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Traity quiere ayudar a los usuarios a encontrar trabajo o a conseguir una hipoteca utilizando su reputación en redes y plataformas. En la imagen de arriba, Juan Cartagena, director general de la compañía.

Por EDUARDO ORTEGA

La sede de Traity es de todo menos convencional. En la entrada reciben una pequeña mesita de madera y dos puffs enormes. Uno azul y otro rosa, donde realizaremos la entrevista, cada uno embutido en el suyo. Virando por el pasillo de la derecha, un espléndido futbolín preside la sala donde se encuentra el grueso del equipo. No está ahí sólo por decorar o por aparentar que esto es igual de guay que la sede de Google o la de Facebook. Durante la entrevista lo comprobará un servidor con golpes de barra, goles, “¡¡oooohhhh!!” y “¡¡uuuuyyyy!!” varios. Juan Cartagena (Madrid, 1982), el director general, es un hombre muy ocupado desde hace algo más de un par de años. En esta tarde de jueves, aparte de continuar con el desarrollo de lo que va a venir para la compañía (y promete que será mucho), recibe en unos minutos a una chica que se presenta a una entrevista de trabajo.

Los comienzos de esta start up son igual de estrambóticos que sus oficinas a escasos metros del Santiago Bernabéu. Surfeando las olas de Filipinas en una de las paradas de su vuelta al mundo, en concreto. “La playa aparece en The Endless Summer”, incide. Pese a que asegura no ser surfero, Juan conoce el nombre de esta película (Bruce Brown, 1966) de hace medio siglo. Allí le ocurrió el suceso definitivo que desembocaría en la empresa. La novia a la que conoció por Internet se preocupó, como haría cualquier persona normal, de saber quién era el que estaba al otro lado del ordenador. “Teníamos Skype, pero entiendo que haya un sector de la población, como ella, al que le da miedo este tipo de cosas”. Necesitaba comprobar si de verdad charlaba y flirteaba con Juan o en cambio era una mujer o un señor mayor. Algo que no sonaba tan descabellado: dos meses antes ya le habían tomado el pelo al comprar un ordenador. Cuando quiso demandar a quien le estafó, se encontró con que era menor de edad, que ya había defraudado a otros y que había perdido los cientos de euros desembolsados.

Habiendo sufrido en sus propias carnes estos problemas, llegó a la conclusión de que se necesita un método para llevar la reputación en persona a una versión online. Un pasaporte reputacional. Para ello recurrió también a su amigo José y a Borja, los otros cofundadores. “Nuestro objetivo es crear un mundo en el que podamos fiarnos más unos de otros”. De tal manera que cada cual pueda demostrar con sus estrellas y puntos de redes y plataformas tan dispares como Linkedin, Bla Bla Car, eBay o AirBnB que es alguien en quien se puede confiar. La start up, eso sí, va de frente. Asegura Juan sin ambages que Traity sí que usará todos los datos personales que los usuarios le proporcionen, pero en beneficio de ellos. Cada uno puede elegir lo que mostrar y lo que no. Qué fotos quieren que aparezcan y cuáles no, y lo mismo con las redes y herramientas que emplean. “Nosotros no somos como Google o Facebook, que usan tus datos para venderlos por ahí. Aquí tú puedes monetizar tus datos en vez de que otros los usen y los moneticen por ti”.

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Los puffs de colores en la entrada de las oficinas.

Hay herramientas que, esencialmente, sí permiten saber que una persona es real y de fiar, como las de compartir transporte o alojamiento. Pero también hay otras, como las de compraventa o las de empleo, tal que Linkedin, que no necesariamente lo hacen. Por ello, llevan a cabo labores de aprendizaje semántico e investigaciones junto con universidades norteamericanas y europeas. El objetivo es comprobar, por ejemplo, si alguien realmente ha estudiado con tantas personas de una universidad como dice en su perfil. “No creo que alguien vaya a estar intentando conseguir amigos que cuadren con su perfil durante cuatro días para timar cien euros”, opina, quizás demasiado confiado. También estudiarán, entre otras cosas, cuántos de los seguidores de un perfil Twitter son bots.

En la utilización de estos datos se apoya la principal pata del negocio de la compañía, que ha recibido varios premios, roza la treintena de redes y plataformas asociadas, tiene más de 4,5 millones de usuarios y quince empleados de varias nacionalidades en su sede de Madrid. Recabó 4,5 millones de dólares el pasado año en su primera ronda de financiación, que está empleando en investigación. Pese a que su comienzo fue consecuencia del fraude del ordenador que Juan sufrió en la Red, ahora ha puesto el foco más en otro aspecto: ayudar a la gente a encontrar trabajo, o a conseguir el alquiler de una casa o a que el banco les dé una hipoteca. “Hay personas que están fuera del sistema, que nunca ha tenido una tarjeta de crédito o que ha empezado con poco. Y nosotros les daremos oportunidades, reduciremos la fricción social de empezar de cero. Existe, por tanto, un potencial tremendo”.

Se proponen, asimismo, ayudar a que la gente se beneficie de su reputación y logre, por ejemplo, una póliza de seguro más barata o más ingresos al usar plataformas de consumo colaborativo. Es en lo que se han enfocado de un tiempo a esta parte. Planea el director general, además, que se lleven un porcentaje por la intermediación, algo que aún no está definido, pero en lo que están trabajando con vistas al año que viene. Ahí es donde próximamente residirá su negocio. Nada de publicidad. Parece, de hecho, que he nombrado al demonio cuando se lo dejo caer.

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El futbolín, centro neurálgico de la sede madrileña de la start up.

Tras pasar por varias ciudades en su road tour para lograr financiación, decidieron abrir su oficina en Madrid, lo que facilita contratar ingenieros más baratos pero que no es tan beneficioso fiscalmente o en temas burocráticos. “Lo que no gastamos en salarios o en costes de vida, lo hacemos en viajes y alojamientos. Viajamos mucho para estar cerca del ecosistema de EEUU”. ¿Por qué no mudarse allí entonces? “Porque aquí la gente se siente más parte de un equipo, hay más lealtad, mientras que allí se cambia mucho de trabajo, se es mucho más individualista. Aquí tenemos menos rotación de personas y más consistencia”. 

¿Compensa entonces, visto lo visto? “No. Si tuviera que volver a montar Traity, probablemente no lo haría en España. Hay muchas limitaciones a muchos niveles”, afirma taxativo este ingeniero de telecomunicaciones. De hecho, quien sí se va a mudar es él a San Francisco, donde arribará tan pronto como le den el visado. No es su única crítica a las “dificultades” de España para crear empresas. Considera que se necesitan recetas como clases de inglés y de informática obligatorias en la escuela desde muy pequeños. También modelos que favorezcan la innovación y perder el miedo al riesgo. “Un Larry Page o un Fernando Alonso de los emprendedores”.