Los españoles que crearon el primer agujero de gusano conocido

15 Ene 2017
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Carles Navau, Àlvar Sánchez y Jordi Prat.

Por EDUARDO ORTEGA

@_eduardo_ortega

Cuando le preguntan qué se siente cuando la revista Forbes te incluye entre los jóvenes de Europa más influyentes del año, él cuenta que bromea sobre ello con el resto de su equipo: “Éramos tres en el grupo y yo salgo porque los otros dos son mayores de treinta años”. Si bien es una causa posible para que Jordi Prat Camps (Manresa, 1988) esté en tal prestigiosa lista, de lo que no cabe duda es que su trabajo –el de los tres- sí que lo merece. “Fue una sorpresa muy grande, una consecuencia de nuestras investigaciones que nos tomamos como un regalo inesperado”.

La investigación que ha logrado tan célebre regalo consiste en la creación del primer agujero de gusano conocido. Nada que ver con el puente Einstein-Rosen. Se trata de un agujero de gusano magnético, de tal manera que han conseguido conectar dos regiones en el espacio, pero magnéticamente hablando. Es decir, han logrado transferir un campo magnético de un extremo a otro, de manera indetectable e invisible -por lo que queda aislado e inexistente en lo que respecta a otros campos- y sin que varíen sus condiciones durante el viaje. Además, aparece en el otro lado como un monopolo magnético aislado.

El proyecto, como muchos, nació en la universidad y formó parte de una tesis, en este caso la de Física de Jordi, que defiende que atacaron muchas incógnitas, teorías que hasta hace muy poco se creían imposibles o, al menos, improbables de demostrar en un laboratorio. El joven y el resto del equipo, completado por Àlvar Sánchez y Carles Navau, se basaron en la teoría Transformation optics, de 2007. Con ella se diseñaron las primeras capas de invisibilidad de la luz. “Pero funciona a medias”, afirma Prat. En su lugar, ellos aplicaron esta técnica para los campos magnéticos. “El problema eran los materiales, pero resultó que los que necesitábamos ya existían y eran fáciles de conseguir”.

El grupo, que desarrolló su investigación en la Universidad Autónoma de Barcelona, usó metamateriales y metasuperficies para crear el agujero de gusano, que está compuesto por diferentes capas: una interna de material superconductor, con el que lograron que el imán fuera invisible; y una externa de material ferromagnético, con el que consiguieron que también el superconductor fuera invisible. Además, hay una pieza ferromagnética enrollada en forma de cilindro que atraviesa la esfera de extremo a extremo.

“Cuando empezamos en el campo de los metamateriales magnéticos en 2012 había muy poca investigación en este sentido. Había algún artículo, pero nadie había explotado las posibilidades. La prueba es que cuando atacamos la capa de invisibilidad, nadie se lo había planteado”, explica Prat.

El proyecto tiene varias posibles aplicaciones, sobre todo desde el punto de vista médico. Ellos han contemplado una muy clara, que es mejorar las condiciones de las resonancias magnéticas e incluso permitir que personas con marcapasos puedan someterse a ellas. Podría posibilitar también que se efectúen varias resonancias al mismo tiempo, por ejemplo. Además, el joven investigador defiende que se pueda usar en motores o en memorias magnéticas. “Al principio, la gente cuestionaba la importancia y los usos. Pero nosotros vimos muchos. Y eso que no hemos desarrollado mucho las aplicaciones; hemos sido más teóricos”, asegura.

Jordi emigró hace más de un año a Austria, en donde trabaja en el Institut für Quantenoptik und Quanteninformation (IQOQI) Österreichische Akademie der Wissenschafte. Allí ha orientado su trabajo hacia la física cuántica, pero usando su experiencia con los campos magnéticos, ya que hay muchas investigaciones cuánticas que tienen en estos campos uno de sus aspectos clave. Aunque aún le restan casi dos años de estancia, tiene previsto en el futuro desarrollar la “implementación práctica” del agujero de gusano, junto con el resto del equipo, con el que durante este tiempo ha seguido colaborando. Pero seguramente será fuera de nuestro país. “En España es complicado porque es uno de los países que menos cree en la ciencia”.


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