El acuerdo fatal

10 Ene 2015
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Boaventura de Sousa Santos
Traducción de Antoni Aguiló

Lo que está en juego con  el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (conocido por el acrónimo en inglés TTIP) es fácil de entender. Cuando dos bloques económicos están en declive, el más poderoso (EEUU) procura establecer acuerdos con el menos poderoso (UE) para frenar su propio declive. Los costes para el menos poderoso son enormes ya que los términos del acuerdo tienden a privilegiar los intereses del más poderoso. Si hay dudas sobre quién ganará con el acuerdo en proceso de negociación, basta observar la avalancha de lobbies de las grandes empresas multinacionales norteamericanas y su ferviente e intrusiva actividad en Washington, Bruselas y Estrasburgo.

El declive del poder económico-financiero de Estados Unidos es cada vez más evidente. Después del 11 de septiembre de 2001, la CIA financió un proyecto llamado “Proyecto profecía” diseñado para prever posibles nuevos ataques a Estados Unidos a partir de movimientos financieros extraños y de gran envergadura. Bajo diferentes formas, este proyecto ha continuado, y uno de sus participantes prevé el próximo crash del sistema financiero basándose en las siguientes señales: Rusia y China, los mayores acreedores de Estados Unidos, han vendido bonos del Tesoro y a cambio han adquirido enormes cantidades de oro; ambos países están utilizando cada vez más sus monedas y no los petrodólares en las transacciones de petróleo (todos recordamos que Sadam y Gadafi procuraron utilizar el euro y el precio que pagaron por la osadía); por último, el FMI (el caballo de Troya) se prepara para que en los próximos años el dólar deje de ser la moneda de reserva y sea reemplazada por una moneda global, los Derechos Especiales de Giro (en inglés Special Drawing Rights: SDR). Según los autores del Proyecto profecía, todo esto indica que un ataque contra Estados Unidos está cerca y que para defenderse el país debe mantener los petrodólares a toda costa, asegurando el acceso privilegiado al petróleo y al gas, tiene que contener a China y debilitar a Rusia, idealmente provocando su desintegración, tipo Yugoslavia. Curiosamente, los “especialistas” que ven en la venta de deuda de Estados Unidos una actitud hostil por parte de potencias agresoras son los mismos que aconsejan a los inversores estadounidenses proceder de la misma manera, es decir, deshacerse de los bonos, comprar monedas de oro e invertir en bienes sin los cuales los humanos no pueden vivir: tierra, agua, alimentos, recursos naturales, energía.

Transformar las señales evidentes de declive en previsiones de agresión tiene como objetivo justificar la guerra como medio de defensa. Ahora la guerra es altamente rentable para Estados Unidos, debido a la superioridad que tiene en su conducción. Además, a diferencia de Europa, la guerra nunca se librará en suelo estadounidense, salvo en caso de una guerra nuclear. Una potencia hegemónica en declive tiende a volverse caótica y errática en su política internacional. Wallerstein afirma que Estados Unidos se ha convertido en un “cañón suelto” (a loose canon), un poder cuyas acciones son imprevisibles, incontrolables y peligrosas para sí mismo y para sus propios aliados. En este caso, esta política consiste en vincular Europa a las prioridades de TTIP, volverla más dependiente de Estados Unidos en materia de energía (Energías de Portugal acaba de cerrar contratos de importación de gas natural de Estados Unidos) e implicarla en la nueva guerra fría mediante el fortalecimiento de la OTAN, donde la superioridad militar de Estados Unidos es inequívoca, tanto como la superioridad económica en el caso del TTIP.

Al dejarse implicar en la nueva guerra fría, Europa actúa en contra de sus intereses económicos y pierde la relativa autonomía que había construido en el plano internacional después de 1945. Pone la economía europea al servicio de la política geoestratégica de Estados Unidos, se vuelve energéticamente más dependiente de Estados Unidos y sus Estados satélites y pierde la oportunidad de crecer con la entrada de Turquía en la Unión Europea. Y lo más grave es que esta irracionalidad no es resultado de un error de evaluación de los intereses de los europeos. Es muy probablemente  un acto de sabotaje por parte de las élites neoconservadoras europeas en el sentido de volver a Europa más dependiente de Estados Unidos, tanto en el plano energético y económico como en el militar. Por eso, la profundización de la participación en la OTAN y el TTIP son dos caras de la misma moneda.

 


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