El desconcierto

Por Fernando López Agudín

¡Ay, Portugal ! ¿Por qué te quiero tanto?

18 Jul 2017
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Ni anacrónicos frentes populares, como denuncia la estrategia del miedo de la derecha, ni inútiles compromisos históricos, como venden los últimos mohicanos del euroilusionismo. Sino, sencilla, lisa y llanamente, un ejemplar pacto portugués corregido. Muy lejos queda Atenas para Podemos, mucho más lejos Berlín para el PSOE. La salida a los graves problemas de toda índole que padece hoy la sociedad española, como consecuencia de la política del Partido Popular y Ciudadanos, pasa por una Lisboa tan aumentada como corregida. Es música de fado la que ayer acompañaba a Sánchez e Iglesias en su primer e importante paso en búsqueda de la unidad de acción. Solo un primer paso político que, como todos los primeros, es siempre el que más daña a todos los enemigos de la coordinación parlamentaria PSOE-Podemos. Ahí está la advertencia, de ayer mismo, de Rubalcaba al PSOE, en el diario del que es consejero de redacción.

El renacido imperio alemán, del que formamos parte, tanto si nos gusta como si no, ha ejecutado al pueblo griego en la persona de Alexis Tsipras. La lección geopolítica es meridiana. Quien ose repetir Syriza, sufrirá como Syriza. Mientras no sea posible cambiar la correlación de fuerzas con el poder alemán, Lisboa es el tope de lo que está dispuesto a admitir el Bundesbank. Die Grosse Koalition, arroja un balance netamente favorable para la derecha alemana a la vez que claramente perjudicial para la socialdemocracia del candidato Martin Schultz, justo antes de las inminentes elecciones germanas, que van a celebrarse este próximo septiembre. Ni Iglesias puede apoyarse en el modelo griego, ni Sánchez en el modelo alemán. Ambos conducen a un callejón sin salida, que como todos, se acaba encontrando por la derecha.

No resta más opción que una Lisboa aumentada y corregida. Ni España tiene las dimensiones de Portugal, ni el desequilibrio de fuerzas de las fuerzas populares lusitanas se corresponde con el muy relativo equilibrio de las siglas populares españolas. Importa bastante el primer factor, el listón alemán sube y baja según el país, porque parece muy claro que lo que se le permite a París no se lo permite a Madrid. Importa mucho el segundo, la extraordinaria amplia mayoría electoral del socialismo portugués determina su hegemonía, porque varía la relación interna del hipotético pacto español. No a corto plazo, dado que lo único que se busca hoy es una coordinación de la unidad de acción de las dos principales fuerzas de la oposición al gobierno de Rajoy y Rivera; pero sí a medio y largo plazo, si no cambia el inestable equilibrio electoral de PSOE y Podemos.

Precisamente por ello, los que ven con temor e inquietud esta primera toma de contacto de las dos izquierdas españolas, tanto en su interior como desde el exterior, van a tratar de alterarla haciendo uso, con prisa y sin pausas, de todos sus recursos mediáticos para intentar dividir a un partido del otro, como dividirlos internamente. Manipulando las corrientes del PSOE y las tendencias de Podemos, intentarán promover conflictos, enfrentar programas, sustituir líderes que puedan ayudar, volens, nolens, a desandar todo lo que se hayan podido andar. No van a quedarse cruzados de brazos. Máxime, cuando pueden disponer de no pocos topos eficaces en poder romper los planos de los arquitectos de la unidad de la izquierda. Su problema es que un partido solamente es real, como dice Hegel, cuando llega a estar dividido. Esta idea, lejos de ser una paradoja, es profunda en su realismo dialéctico.

Ahí están los partidos monolíticos de Rajoy y Rivera. El primero reducido a un aparato mafioso, calificado como organización criminal por la Guardia Civil, el segundo aún no salido del cascarón financiero. Cuando un movimiento político no despliega las contradicciones inherentes a sí mismo y su propio entorno– que le dan vitalidad y riqueza de contenido–, tarde o temprano pierde todo aliento vital y queda reconvertido en una mera correa de transmisión delictiva o transmisión bancaria. Bastante pesada es la carga de la corrupción y muy difícil es para los populares y sus coolies de Ciudadanos liberarse de esta creciente presión. Tanto que se han enrocado doblemente en la Moncloa, esperando que la radicalización de la cuestión catalana, a la que no paran de echar gasolina, les sirva como un imprescindible escudo gubernamental.

Sin Sánchez e Iglesias, que han dado un paso de siete leguas, Rajoy y Rivera no tendrían hoy que bunkerizarse en la Moncloa. Por muy mal o bien que se caigan personalmente, ayer han sentado las bases de un diálogo del PSOE con Podemos que va a cambiar todas las perspectivas de la sociedad española. Sin ellos, hoy por hoy, sería imposible continuar este nuevo camino iniciado en la reunión del lunes. Tanto que uno y otro van a ser seguramente objetos de nuevas maniobras desestabilizadoras, nada más comience el próximo otoño. Quienes solo conciben gobernar con la derecha o se niegan a ensuciarse las manos en la acción de gobierno– según la obra teatral de Jean Paul Sartre Las manos sucias– son las últimas cartas de la baraja de la derecha. No tardaremos en ver como más de uno salta al escenario con el ritornello de la izquierda responsable o de la izquierda ácrata. Esto es, que gobierne la derecha.


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