Eutanasia, a río revuelto

08 Sep 2014
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Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD)

 

Al celador de una residencia geriátrica de Olot el Tribunal Supremo le ha confirmado hace unos días la pena que le impuso el tribunal que le juzgó: 127 años de cárcel por haber asesinado a 11 ancianos residentes con cócteles de barbitúricos o productos cáusticos de limpieza.

 

No pretendo volver a una crónica de muertes llevadas a cabo por un celador que durante 20 años ha sido paciente asiduo de psicólogos y psiquiatras. Es una persona enferma que creía tener la capacidad de poder decidir si un residente determinado debía permanecer con vida o morir. El, según sus afirmaciones en la vista judicial, “pensaba qué bien que están ya, que estaban mejor muertas que vivas, ya que sufrían mucho en vida”. Quizás pensaba que les practicaba una eutanasia; el mismo letrado que le asistía comentaba que el acusado hablaba con frecuencia de eutanasia cuando se refería a las muertes de los ancianos. También lo han hecho los informadores que en su momento han informado acerca del llamado ‘ángel de la muerte’ y expresamente algunos comentarios de prensa se han referido a este criminal-enfermo como un ejemplo de la operativa eutanásica de algunos médicos con sus enfermos. El concepto de eutanasia ha estado presente en el juicio y en muchas informaciones a veces de manera un tanto ambigua y engañosa, lo que no ha ayudado a lo largo del proceso informativo a una claridad ni a favorecer la comprensión correcta de la realidad de la eutanasia.

 

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Pero, además de que el término eutanasia haya estado presente en el juicio y en las informaciones de prensa, ha habido comentarios que han ido más allá de un baile de palabras. Trascribo dos comentarios significativos: aunque “seguro que (los médicos) lo hicieron de manera más profesional que el celador de Olot. Pero actuaron también ‘como si fueran Dios’, decidiendo sobre la vida y la muerte. Fue su autonomía, no la del paciente, la que se puso en ejercicio”. Y “el celador de Olot justifica sus crímenes con argumentos propios de los que están a favor de la eutanasia”.

 

De la eutanasia no se puede hablar ‘a río revuelto’ pues con esta operación solo se llega a la demagogia y a la manipulación interesada. Siento, pues, el resbalón informativo de tales comentarios que acercan la eutanasia a las actuaciones asesinas del celador de Olot y la carga antieutanásica que contienen. Por ello conviene no jugar ‘a río revuelto’ y hay que precisar bien las realidades humanas y sociales. Por más que este enfermo psiquiátrico que ha acabado condenado como criminal hablase de las víctimas diciendo que quiso “ahorrarles sufrimiento y darles paz”, y se ha hablado en ocasiones de eutanasias no han sido tales sino simples asesinatos. La eutanasia no es matar sin más. Incluso según la descripción que de la eutanasia hace el art. 143 del Código Penal la eutanasia es voluntaria, ha sido solicitada por el enfermo (“por la petición expresa, seria e inequívoca de este”). Solo puede llamarse eutanasia si la muerte del enfermo es voluntaria pues es su deseo y él es autor de su decisión y la expresa al médico de manera seria e inequívoca. Sin embargo, dada esta circunstancia de voluntariedad y libre decisión del enfermo, extraña que el Código Penal sitúe a la eutanasia en el apartado del homicidio cuando este delito supone que alguien da muerte a quien está satisfecho con la vida que disfruta y en manera alguna ha manifestado que quiere acabar sus días. El homicidio, en una palabra, violenta la voluntad de la víctima que quiere disfrutar de su derecho a vivir, y, sin embargo, la eutanasia entendida debidamente es la ayuda a morir de quien quiere morir y no puede llevarlo a cabo por si mismo. En resumen, quien quiera ir contra la eutanasia -entendida correctamente, tal como ha sido regulada ya en tres países europeos y en Quebec (Canadá)- que lo haga desde una lógica ética y jurídica, pero no cometa la indecencia de intentar “pescar a río revuelto”.


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