El inglés que no sabemos
Hace unos días se nos dijo que los estudiantes, cuando acaban la Eso, no tienen el nivel de inglés que deberían tener. Lo entienden un poco, lo escriben como pueden, pero no lo hablan. Los expertos dicen que en las clases de inglés de la escuela se lee un poco y se hacen ejercicios, pero que no se habla. Y un titular de hace dos días decía que la mitad de los españoles no sabe ningún idioma extranjero.
Pues bien, a mí no me extraña esta circunstancia teniendo en cuenta algunas situaciones. El otro día, sin ir más lejos, me subí a un tren Ave Barcelona-Madrid y, bien relajadita, me dispuse a ver la película que se ofrecía a los pasajeros. Se trataba de la película “Hairspray”, una divertida comedia musical americana. Cuando empezó la película, con una canción de la protagonista, me alegré mucho porque la letra, en inglés, aparecía subtitulada en castellano. Pero a la que dejó de sonar la primera melodía, ¡zas!, se acabó el inglés y todos los diálogos eran en castellano. Pensé que en el Ave pasaría como en los aviones, donde escoges otro canal de sintonización para escuchar la versión original de las pelis. Pero por más que subía y bajaba por la escalera de canales, no pude encontrar el canal que ofreciera la película en inglés, con las voces originales de los actores.
Pregunté amablemente a una de las azafatas si existía el canal de la versión original, y me dijo que no. Y ahí fue donde me quedé pasmada. ¿Por qué no se pueden escuchar en el Ave las películas en versión original? No creo que técnicamente esto sea un problema, si la posibilidad existe, como digo, en todos los aviones del mundo. Y los trenes del Ave son modernos. Oír una película en versión original subtitulada, y más si se trata de un musical, enriquecería nuestro vocabulario y la comprensión de cómo deben pronunciarse ciertas frases y palabras. Ayudaría seguramente, aunque fuera ínfimamente, a mejorar el nivel de inglés de los usuarios. Por eso me parece que RENFE debería introducir esta mejora en todos los trenes, porque si no, no podemos lamentarnos después de que los críos no saben inglés. Los críos, al cabo de los años, se hacen adultos, y muchos se subirán a un Ave en el futuro. Esperemos que para entonces no sobreviva esta costumbre pánfila de doblar todas las películas al castellano o, como mínimo, se habrá asumido que, además, debe haber un canal a través del cual se puedan oír los diálogos en la lengua original.




Estoy
Dice un sabio amigo mío que lo de la igualdad entre hombres y mujeres es una sandez. Porque las mujeres pueden decidir en cualquier momento tener un hijo y los hombres no. Divorciadas, mujeres solas, etcétera, escuchan el reloj biológico y se hacen una “in vitro”, por ejemplo, cosa que ellos no pueden hacer, y tampoco pueden adoptar si están solos. Mi amigo dice que no le gusta que el ministerio de la señora Aído se llame “de igualdad”, que debería llamarse “de equiparación”, como mucho.
Leí en algún sitio que
Qué mundo éste. Resulta que en Queensland, Australia, vivía una anciana de 108 años que tenía un blog, y que esta mujer ha muerto después, eso sí, de cumplir con una última entrada en su bitácora. Hace un año, cuando supe de su existencia, me quedé alucinada. La abuelita, con más de 100 años y un lustro a cuestas, se había adentrado en los meandros de la red y había decidido que una vida tan interesante como la suya no podía perderse en su memoria y morir con ella. Puso manos a la obra, y lanzó a los cuatro vientos experiencias, ideas, elucubraciones sobre lo divino y sobre lo humano, como en todos los blogs. Pasaron los meses, alguien la descubrió, se fue a las teles, y se hizo famosa.
¿Cuántos de nosotros lloramos al ver ciertas imágenes en la tele? Yo confieso haber llorado dos veces en los últimos meses. Una fue con motivo de un
La otra vez que he llorado ha sido hoy al ver la llegada de los inmigrantes que, en una patera, han visto morir a 9 niños de entre 12 meses y 4 años, además de a otros 6 adultos. En este caso ha sido de dolor puro, de compasión, de rabia. Qué engaño más terrible, el paraíso europeo. Qué injusticia tan grande, nacer allí donde no hay nada que comer. Qué valentía y que miedo, apiñarse en una barca con tus críos, en mitad de la noche y sabiendo que todos se juegan la vida. Y qué
desesperación, ver morir a los niños deshidratados, qué angustia de escuchar sin fin los llantos y lamentos, un sonido que ninguno de los supervivientes podrá olvidar jamás. Además, todo este dolor quizás no les servirá de nada, porque amablemente les llevaremos de vuelta allí de donde salieron con la esperanza de llegar hasta nosotros, y que se ha tornado en una amargura eterna.
Por desgracia, el 




