Opinion · Espejos extraños

¿Unidad de las izquierdas? México: la fractura entre la institucionalidad y la extrainstitucionalidad

Traducción de Antoni Aguiló y Àlex Tarradellas

Si hay un país en el que la democracia liberal está desacreditada, ese país es México. Hay muchos otros países en los que la democracia es de bajísima intensidad o incluso pura fachada, pero en los que, no obstante, esa democracia goza de un amplio reconocimiento.  Sin embargo, quizá por su historia revolucionaria y por haber sido gobernada durante décadas por un solo partido, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) o el Partido Acción Nacional (PAN), un partido de derecha, entre 2000 y 2012, México es un caso muy específico a este respecto. Combina un exuberante drama democrático, sobre todo en periodos electorales, con el reconocimiento público y notorio de irregularidades, restricciones y exclusiones que lo distancian del país real. Las críticas a las prácticas democráticas vigentes quizá son la forma más genuina de experiencia democrática en México. El drama más democrático es el drama de la falta de democracia. Los recurrentes fraudes electorales, el altísimo índice de criminalidad violenta contra ciudadanos inocentes llevada a cabo por el crimen organizado asociado a sectores del Estado, el sistema electoral excluyente, la farsa de la soberanía nacional que entra en contradicción con el servilismo mostrado ante Estados Unidos, el abandono al que se somete a los pueblos indígenas y la represión militar a la que son sometidos siempre que se resisten, todo esto revela una democracia de bajísima intensidad. Pese a ello, las instituciones constitucionales funcionan con la normalidad propia de un Estado de excepción normalizado.

Ante este panorama, y para limitarme al tema que me interesa aquí, el de la articulación o unidad entre fuerzas de izquierda, la primera cuestión es la de saber si hay varias fuerzas de izquierda en México. El hecho de que esta cuestión sea altamente controvertida forma parte del drama democrático de México. Se sabe que hay varias fuerzas de derecha con varios candidatos presidenciales de derecha. También se sabe que, como ocurre en otros países, las fuerzas de derecha han sido capaces de unirse siempre que se sienten amenazadas por fuerzas que consideran que son de izquierda. ¿Dónde están las fuerzas de izquierda?

De hecho, es necesario hacer una primera distinción, aceptada solo por algunos, entre la izquierda institucional y la izquierda extrainstitucional. La izquierda institucional son los partidos. ¿Hay partidos de izquierda en México? El único partido con presencia nacional que se puede considerar de izquierda es el partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), liderado por Andrés Manuel López Obrador (conocido como AMLO),  varias veces candidato a la presidencia de la República y que en las elecciones de 2012, así como en las de 2006, probablemente fue víctima de fraude electoral.

Si damos alguna credibilidad al dicho frecuentemente oído de que México está lejos de Dios y muy cerca de Estados Unidos, conviene saber qué piensa al respecto el imperio. Y el imperio no tiene dudas de que AMLO es el peligroso demagogo de izquierda, líder de un partido socialista que se niega a ver los inmensos beneficios que el neoliberalismo trajo al país tras el Tratado de Libre Comercio. Uno de los principales portavoces del imperio, The Wall Street Journal, no tiene dudas al respecto y, en la edición del 8 de enero de 2018 considera poco convincente la posición política más moderada que AMLO ha venido defendiendo, destacando sobre todo la lucha contra la corrupción. Considera chocante que AMLO haya propuesto el pasado diciembre la amnistía para el crimen organizado, y concluye dudando de que los electores mexicanos crean en la reciente moderación de este «demagogo izquierdista».

Se esté o no de acuerdo con el diagnóstico del imperio, la verdad es que este último teme la elección de AMLO. Como el imperio no hace este diagnóstico preocupado con el bienestar de los mexicanos, sino más bien con la protección de sus intereses, y como considero que esos intereses son contrarios a los intereses de la gran mayoría de los mexicanos, pienso que todo esto es suficiente para asumir que AMLO represente una fuerza de izquierda. Para el argumento que defiendo, es importante sobre todo saber si, en el caso de ser elegido, será capaz de llevar a cabo un programa de izquierda. He venido defendiendo que solo una amplia unidad entre fuerzas de izquierda puede garantizar tal objetivo. Esta misma posición ha sido defendida en México, aunque se reconozca que, como ocurre en otros países, las fuerzas de izquierda han tenido una fuerte tendencia a polarizar sus divergencias, que muchas veces expresan más choques de personalidades que choques programáticos. Por desgracia, realizar articulaciones con otras fuerzas de izquierda eventualmente existentes no parece estar en el horizonte de AMLO. En cambio, lo que parece más cerca es, entre otras cosas, una coalición con un partido conservador, el PES (Partido del Encuentro Social), un partido con un fuerte componente religioso evangélico, militantemente opuesto a la diversidad sexual, a la protección de minorías sexuales y a la despenalización del aborto. Algunas feministas se han sublevado contra la idea de que los fines justifican los medios y que lo importante es ganar las elecciones. Aceptan articulaciones, pero no ceder ante la pérdida de principios y conquistas sociales logradas a consecuencia de duras luchas.

Así pues, se puede concluir que no parece posible, por lo menos por ahora, una articulación entre fuerzas de izquierda institucionales en México. Sin embargo, como he dicho antes, una de las características más específicas del drama democrático mexicano es que este no se puede entender sin la distinción entre izquierda institucional e izquierda extrainstitucional. Por lo menos desde 1994, la izquierda institucional mexicana vive aterrada por el espectro del surgimiento de una izquierda insumisa e insurreccional, una izquierda que se sitúa fuera del sistema de las instituciones democráticas precisamente por el hecho de no considerarlas democráticas. Me refiero al movimiento zapatista del EZLN y a su levantamiento en armas en enero de ese año.

