Times nos ponga a caldo –aunque dicen que la vicepresidenta económica ha pedido audiencia a su director y la semana que viene le pedirá clemencia en persona-, o que algunos economistas predigan que nuestra caída será más sonada que la del Imperio Romano. Pero es intolerable que un patriota pata negra como el ex presidente Aznar no tenga mejor cosa que hacer por las mañanas que proclamar que al infierno se llega desde España sin transbordos. O que todo un comisario europeo como Joaquín Almunia, que como poco nos debe el sueldo, equipare nuestra situación con la de Grecia y Portugal, para que los especuladores no se equivoquen de país a la hora de realizar sus manejos.
Es obvio que la mayor responsabilidad corresponde al Gobierno, pero una cosa es zurrar la badana a Zapatero y otra muy distinta desacreditar al país con hipérboles absurdas. Este ya no es un tema de izquierdas o de derechas porque todos vamos en el mismo barco y sería de idiotas agujerear el casco para fastidiar al capitán. Los tiburones olfatean la sangre, así que no nos cortemos las venas.
Como lo de Zapatero empieza a ser un vía crucis, su oración de ayer en Washington no deja de tener su lógica. A este hombre le ha mirado un tuerto, le han hecho vudú en la foto del DNI y, por si ni así se rendía, le han maldecido al salir de la ducha. Hay que creer en el mal fario del presidente o, cuando menos, en la estulticia de sus asesores, que eso es como tener la mala suerte en nómina y pagándola pluses. Sólo así puede entenderse la cadena de despropósitos en los que se ha visto envuelto desde que aceptó ir a Davos a explicar sin intérprete por qué no tenía que estar sentado al lado del presidente griego, que eso no es que fuera un maleficio sino un suicidio asistido.
Se trataba de informar al país de que la crisis no remite, que los organismos internacionales nos han colocado en la lista negra y que para evitar que la inversión extranjera huya en estampida era necesario asumir sacrificios importantes, desde recortes en el gasto a reformas en las pensiones. Noticias como esa, que implican una conversión a la fe que predica el PP, no le transforman a uno en el chico más popular de la fiesta, pero pueden hacerse digeribles con cierta pedagogía. Sin esperar ningún entusiasmo, hubiera sido posible incluso lograr algunas adhesiones y, de paso, descolocar a la oposición, que no podría seguir criticando una política económica que es la suya.
En vez de eso, lo que se ha conseguido en sembrar el pánico y dar la imagen de un Gobierno a la deriva, que puede sostener un día que su plan son lentejas y al siguiente afirmar que todo es matizable, o que puede enviar a Bruselas sus estudiadísimas propuestas y pasarlas el tippex antes de que llegue el cartero, con el argumento de que sólo eran una hipótesis de trabajo. En medio del desconcierto, los sindicatos se han plantado y el PP, que no sabe si pedir elecciones anticipadas, presentar una moción de censura o ambas cosas, duda si está ante un regalo caído del cielo o si es víctima de una broma con cámara oculta.
Por muchos gatos negros que se les crucen en el camino, Zapatero está obligado a poner orden en un Gobierno al que ya nadie toma en serio. Quizás la remodelación no deba demorarse hasta el final de la presidencia europea. Decían que el presidente tenía un flor, que ha debido de marchitarse en este largo invierno. En febrero empieza la primavera, pero sólo en El Corte Inglés.
José María Barreda, que teme que su futuro en Castilla-La Mancha pueda fundirse a negro como las transiciones de plano de una vieja película, se ha atrevido a expresar en voz alta lo que muchos dirigentes del PSOE mascullan por las esquinas, y que viene a resumirse en lo siguiente: no nos gobiernan los idóneos y, además son demasiados. La advertencia de Barreda no ha de entenderse como una crítica sino como un S.O.S. de quien entiende que sólo un cambio de timón puede evitar el naufragio que algunos sondeos ya vaticinan. A nadie le gusta estrellarse contra las rocas y tragar agua salada, que da más sed.
No deja de ser cierto que, aun siendo muchos, buena parte de los miembros del Gobierno se encuentra en paradero desconocido, y que su peso político oscila entre la liviandad y la evanescencia. Claro que tampoco es que su presencia sea reparadora. ¿Puede entenderse que en medio de una crisis económica sin precedentes y con el país en el punto de mira de los organismos internacionales sea necesaria la asistencia de tres ministros, el de Industria, la de Ciencia y Tecnología y la de Vivienda, al acto inaugural de un concurso de casas solares?
Uno no quiere dejar a nadie en el paro, pero estructuras que podrían aceptarse en circunstancias más benéficas resultan muy chirriantes en la actualidad. Tenemos un Ministerio de la Vivienda, cuyas competencias están en manos de las comunidades autónomas; un Ministerio de Igualdad sin prerrogativas, porque quien destina más policías a combatir la violencia de género es el titular de Interior y quien ha de ocuparse de la discriminación salarial es el de Trabajo. Ciencia e Innovación existe y Cristina Garmendia nos cae muy bien, aunque resultaría hasta lógico que fuera Industria quien asumiera su tarea. Chaves es vicepresidente sin que tengamos muy claro de qué. Y así.
