Día europeo de la vida y la muerte dignas

12 May 2015
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Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD)

 

En el Parlamento Europeo hoy martes 12 de mayo se celebra el  Noveno Día Europeo  del Paciente. Es un día de los derechos del paciente que este año concretamente se fija en un  enfoque más eficaz y más inteligente para la prevención y tratamiento de enfermedades crónicas y de la preservación de la ‘vida digna’ de los pacientes. Está bien que los ministros de Sanidad de la UE se preocupen de la sostenibilidad del sistema sanitario, de investigar e innovar para favorecer el tratamiento de los enfermos crónicos que suponen el mayor gasto de los sistemas, pero habría que preguntarles -independientemente de que haya inversiones públicas y privadas para superar eficazmente patologías-  qué  medidas se adoptan en las diversas naciones para  el crecimiento de la ‘vida digna’ de la persona enferma. En la relación de médico y paciente ambos actores debiera estar cada vez más centrados en su papel. El enfermo  cada día debiera ser  más consciente  de su autonomía y de sus derechos y saber a su tiempo quejarse y denunciar y, en consecuencia a estos derechos, el médico ser también cada día más consciente de sus obligaciones en el servicio profesional que desempeña y por ello  más respetuoso de la autonomía de sus pacientes. Es evidente que faltan políticas que fomenten la conciencia del enfermo sobre su  protagonismo que está claramente explícito en las leyes. En cada acto médico el paciente debiera tener presente y recordar cuando haga falta  que ‘este cuerpo es mío’, ‘la vida es mía’ como  manera de atajar esa maligna reacción de algunos médicos que a la proclama de los derechos del paciente le llaman  ‘el síndrome de autonomismo’.

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Y hay que convencerse que la autonomía tiene que ir a más en un futuro inmediato a favor de una vida y de una muerte dignas. Hace unos días vi la película ‘La fiesta de despedida’. La obra vale la pena, está bien hecha y cuestiona a cualquier espectador. En el pasado octubre la Seminci le concedió la Espiga de Oro  por su maestría narrativa, pero yo  hago hincapié en que la maestría la ha demostrado todavía más  en el relato siempre difícil de situaciones de sufrimiento y de muerte. Los directores israelíes que la han llevado a cabo se han atrevido a  plasmar el duro relato de unos  viejos  retirados en una residencia geriátrica muy bien atendida, pero de espaldas al dolor y a la muerte y todavía más ajena a la autonomía de los enfermos que desean morir cuanto antes azuzados sobre todo por el sufrimiento y la humillación de verse en una vida que no lo es.

 

El Estado de Israel está en proceso jurídico de adopción de una ley que permita el suicidio asistido por cuanto el médico podrá prescribir una droga letal que el enfermo terminal pueda tomar sin dolor y morir. El  Comité ministerial israelí para Asuntos Legislativos dio en el mes de junio el primer  paso  jurídico  para adoptar una ley conocida como ‘Muerte bajo prescripción médica’ que  autorice  legalmente la ayuda médica al suicidio mediante la prescripción de un medicamento letal que  pueda provocar la muerte indolora a un enfermo en  situación terminal.

 

La mayoría de la población de Israel apoya el texto del proyecto de  nueva ley. Según medios de prensa,  del 60 al 70 por ciento de los ciudadanos justifica la decisión del gobierno y da su sí al proyecto de nueva ley, pero no es de extrañar que  partidos religiosos de exigente y cerrada  ortodoxia y a veces  rayanos en el fanatismo religioso arremetan contra la decisión del gobierno y le acusen de estar haciendo “su guerra contra los valores del judaísmo  atacando el carácter sagrado de la vida”. Consideran “terrorífico que haya que recordar que hace unos 70 años fueron los alemanes los que  dieron muerte a disminuidos, enfermos y viejos”.

 

‘La fiesta de despedida’ es una buena película para celebrar y recordar hoy o cualquier otro día  los derechos plenos del paciente hasta el momento de la muerte, derechos en situaciones trágicas llevados con toda naturalidad a la pantalla. Y por ello no estoy de acuerdo con la catalogación que han hecho algunos críticos, que han dicho que era una comedia negra. La situación es dramática por más que tenga algún momento  relajante que provoque alguna risa tonta en la sala dentro del panorama general de sufrimiento y de deseo de liberarse del  dolor en la muerte.


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