Opinion · ¡Eureka!

El español que salvará a miles de pacientes de quimioterapia

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Parte del equipo de Leuko, con Carlos Castro (tercero por la derecha).

Por EDUARDO ORTEGA

@_eduardo_ortega

Carlos llega a toda prisa, casi entre sudores. Ha dejado hace apenas media hora el madrileño Hospital de La Paz, en donde se encuentra estos días probando el segundo prototipo de un dispositivo que promete salvar miles de vidas de pacientes que se enfrentan a la quimioterapia. “Estamos muy motivados por ver los resultados”, confiesa nervioso por momentos.

Su sistema, Leuko, trata de anticiparse a las posibles infecciones que estas personas pueden contraer cuando quedan inmunosuprimidos por la quimio. “Están expuestos a bacterias que pueden hacer que les hospitalicen, retrasen sus tratamientos y hasta poner en riesgo su supervivencia. Se trata, en definitiva, del mayor efecto secundario para ellos”. La solución que Carlos Castro (León, 1983) halló para conocer el estado de las defensas es recontar la cantidad de glóbulos blancos de cada paciente de manera no invasiva y con resultados inminentes.

Dos hechos se cruzaron en el mismo momento de su vida hace poco más de dos años y pusieron en marcha la maquinaria. Primero, que a su compañero de piso de aquella época le diagnosticaron un linfoma y se encontraba en las primeras fases de la quimioterapia. Segundo, que, fruto de una alianza entre la Comunidad de Madrid y el MIT, hizo varias rotaciones en hospitales madrileños hasta que acabó en el departamento de Oncología del Gregorio Marañón. Allí, una especialista les habló de este grave efecto secundario y él, que acababa de realizar su tesis sobre tratamiento de imágenes biomédicas en la Politécnica de Madrid, acabó por concienciarse.

Su dispositivo, del tamaño aproximado de un pintalabios, toma imágenes de capilares muy superficiales que hay bajo la piel al situarse sobre la uña de cualquier dedo –aunque un estudio recomienda el anular, y así lo ensayan ellos-. Así pueden obtener vídeos de la cantidad de células que pasan por la sangre de estos capilares. Las ventajas de este sistema en comparación con el que se usa ahora son radicales. Actualmente, los pacientes se realizan uno o dos análisis de sangre durante los cerca de veintiún días que transcurren entre una dosis de quimio y otra. Esto obliga a que acudan a los hospitales, donde se exponen a posibles infecciones. Además, pasan varios días hasta que se tienen los resultados. “La mayor parte del tiempo, el oncólogo no sabe si su paciente está inmunosuprimido o no”.

Leuko no requiere la extracción de sangre; ofrece los resultados en unos dos minutos, como mucho; permite al propio paciente y al especialista hacer un seguimiento continuado y actuar preventivamente para anticiparse a futuros problemas; y pueden ajustar la dosis necesaria de quimioterapia en función de la cantidad de glóbulos blancos que tenga. También están las ventajas económicas para el sistema sanitario. Cada infección que se contrae durante el tratamiento le cuesta al Estado una media de 14.000 euros, según Castro. También calcula que EEUU se gasta cada año alrededor de 2.500 millones de dólares sólo en hospitalizaciones por estos casos. “Con nuestro método, los costes son muy escasos”.

El sistema del joven leonés, que recibió el visto bueno de Harvard y del MIT, está siendo testado actualmente entre el Hospital de La Paz y el de Massachusetts. Para el primer prototipo, eligieron a treinta y una personas del Hospital de Fuenlabrada y usaron un microscopio que cualquiera podría adquirir. El segundo desarrollo ya ha sido mejorado con tecnología propia y están contando con pacientes que han recibido un trasplante de médula ósea. “Son el sujeto perfecto para nosotros porque antes de la operación tiene un buen nivel de glóbulos blancos y después, cero, literalmente”.

De estos estudios a caballo entre los dos continentes dependerá el futuro de Leuko y de miles de personas en todo el mundo. Si todo va bien, pretenden tener un prototipo funcional para principios del próximo año que pueda incluso ser usado por terceras partes para realizar sus estudios clínicos. Para 2018 prevén estar listos para pasar por el proceso regulatorio y comenzar a comercializarlo. Porque su plan consiste en que el dispositivo sea usado por los pacientes en su casa, sin tener que pasar por la consulta. “De la misma manera que los diabéticos se pueden medir su glucosa. Puede ser como un termómetro del futuro, en otros aspectos, porque puede tener muchísimas aplicaciones aparte de ésta”. El proyecto, en el que están implicados ocho trabajadores –cuatro de ellas motu proprio a tiempo parcial-, ha sido reconocido con diferentes galardones y respaldado económicamente, entre otros, por el MIT, la Comunidad de Madrid y el Instituto Nacional de la Salud de EEUU, que les acaba de renovar la financiación.

Antes de todo ese proceso de comercialización, tendrán que dar finalmente el paso de constituirse como empresa. Aún no saben si será en Madrid o en Boston, donde Carlos reside, un lugar mucho más propicio para captar financiación y para emprender. “Lo mejor de allí es el ambiente académico y de investigación que existe con el MIT y Harvard sólo separadas por un par de paradas de metro. Es como una burbuja, un lugar muy especial. Todo el mundo está ahí creando la tecnología del futuro y te motiva mucho. Y piensas: ‘¿Por qué no lo voy a poder hacer yo?’”. Su compañero de piso se curó hace tiempo. Él no llegó a tiempo de ayudarle, pero quizás sí lo haga para miles de personas dentro de dos años.