El desconcierto

Por Fernando López Agudín

Sin el PSOE, ni Unidos Podemos

18 Oct 2016
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Las urnas del 26 de junio, que frenaron el irresistible avance electoral de Unidos Podemos, junto con el golpe de estado contra Pedro Sánchez en el PSOE el 1 de octubre, alentado desde Prisa, indica que toda la derecha percibe que la principal batalla política pasa hoy por el interior del socialismo y, probablemente, continúe mañana a través de los morados. Tanto Unidos Podemos sin el PSOE como el PSOE sin Unidos Podemos, se encuentran en un callejón sin salida. Pese a que la conclusión debería ser obvia para las fuerzas que se reclaman de izquierdas– sin el PSOE, ni Unidos Podemos–, no parece que  aún exista en ellas una percepción análoga a la que se vislumbra tanto en el PP como en Ciudadanos para impedir la unidad de las fuerzas del cambio. Mientras la derecha se afana política, mediática, sociológica y económicamente en orientar la actual crisis de Ferraz, la izquierda se desentiende, minusvalora o reduce a una mera lucha por el poder la pugna socialista.

Hay que empezar por recordar lo muy obvio. Existe un PSOE que rechaza al PPSOE, aunque de un modo muy caótico, confuso y contradictorio. Más allá de los móviles de Sánchez, su zigzagueo permanente para intentar llegar a la Moncloa expresa el descontento social de una buena parte de su electorado, además de la enorme inquietud de sus cuadros jóvenes muy preocupados por un futuro que no inquieta a los viejos dirigentes del Directorio de Ferraz, que carecen de futuro vital y político. Despachar esta importante lucha interna, que no ha hecho más que comenzar, porque no aparece bien rodeada del aparato conceptual tradicional ni de la claridad política necesaria, es un grave error metodológico. No hay más que escuchar a Josep Borrell , Perez Tapias y Francine Armengol, o asistir a la evidente contraposición de la socialdemocracia de Miquel Iceta con el socialismo con castañuelas de Susana Díaz, para que se despejen las dudas.

Tanto que algunos dan prematuramente por sentenciado al PSOE en espera de heredar su electorado. Ni el socialismo ha muerto, ni su herencia ese encuentra actualmente sobre la mesa política. Todos los sondeos indican que tras arrojar a Sánchez por las ventanas de Ferraz, el PSOE padece ya una masiva huída de sus electores hacia la abstención. Si hasta las elecciones del 20 de diciembre los recogía Podemos, es evidente que desde el 26 de junio ya no los recoge en la misma proporción. Hoy por hoy, después del golpe, se ha producido el sorpasso; pero no por ninguna sustancial subida de Unidos Podemos sino por la caída del PSOE. No avanza la izquierda, retrocede. Esa es la realidad, hasta que en un corto o medio plazo ese electorado opte por volver a la sigla histórica, o abandonarla definitivamente cuando este PPSOE proceda a la depuración de los socialistas. Proceso político imparable que se intensificará, probablemente, cuando el no es no a Rajoy sea reemplazado por la abstención.

No se debe confundir el final de ciclo histórico del felipismo con el final del Partido Socialista. El PSOE existía mucho antes de González y seguirá existiendo después de González. La crisis de hoy refleja la impotencia del viejo clan de la tortilla por reordenarlo. Las siglas que recibieron entonces de Willy Brandt se les escapan de las manos y aquel PSOE, que volvieron a poner en pie durante la transición para impedir aquella ruptura democrática con la dictadura, muy difícilmente pueden orientarlo ahora contra las actuales fuerzas del cambio pese a haber cooptado a todos sus jóvenes dirigentes. El golpe de estado del 1 de octubre bien podría ser el último canto del cisne felipista, porque el PSOE necesita matar, en lenguaje freudiano, al padre si quiere seguir viviendo. Nadie lo entiende mejor que el propio Felipe González cuando envía a su mejor especialista en el muñequeo, Rubalcaba, a poner orden a través del gestor Fernández.

No se puede hoy dar por sentada esta o aquella orientación política en Ferraz. Son tiempos de densa bruma para el socialismo, van a dar no pocos bandazos. Nadie, por ejemplo, hubiera pensado en la década de los veinte que el PSOE que se sentaba en el Consejo de Estado de la dictadura de Primo Rivera iría solo una década más tarde a forjar una muy firme alianza progresista en defensa de la II República. Cuanto más lejos vayan hacia la derecha los promotores de la caída cainita de Sánchez, más irán hacia la izquierda quienes pueden acabar retomando la bandera hoy arriada en Ferraz, dado que apenas tiene algún recorrido, en esta interminable crisis sistémica que ahora vivimos, un PSOE de derechas. Siempre y cuando, claro está, las fuerzas de izquierda sepan ser solidarios con el PSOE, del mismo modo que toda la derecha se solidariza con el PPSOE.

No hacerlo equivaldría tanto como regalar una sigla histórica de la izquierda a la derecha, justo cuando más necesitan todos los poderosos cubrir por la izquierda su política de recortes. Rehuir esa batalla o darla por perdida, dificultaría bastante la lucha contra el Partido Popular, su satélite Ciudadanos y los compañeros de viaje del PPSOE. Basta ver la gran preocupación con la que la Moncloa asiste a la rebelión de los socialistas catalanes y vascos contra las constantes imposiciones del socialismo caciquil cañi andaluz, o la amplia recogida de firmas de militantes socialistas exigiendo una consulta a las bases del partido– ya se han registrado más de las dos terceras partes de las rúbricas necesarias–, para comprender como los 35 del Ibex y sus brazos políticos viven bajo el temor de que la sigla histórica que hasta ahora han controlado pase a manos de la izquierda.

La existencia de una izquierda morada potente, en igualdad de fuerzas con la del socialismo, puede contribuir a que se consolide el rebrote de las fuertes raíces populares de esta centenaria sigla socialista. Hipótesis viable si se superan dos peligros: el sustituismo, que considera posible ocupar todo el espacio del PSOE, y el seguidismo, que estima conveniente, en toda ocasión, seguir la estrategia del PSOE. Doble y simultáneo error. La izquierda es plural y su competencia política pasa por el debate abierto sin ningún tipo de cheques en blanco, menos aún para contradictorias alianzas contra natura. Más de siglo y medio de historia fratricida, bastante bien rentabilizada por la derecha, nos enseña la muy urgente necesidad de la unidad de la izquierda en la diversidad de las siglas que la integran. Ningún monopolio ha sido más dañino para las fuerzas populares que los dos monopolios políticos sucesivos, Carrillo bajo Franco y González en esta II Restauración de los Borbones, que pretendieron reducir a un único partido la inmensa riqueza política, ideológica, territorial y social de la izquierda española.


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