El desconcierto

Por Fernando López Agudín

La vía lituana de Cataluña

12 Sep 2017
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La movilización ayer de la inmensa mayoría de la sociedad catalana en favor del derecho a decidir sobre su futuro, que las encuestas cifran entre un 70 y un 80% de los ciudadanos, volvió a protagonizar políticamente la Diada, tal y como la ha venido protagonizando desde el 2012. Si cabe aún más, dada la respuesta judicial que el Gobierno de Rajoy da a un claro problema político. A mayor represión, mayor agitación social. A poco menos de unos veinte días de la fecha fijada para el referéndum catalán, convocado por la Generalitat, declarado ilegal por el equipo leguleyo habitual de la Moncloa, es todo un aviso para navegantes. Nada sería más inquietante para el porvenir del sistema democrático español que persistir en la grave equivocación de contraponer tricornios a las urnas, justo cuando el soberanismo catalán, que únicamente pide votar, está siendo empujado por la torpeza preconstitucional del PP a profundizar en la vía lituana.

No es Hungría ni Polonia, como sostienen las plumas que mojan del tintero de Soraya, el modelo de los soberanistas catalanes. Es Lituania, Letonia y Estonia– el llamado modelo báltico– la experiencia que intentan adaptar hoy a la realidad catalana. Es ésta hábil vía hacia la soberanía, basada en la movilización social permanente combinada con la desobediencia sistemática a quienes niegan su derecho a votar, la que llevan recorriendo los partidarios del ejercicio del derecho a decidir sobre el encaje de Cataluña en el Estado español. Iniciada en 1989 por estonios, letones y lituanos, para intentar doblar el pulso político a la Federación Rusa, consiguieron dos años más tarde su objetivo soberanista. La imágenes de ayer en Barcelona rememoran las grabadas hace tres décadas en Vilnius, Riga y Tallín.

Eje de esta vía lituana es lo que el activista estonio Heinz Valk denominaba como cadena humana. Más de un millón de personas fueron los émbolos que enlazaron pacíficamente  los 600 kilómetros largos de Tallin a Vilnius a través de ciudades, pueblos, carreteras, caminos  y bosques. Un 30% de la población de los tres países bálticos, mano a mano, respondió a la fiscalía rusa que negaba su derecho al voto. La cruz catalana formada ayer en la intersección del paseo de Gracia con el carrer Aragó, anuncia que estamos a escasos minutos de la traducción catalana de la estrategia de Heinz Valk. Un amplio movimiento cívico, pacífico y masivo, que cuestione la presencia del Estado español. Cadena humana engrasada, día a día, por esa caverna madrileña que ansía ver desfilar a su cabra legionaria por la Diagonal.

Entonces, no eran los soberanistas bálticos muchos más de los que son hoy los catalanes, ni Lituania, Estonia y Letonia contaban con muchos menos contrarios al soberanismo. Fue la manifiesta incompetencia de Gorbachov, bien atado por sus ultras, no mayor que la de Rajoy, también atado por los Aznar boys, la que allanó finalmente el camino político a aquellos soberanistas bálticos. Una común e idéntica memoria histórica– tanto Stalin como Franco ocuparon militarmente Vilnius, Riga ,Tallin y Barcelona en 1939– opera hoy en Cataluña como también operó ayer en Lituania, Estonia y Letonia.  La grave crisis del Estado español, muy acentuada por el desprestigio de un Tribunal Constitucional que rechazó, en 2010, el Estatut aprobado por el parlamento catalán, las Cortes y los catalanes, aunque de menor dimensión que aquella del Estado ruso, rememora la existente justo antes de la expulsión de Alfonso XIII.

La parálisis domina en una Moncloa habitada por altos funcionarios del Estado sin el menor sentido de Estado. Pese a que la Constitución califica a Cataluña, Euskadi y Galicia como nacionalidades – que sean naciones sin Estado no quiere decir obligatoriamente carentes de soberanía– las reducen a poco más que a los coros y danzas de los buenos tiempos, en opinión de Jaime Mayor Oreja, de la dictadura de Franco. No hay la más mínima respuesta política. Como diría Larra, el vuelva usted mañana es de nuevo la consigna del PP. Ni siquiera la muy tardía propuesta de Pedro Sánchez, sobre la posible creación de una teórica comisión de estudio, prospera. Vigilado bastante de cerca por la fracción parlamentaria peronista de Susana Díaz, el líder socialista aparece encogido, desenfocado y borroso. Sólo Pablo Iglesias clama en el desierto el ejercicio del derecho de autodeterminación como único medio para defender la unidad del Estado español

Estamos sentados al borde del precipicio. Sabemos como termina la vía lituana si vence, como venció en Lituania, pero no como puede terminar si pierde o vence en España. Mucho menos sabemos aún , en esta segunda hipótesis, el cómo se perdería. Está por verse todavía si la muy potente onda expansiva del modelo bálticocatalán  –los dos grandes sindicatos nacionalistas vascos ( ELA-STV y LAB) han convocado una manifestación masiva para este mismo sábado en Bilbao en solidaridad nacional con Cataluña– desequilibra aún más el frágil e inestable equilibrio partitocrático español de 1978.  Lo que sí parece evidente es que si el problema catalán no se resuelve democráticamente, la involución está a la vuelta de hoja de calendario.  Si se recorta o anula la democracia en Cataluña, con medidas de excepción, acabará recortándose o anulándose también en España.


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