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GTA: el mundo cambia, amigos

30 Abr 2008
07:50 
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gta-eva.jpg-Hola. Me llamo Eva y tengo dos hijos adolescentes que juegan al GTA.

-Hola Eva, bienvenida. Estamos contigo.

Mis hijos pasan varias horas al día con los videojuegos. Para mí, es una lucha constante, discutimos mucho y he llegado al extremo de arrancar el cable del ordenador de la pared. El GTA no me gusta, pero a ellos sí. Después de darle muchas vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que lo único que puedo hacer es exigirles que, antes de enchufarse, cumplan con las obligaciones que tienen: deberes escolares, mantener su espacio en orden y no contestarme mal. Me ha llevado años aceptarlo, y por fin sé que sólo me queda confiar en que mi labor como madre haya sido lo suficientemente razonable como para que sepan valorar correctamente qué es el dichoso GTA. Lo que tiene de real y de irreal.

El mundo cambia, y los que tenemos hijos también debemos adaptarnos. Sin renunciar jamás, eso sí, a inculcarles a los niños los valores que creamos necesarios, hay que tener en cuenta que los videojuegos están aquí para quedarse. A veces, cuando alguien me pregunta por mis hijos y me quejo de que pasan demasiadas horas en el ordenador, me sorprende descubrir en mí misma aquel tonillo que tenían nuestros mayores cuando decían, al referirse a nosotros: “están bailando el rock&roll”

La mirada del loco

29 Abr 2008
10:23 
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mirada.jpg

El loco Fritzl ha “cantado”. Ha confesado todas las atrocidades cometidas en su casa de Amstetten. En una famosa canción cubana, muy salsera, una mujer que se ha hartado de su marido le echa de casa y le dice que, a partir de ese momento, “le cocine su abuela”. Pues no sé si podré volver a escuchar esta canción sin amargura, porque en Amstetten tenemos a un abuelo que ha cocinado a su propio hijo, y nieto a la vez, en una caldera. Lo incineró para deshacerse del cadáver.

A mí siempre me han dado miedo las miradas de los locos. Y la de Fritz me aterra. Esta mirada que desde ayer está en todas las portadas, en todas las teles, me provoca un intenso instinto de huída, de salir corriendo para situarme lo más lejos posible de su alcance. Qué no le provocaría, pues, esta mirada a su hija encerrada y violada durante 24 años, forzada a parir 7 hijos de su propio padre. No se puede ni imaginar. ¿Y a su mujer, qué le decían los ojos de Fritzl? Es bien cierto que puedes convivir con una persona durante largos años y no llegarla a conocer. Ésta debe ser la única agarradera, ahora, para esa mujer. Siempre y cuando, claro está, sea cierto que no supiera nada de nada, como apuntan las primeras investigaciones policiales. Ella no sobrevivirá, es imposible sobrevivir a una cosa así. Y no tengo fuerzas para pensar en los hijos/nietos.

Escucho en la radio esta mañana la entrevista que le hacen a una joven catalana que vive en Amstetten, a unos 200 metros de donde vivía el loco Fritzl. Cuando le han preguntado cómo era esa localidad, cómo se vivía allí, ha respondido que era uno de esos lugares provincianos “en los que nunca pasa nada”. Ahora, todos sus habitantes están en estado de shock, porque se saben vecinos de la maldad con mayúsculas. Por pura casualidad, discutía yo hace unos días con un amigo sobre la maldad y la bondad innatas de las personas. Él sostenía que nadie es totalmente malvado, y yo sostenía lo contrario. El loco Fritzl, para mí, es un loco y es un malvado. No puede haber otra explicación posible: ya debía ser malo cuando nació. Y, con su maldad, ha creado un entorno de barbarie y de perversidad inimaginable. No lo quiero calificar de horror porque esta palabra, hoy en día, está tan banalizada que no me sirve para este caso. Hoy en día todo es un horror. No tengo plaza en la escuela para mi hijo, qué horror. Falta agua, qué horror. Mi vecino me da la lata con su musica y no puedo dormir los sábados, qué horror.

Lo de Amstetten no es un horror. Es algo más, que me obligrá a buscar otra palabra más potente en el diccionario. Cuando la encuentre, la aplicaré también para describir la muerte de 4 niños de 1, 7, 14 y 16 años, en la localidad de Beit Hanún, Gaza. Ocurrió ayer cuando un proyectil disparado por un tanque israelí impactó en su casa. La madre también murió. ¿Es ésto un horror? No, es mucho peor.

Bajemos un poquito el volumen

28 Abr 2008
12:03 
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El mar, ayer, cerca de Cadaqués Me he quedado sin voz. Completamente afónica. Nunca antes me había pasado, y es muy incómodo. Resulta que la semana pasada acudí a eventos diversos, y en todos ellos el nivel acústico del ambiente era disparatado. Como a mí me gusta enrollarme con todo el mundo y participar en todo, forcé la voz para saludar a éstos y a los otros, me reí un montón a un volumen exagerado, grité para animar a mi equipo de fútbol y coreé a pleno pulmón el grito “¡Bravo, Maestro!” dirigido a un pianista extraordinario que nos obsequió con un concierto fuera de serie. Total, que mis cuerdas vocales se han declarado en huelga, y lo peor es que no sé cómo negociar con ellas para que vuelvan al trabajo. He probado el zumo de limón para hacer gárgaras, la leche calentita con miel, varios sprays y pastillitas de éstas que anuncian en la tele, pero no hay manera. Sigo sin voz.

Aprovechando esta circunstancia, quisiera pedir que, entre todos, bajemos un poquitín el volumen del mundo que nos rodea. Lo encuentro desmesurado. Cualquier tontería se convierte en un asunto de la mayor importancia, y lo peor no es ya el volumen, sino el ruido. El ruido molesta y perjudica. ¿Sabéis lo que es el ruido? Es lo sobrante, lo innecesario, y a veces es también lo maligno. Quiero decir que se utiliza con mala intención.

En medio de todos estos eventos extraordinarios a los que he tenido el privilegio de asistir durante la semana pasada, por fin ayer pude salir al mar durante unas horas, y con buen tiempo. Qué silencio, qué paz. Volumen chill out. Y que conste que no soy budista.

Queridas cuerdas vocales: soy consciente de que no os he cuidado mucho, pero prometo enmendarme. ¡Volved a mí, que os necesito! Es que reírse sin voz es dificilísmo.