Opinion · Estación Término

Con el ruido y las mentiras hemos dado

Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD).

El otro día comentaba que el grupo parlamentario de Unidos Podemos reunía un grupo de trabajo para estudiar la cuestión de las conductas eutanásicas y preparar un texto de proyecto de ley reguladora de la eutanasia. Y como las reuniones continúan y este hecho tiene que tener su resonancia y efectos en otros grupos parlamentarios, por la experiencia de otras ocasiones podemos esperar que en tiempos próximos serán frecuentes las malas interpretaciones y perversas informaciones en torno a las conductas eutanásicas. Nos recordarán que lo que se pretende es repetir la actuación liquidadora y eugenésica de los campos de concentración nazis, de la liquidación de viejos y disminuidos, del egoísmo de la sociedad que rechaza los dependientes, enfermos sin solución y todo lo que supone una carga económica y social, etc. En ocasiones en la lucha y careo políticos la técnica estratégica de algunos es provocar ruido, gritar para que se me oiga y envuelva las palabras del contrario, sembrar nieblas intelectuales para evitar que se vean con claridad las razones, luchar con creencias y prejuicios mantenidos en tono subido y reiterado para hacer sombra sobre las razones.

Suicidios y asesinatos a chorros

Quizás valga un pequeño detalle a manera de ejemplo, pero que bien pudiera ser el inicio de beligerancias. Hace un tiempo no tuve inconveniente en aportar -en un comentario publicado a finales de agosto pasado- que en Bélgica se habían contabilizado 2.021 muertes voluntarias por eutanasia en el año 2015. Eran datos aportados por la comisión belga de seguimiento de la práctica médica de la ley reguladora de la muerte digna. Incluso aportaba en el blog el crecimiento de los casos de estas muertes: en 2002, fecha de la aprobación legal, hubo 24 eutanasias declaradas, en 2007 ya fueron 500 y en 2014, 1.924 casos. Comparar el crecimiento de 24 eutanasias a 2.021 trece años más tarde no significa que exista una coacción en el ámbito belga sino más bien que en Bélgica se ha difundido la información sobre la posibilidad de morir a voluntad y se ha creado un espacio de libertad para morir. Y, en consecuencia, el ciudadano bien puede elegir decidir su muerte en ciertas situaciones reguladas por la ley o bien esperar que su organismo en proceso de degeneración marque el tiempo de la muerte. Una ley de eutanasia no es una ley de licencia para matar como algunas organizaciones reaccionarias difunden sino una ley que lleva la libertad de la persona hasta la fase final de la vida de modo que la persona decida libremente y disponga de su vida.

Sin embargo, estos datos, publicados por mí en agosto son empleados hace una semana en plan beligerante. Hace unos días, un periódico digital de talante integrista daba una información: “Bélgica se suicida a chorros: Más de 2.000 personas asesinadas en un año con la eutanasia”. No comprendo cómo se intenta casar ‘suicidios a chorros’ con los supuestos asesinatos eutanásicos, pues ni las eutanasias son suicidios ni tampoco asesinatos y menos están tipificados como tales en la ley belga. Y ante el balance total de eutanasias se añadía que “desde que la eutanasia se legalizara en Bélgica en 2002, han sido asesinadas 12.762 personas”. No es de extrañar que al lector simple o ingenuo tal cifra le ponga los pelos de punta y la tal ley belga que genera esta catástrofe de vidas haya salido del infierno.

No confundir: regalar no es robar

Gritar meter ruido para que no se oiga, producir una niebla en torno a la realidad del hecho eutanásico y a las regulaciones ocurridas en diversos países es un método de crear un ámbito de confusión favorable a la demagogia y evitar la clarificación de la realidad y un debate abierto y preciso en que se alcance una razón de valor y alcance público. Si la eutanasia es la solicitud expresa e inequívoca del enfermo al médico para que le ayude a morir, es el paciente el que quiere morir, no es que otros le maten como forma radical de destrucción de tal persona. Y por ello pide ayuda para salvar su incapacidad para morir. Y si la respuesta es la aceptación del médico a realizar tal ayuda, de ninguna manera se puede decir que el enfermo es ‘victima’ de la acción homicida del médico.

Sabemos que la gran mayoría de los españoles está a favor de la regulación de la eutanasia y la reclaman al parlamento. Pero si caminamos como otras naciones hacia una ley de eutanasia -que llegará cuando sea- lo más indicado será despejar el camino, que solo se puede hacer razonadamente. Y este razonar de los ciudadanos en el espacio público y en el foro parlamentario solo puede hacerse atendiendo a los valores constitucionales que nos obligan a todos los ciudadanos y en los que se funda nuestra convivencia. Y sin duda con sosiego y con diálogo lograremos comprender que quien mata comete un homicidio, pero quien ayuda a morir actúa en solidaridad con el otro que le solicita su apoyo para cumplir su voluntad libre de morir. Sin duda quien se pare a desmenuzar el hecho de la eutanasia desde que el enfermo que desea morir y quiere liberarse del sinsentido de su vida hasta la ayuda que recibe del médico para poder morir y lo piense como una realidad experimentada vivencialmente en carne propia llegue al análisis critico que hace el filosofo Jesús Mosterín: “Confundir la eutanasia con el homicidio es como confundir el amor con la violación, el regalo con el robo, o lo voluntario con lo forzado. Así como la violación es un delito contra la libertad sexual, pues el violado no quiere copular, mientras que el sexo consentido no tiene nada de mal, así también el homicidio es un delito contra la libertad vital pues el asesinado no quiere morir, mientras la asistencia consentida a la muerte no tiene nada de malo” Vale la pena volver a leer esta reflexión y saborearla despacio.