El alzamiento, que fue armado en un breve periodo inicial de doce días, se transformó rápidamente en un vibrante movimiento con una fuerte implantación en el sur de México, que progresivamente fue conquistando a seguidores en todo el territorio mexicano y en diferentes países del mundo. Con una gran creatividad discursiva, en la que brilló el subcomandante Marcos, y con múltiples iniciativas que fueron dando cada vez más visibilidad al movimiento, los zapatistas llevan tiempo defendiendo una alternativa anticapitalista, anticolonialista y antipatriarcal, basada en la autoorganización de los grupos sociales oprimidos, una organización construida de abajo arriba y gobernada democráticamente según el principio de «mandar obedeciendo» de los pueblos indígenas de las montañas de Chiapas. A lo largo de los años, los zapatistas asumieron con consistencia estos principios y fueron sorprendiendo a México y a todo el mundo con nuevas formas de organización comunitaria, basadas en principios ancestrales, con iniciativas transformadoras de gobierno, economía, formación y educación. En ese proceso, las mujeres fueron asumiendo un protagonismo creciente.

A medida que fue conquistando adeptos, la izquierda institucional empezó a ver la postura extrainstitucional de los zapatistas como una amenaza. La izquierda consideró su rechazo a apoyar a candidatos o partidos de izquierda en los procesos electorales como una postura que favorecía a la derecha. A lo largo de los años, las relaciones de los zapatistas con las instituciones del Estado mexicano fueron complejas y no siempre hubo confrontación. Poco tiempo después de abandonar las armas, los zapatistas entraron en negociaciones con el Gobierno con el objetivo de ver reconocidas las reivindicaciones de los pueblos indígenas. En febrero de 1996 se firmaron los acuerdos, conocidos como Acuerdos de San Andrés, por haberse firmado en el municipio de San Andrés Larráinzar, en Chiapas. Dichos acuerdos nunca se cumplieron y, para los zapatistas, esto pasó a ser una demostración más de la falta de credibilidad de las instituciones llamadas democráticas.

Recientemente, una nueva iniciativa de los zapatistas volvió a sorprender a los mexicanos: la decisión de presentar a una mujer indígena como candidata independiente a las elecciones presidenciales. Se trata de  María de Jesús Patricio Martínez, también conocida como Marichuy, que fundó y dirige la Calli Tecolhocuateca Tochan, «Casa de los Antepasados», en Tuxpan, Jalisco. En 2001 fue una de las mujeres indígenas que, junto a la comandante Esther del EZLN, tomó la palabra en el Congreso mexicano. Por iniciativa de los zapatistas y del Congreso Nacional Indígena, el Consejo Indígena de Gobierno hizo la propuesta. El 15 de octubre de 2017 Marichuy anunciaba oficialmente su candidatura. ¿Acaso esto significaba que la izquierda zapatista había abandonado la vía extrainstitucional y había pasado a adoptar la institucional? Si eso ocurriera, ¿la propuesta de los zapatistas sería una propuesta de izquierda que podría acabar articulándose o coaligándose con otras fuerzas de izquierda?

Estas preguntas tenían sentido en la fase inicial de la candidatura, cuando se inició el movimiento para recoger el número de firmas exigidas por el Instituto Nacional Electoral para poder presentar candidatos independientes. Dicho movimiento revelaba la seriedad institucional del proceso. Los zapatistas incluso llegaron a ser acusados de haberse rendido al «electoralismo» que tanto habían criticado. La verdad es que el proceso de recogida de firmas se inició con determinación. Era un esfuerzo gigantesco, ya que el número de firmas exigido era altísimo, más de 800.000. Rápidamente se demostró que las reglas y exigencias, aunque se hicieran de buena fe, algo que se cuestionó, estaban diseñadas para un México «oficial», muy diferente del México «profundo», donde la documentación y la infraestructura técnica (de fotocopiadoras a móviles) o no existen o no son de fácil acceso. De este modo, el proceso de recogida de firmas se transformó en una prueba más del carácter excluyente y discriminatorio del sistema electoral mexicano. Tras los Acuerdos de San Andrés, esta era la segunda vez que las instituciones del Estado mexicano revelaban su carácter no fiable, excluyente y discriminatorio. Asimismo, también se debe tener presente que la recogida de firmas puede verse afectada por dos razones añadidas. Por un lado, las bases sociales del zapatismo y sus simpatizantes fueron socializadas  para distanciarse totalmente de los procesos electorales. La recogida de firmas implica para ellos alguna cesión. Por otro lado, algunos de los que simpatizan con la causa de los pueblos indígenas no están interesados en que la posición del candidato de izquierda al que apoyan se vea fragilizada por la presencia de una candidatura a su izquierda.

Mientras escribo estas líneas, Marichuy prosigue con su campaña, como campaña de denuncia del sistema político e institucional y de sensibilización para las causas de los «condenados de la Tierra». Aprovechando un contexto político institucional por excelencia, el contexto electoral, Marichuy va haciendo pedagogía de los temas y los pueblos que están excluidos del drama democrático de México. Solo por esto, la candidatura de Marichuy no habrá sido un fracaso.

De todo lo expresado sobre el asunto, se puede concluir que, por lo menos por ahora, no son posibles amplios acuerdos entre las izquierdas en México. La izquierda institucional seguirá dividida como antes y la fractura entre la izquierda institucional y la extrainstitucional no hace más que agravarse.

Notas
[*] Este artículo constituye la quinta entrega que va a dedicarse en este blog al tema de la unidad/articulación de las izquierdas en diferentes contextos contemporáneos y que forman parte del libro ‘¿Unidad de las izquierdas? Cuándo, por qué, cómo y para qué’, Dyskolo, 2018.