Zapatero ha considerado siempre a los ministros simples jefes de negociado, una especie de directores generales venidos a más; los suyos han sido, salvo excepciones, gobiernos de funcionarios. Lo que el país necesita ahora es poder confiar en el responsable de Economía cuando le hable de la salida de la crisis, o tener la certeza de que si el de Trabajo asegura que no llegaremos a los cuatro millones de parados no saldrá mañana diciendo que nadie le preguntó a qué año se refería. No sólo los bancos andan fatal de crédito.
La política es una actividad muy ingrata porque uno no sólo debe hacer frente a los adversarios sino también ha de protegerse la espalda de los correligionarios, de ahí que hiciera fortuna el “al suelo que viene los nuestros” que acuñó Pío Cabanillas. Esto es así por regla general, salvo si el dirigente en cuestión ha tenido trato íntimo con Rajoy, ya que en ese caso el elegido goza de protección dorsal y lumbar, y de un fisioterapeuta privado para sus cervicales si la tensión es insoportable.
Lo de Luis Bárcenas, por ejemplo, es pura ergonomía en el trato. Encausado por cohecho y fraude fiscal, el senador hizo un capitalito mientras fue tesorero del PP, pero no iba a permitir Mariano que una menudencia judicial menoscabe su patrimonio. Luis ha sido un ejemplo de profesionalidad en esa ingrata tarea de allegar recursos al partido, que ya se sabe que es una máquina de gastar, no como él, un ahorrador nato que siempre pagó al contado sus pisos de lujo. A Bárcenas no se le puede dejar en la estacada, y por eso se le mantiene el despacho y se le pagan los abogados, que son sanguijuelas, no vaya a ser que el pobre vaya a hacer una locura e hipoteque el chalet de Baqueira o, lo que es peor, cante la Traviata a capella.
Bárcenas es un amigo y Jaume Matas casi un hermano, desde los tiempos en los que ambos contemplaban en vídeo los hilillos de plastilina del Prestige. Con Matas, Rajoy ha surcado el Mediterráneo y se ha ido a tomar copas a Pachá, como hacen los colegas en vacaciones. Lo de su palacete con más obras de arte que el Prado, sus cartier, sus rolex, sus mármoles, sus maderas de roble, su bodega repleta de botellas de Vega Sicilia, sus televisores de 12.000 euros y sus escobillas de váter de diseño, seguro que tiene una explicación, porque Jaume no es de los que se llevan a casa el dinero público como acaba de sugerir el juez que lo investiga, y si lo hizo sería por despiste o para custodiarlo mejor, que hay mucho golfo suelto en Baleares.
Al líder del PP le preocupa la corrupción y ha hecho un código ético para demostrar que es implacable. Con esas tablas de la ley se puede hacer cualquier cosa menos suspender de militancia a Bárcenas y a Matas, a quienes la honradez les persigue aunque ellos corren más. Y sobre todo, son amigos de Rajoy, y a los amigos de verdad se les perdonan los pequeños defectos.
Interpretar las decisiones de los Gobiernos se ha convertido en un arte tan complejo como leer los posos del café, una ciencia que además se ha complicado mucho desde que los pucheros perdieron la batalla frente a las máquinas express. Se creía que el tiempo de los kremlinólogos -esos señores que eran capaces de aventurar un nuevo episodio de la guerra fría en un imperceptible tic de la ceja de Breznev- había pasado, pero de vez en cuando uno tiende a convertirse en zapaterólogo, que en cuestión de cejas no admite comparación posible. Yendo al grano, sabemos lo que hace y quisiéramos saber el por qué. Así de sencillo.
Por lo general, las iniciativas de lo que mandan responden a tres tipos de móviles: o son compromisos electorales, o se espera que redunden en un beneficio electoral o no les queda otra. ¿A cuál de los tres responden tanto el anuncio del drástico recorte del gasto público como la propuesta para ampliar a 67 años la edad de jubilación? Por descarte, parece evidente que nos hallamos ante la tercera posibilidad. Ahora bien, ¿qué fuerza tan poderosa ha obligado al Ejecutivo a reescribir sus argumentos hasta el punto de romper la apacible convivencia del presidente con las centrales sindicales, que mientras se piensan si le piden el divorcio ya le han mandado a dormir al sofá?
A diferencia de las de Breznev, las cejas de Zapatero no dan mucha información sobre este particular. Lo que se puede deducir es que la campaña de desprestigio al Estado ha dado sus frutos, y que un Estado desprestigiado tiene dificultades para conseguir financiar una deuda de casi 600.000 millones de euros o ha de hacerlo a un sobrecoste imposible. España no es Grecia, pero aquí ha habido sectores interesados en dar esa imagen del país de manera irresponsable. ¿El resultado? Pues que mientras EEUU, con una deuda similar a su PIB, o Japón, que la duplica ampliamente, no tienen dificultades para atraer dinero fresco, nosotros sí, pese a que la deuda pública no alcanza el 65% de la economía nacional.
La misión es convencer a los mercados de capitales de que no llegaremos a la bancarrota, y que pueden confiar en que pagaremos religiosamente los 25.000 millones de euros de intereses anuales de la deuda. Más difícil será que el electorado vea algo de izquierdas en la política económica del PSOE, sobre todo con este café que ya no deja posos.