Syriza: la segunda liberación

09 Feb 2015
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Traducción de Antoni Aguiló

La reciente victoria de Syriza en Grecia ha tenido el sabor de una segunda liberación de Europa. La primera tuvo lugar hace setenta años, cuando los aliados la liberaron del yugo nazi y pusieron fin al horror del Holocausto. Uno de los países que sufrió durante más tiempo la ocupación nazi y sus consecuencias fue Grecia. La geoestrategia de los aliados hizo que tras la liberación comenzara una guerra civil para impedir que los patriotas comunistas y sus aliados llegaran al poder. En un contexto democrático, y ante un poder alemán, ahora económico y no militar y disfrazado de ortodoxia europea, los griegos han vuelto a exhibir el mismo coraje para enfrentarse a adversarios mucho más poderosos y mostrar a los pueblos europeos, que sufren las consecuencias del yugo de esa ortodoxia, que es posible resistir, que hay alternativas y que es preciso arriesgarse para que cambie algo sin que todo siga igual.

He escrito que el capitalismo sólo es inflexible hasta sentir la necesidad de adaptarse a las nuevas condiciones. Digo capitalismo y no Unión Europea porque en este momento los intereses del capitalismo global son los únicos que cuentan en las decisiones de los órganos de decisión europeos. Si se confirma esta hipótesis, el riesgo asumido por los griegos ha sido calculado y es posible que los portugueses, los españoles, los italianos y, en general, todas las hormigas europeas de la fábula de Esopo puedan beneficiarse de la presión a la que serán sometidas las cigarras del norte y del sur (el sistema financiero, los bancos y las oligarquías).

Por ahora, estamos en un punto álgido de política simbólica, comunicación indirecta, suspensión informal de las reglas del juego, no  provocación del “adversario” más allá de lo necesario, frontera ambigua entre lo negociable y lo innegociable. Pero la ortodoxia tembló, y el temblor de su bancada política subalterna fue, como era de esperar, el más patético. En el caso portugués, indigno.

Europa se encuentra en un momento de bifurcación: o se desmiembra o se refunda. Puede llevar años, pero no volverá a ser la misma. Es un momento de desequilibrio posnormal en el que oscilaciones mínimas pueden provocar grandes cambios en uno u otro sentido. Estos son los desafíos. Primero, en contra de la ortodoxia, siempre he dicho que la deuda griega (o portuguesa) era europea y que debía tratarse como tal. La ortodoxia sólo se da cuenta de esto ahora. Sabe que el problema de Grecia es el problema de Europa y que su solución sólo podrá ser europea. Comenzará negando la realidad y “demostrando” la especificidad del caso griego, pero la realidad gritará más fuerte. ¿Será fácil convencer a los portugueses de que el cementerio en el que se han convertido las urgencias hospitalarias es el producto de un brote anormal de gripe que entre tanto nadie vio?

Segundo, las políticas de austeridad provocan reacciones más tarde o temprano y es bueno que se produzcan por vías democráticas. Fue así en América Latina, donde la austeridad de los años noventa del siglo pasado llevó al poder a gobiernos progresistas, cuya bandera principal fue la lucha contra la austeridad y la promoción del bienestar de las mayorías empobrecidas. En Europa, a pesar del triunfo de Syriza y del posible triunfo de Podemos en España, hay un elemento adicional de incertidumbre. A diferencia de América Latina, hay partidos de derecha y extrema derecha que dicen estar en contra de la austeridad. El fracaso de las soluciones de izquierda no conducirá necesariamente a soluciones de centroizquierda o centroderecha. Es por eso que Europa nunca más será la misma.

El tercer desafío son los Estados Unidos. La Unión Europea ha ido perdiendo autonomía en relación con los designios geoestratégicos de Estados Unidos, como lo demuestran el mayor envolvimiento en la OTAN, la nueva guerra fría contra Rusia y el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP), que desequilibra a favor de las multinacionales estadounidenses los procesos de toma de decisiones nacionales y europeos.

Los grandes medios de comunicación nos quieren hacer creer que Grecia supone una amenaza mayor que la de Ucrania, pero los europeos saben que, por el contrario, en Grecia, Europa se fortalece, mientras que en Ucrania se debilita. Grecia ha dado una primera señal de que no quiere ser parte de una Europa rehén de la guerra fría. ¿Es esta posición parte de la negociación? ¿Hasta cuánto puede la UE ser lobo en Atenas y cordero en Washington?


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