Juncker y Rajoy: sobre eutanasia hay diferencias

24 Jul 2014
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Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD)

Los presidentes y jefes de gobierno de la Unión Europea han discutido en días pasados sobre quién iba a suceder a Barroso. Le correspondía teóricamente a Jean-Claude Juncker como jefe de fila del partido más votado en las últimas elecciones europeas, pero había quien le ponía la quilla. Por fin en la Eurocámara ha sido refrendado el conservador Juncker como nuevo presidente de la Comisión de Bruselas por 422 votos a favor y 250 en contra. Ya desde las primeras noticias de que Juncker iba a dejar la presidencia del Eurogrupo y que posiblemente volvía al mundo de la política del Gran Ducado me hizo recordar la reacción de este político democristiano ante la aprobación de la ley de eutanasia en su país.

En Luxemburgo la votación de la ley despenalizadora de la eutanasia (febrero de 2008) fue difícil: 30 votos a favor de la ley de eutanasia frente a 26 en contra. Pero es más, el primer ministro Jean Claude Juncker y también el Gran Duque Enrique tuvieron problemas de conciencia respecto a la aprobación de la eutanasia. Juncker fue claro y honesto como ciudadano al decir, a pesar de sus problemas morales como cristiano, “creo que si la Cámara ha votado una ley, la ley tiene que entrar en vigor”, mientras que el Duque Enrique sentía que sancionar la ley violentaba su conciencia cristiana. Juncker fue más allá proponiendo una reducción de los poderes del soberano con una reforma de la Constitución, para que solo promulgase y no sancionase las leyes aprobadas en el parlamento.

Estas dos posturas políticas son bien significativas. La del Gran Duque es la clásica del ciudadano que parece que para él pesa más y por ello prima sentirse católico que ser ciudadano; la del primer ministro fue una postura equilibrada en que la persona se siente católica y ciudadana a la par, pero distinguiendo el espacio privado de su persona y el espacio público de la ciudad y su legislación. Se es católico en la intimidad de la propia conciencia y en el comportamiento personal y se mantiene el compromiso social como ciudadano en el espacio de la ciudad que hace sus leyes para todos: blancos y de color, hombres y mujeres, creyentes y no creyentes… sin que el católico, por convencido y practicante que sea, intente implantar sus criterios y su moral particular a los demás en una sociedad marcada por el pluralismo y desde un Estado que es laico. Los españoles, y sobre todo el político, en su tarea de legislar para toda la ciudad siempre ha de tener bien presente el artículo de la Constitución que no admite discriminaciones en la ‘polis’. El art. 14 manifiesta que todos somos “iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión…”.

Muchos conocen a Claude Juncker como político europeo, pero quizás pocos le conocían en esta faceta relacionada con la ley despenalizadora de la eutanasia en su país. No es que la figura de este político sea en mi opinión modélica, tanto como primer ministro de su país o como responsable político en la UE, pero no se le puede negar su sentido común ante la ley de eutanasia de su país que bien puede ser ejemplo para reflexión de muchos políticos de nuestro entorno. Y si no, hagámonos esta pregunta: ¿podríamos figurarnos a Rajoy, cual otro Juncker, diciendo, “si la opinión pública española en su casi 80 por ciento considera que es necesario hacer una ley de la eutanasia, abramos un debate público”, y meses más tarde, una vez votada en el Congreso, repitiese el mismo juicio del primer ministro luxemburgués: “creo que si la Cámara ha votado una ley, la ley tiene que entrar en vigor”? Creo más bien que como la eutanasia puede tener, según él, una prima de riesgo moral bastante alta pediría consejo al obispo de Madrid.

No son tiempos para preguntarle a Rajoy qué piensa de la eutanasia. Ya en los últimos años de presidencia de Zapatero con la crisis económica ya apretando aconsejaba que se dejasen de temas como la laicidad, el aborto y la eutanasia que ante la crisis eran menudencias. Por ello habrá que ir años atrás para conocer su discurso. Siendo vicepresidente primero del Gobierno, Mariano Rajoy, ante la información de que el parlamento holandés había aprobado la despenalización de la eutanasia comentaba que el Ejecutivo, “en estos momentos”, no tenía intención de modificar la legislación, de tal forma que la eutanasia pudiera entrar en el ordenamiento jurídico español. Para Rajoy la eutanasia “encajar, no encaja en nuestra legislación”, está tipificada como delito en el Código Penal, y para el Gobierno “la vida humana no puede estar a la decisión de nadie”. Y la ministra de Sanidad de entonces, Celia Villalobos, a su vez declaraba que la práctica eutanásica es un delito y que “en este momento no es un asunto que esté encima de la mesa por parte del Gobierno”. Y no estaba sobre la mesa de la política porque para muchos políticos españoles antes es ser católico —o al menos ser miembro del sistema nacionalcatólico— que ser un ciudadano que considera a los demás iguales ante la ley, sin discriminación.

Tal es la alergia de los conservadores españoles para mantener sin legitimidad el sistema tradicional y orillar las exigencias de una sociedad plural y laica que hace más o menos un año un comentarista en una columna de prensa le aconsejaba a Rajoy la eutanasia política. En su reflexión el comentarista consideraba que la ética moderna ampara la eutanasia en los enfermos terminales o crónicos graves para que tengan una muerte digna sin sufrimientos. Y en consecuencia “en política —decía— la eutanasia es la dimisión para acortar la agonía de un político incurable”. Pero, creo, que Rajoy también rechaza esta variante de eutanasia y prefiere la supervivencia a cualquier precio y aguanta todo lo que le echen.


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