El desconcierto

Por Fernando López Agudín

Rajoy, el timo de la estampita constitucional

16 Oct 2017
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Rajoy necesita aliados que le ayuden a salir del laberinto catalán en el que se encuentra encerrado por su evidente incapacidad de hacer política. Bien para continuar negándose al diálogo con la Generalitat, cortando la mano tendida por Puigdemont; bien para intervenir Cataluña con el 155 bajo el brazo del afamado coronel Pérez Cobos. Nada mejor, pues, que volver a poner en circulación una vaga, inconcreta e imprecisa reforma constitucional a la que trata de agarrarse tanto la derecha catalana, desde el diario La Vanguardia, como el socialismo español, desde Ferraz. Es a la vez un pasillo de salida para Mas del Govern de Puigdemont, un pasillo de entrada para Sánchez en el Gobierno de Rajoy. Nada habría que objetar, sin embargo, si fuera viable; pero no es así. Estamos ante una versión política del timo de la estampita. En este caso, estampita constitucional.

Si se impide votar a los catalanes sobre su futuro, cuando el 80% se manifiesta a favor del voto en todas las encuestas, y se rechaza el diálogo con el soberanismo catalán, muy coherentemente con el rechazo de la plurinacionalidad del Estado español, caben todo tipo de dudas sobre la credibilidad de esta oferta. No cabe esperar que los que hoy se atienen a la concepción joseantoniana de España, donde no cabe más nación que la única española, mañana vayan a reconocer constitucionalmente una concepción democrática de una España plural. No es una cuestión bizantina el titular del sujeto de la soberanía. Es una asignatura política pendiente del Régimen de 1978. Ni toda la fantasía de la derecha catalana que envuelve su estrategia, más pasta para Artur Mas, ni la sumisión socialista , bien patente con su lema Todo por la Patria, van a lograr hoy aglutinar la soberanía catalana, vasca y gallega con la española en el seno de un Estado español.

Queda, por supuesto, la compleja cuestión de la financiación que tanto interesa a la retaguardia de la movilización catalana, que intenta subordinar mediáticamente la Generalitat a sus intereses minoritarios; los cuales poco o nada tienen que ver con la vanguardia de la sociedad catalana. Si los vascos siguen bien instalados en la insolidaridad territorial (consagrada por la Constitución), los madrileños en seguir beneficiándose de su condición de capital estatal, los andaluces viviendo de la solidaridad territorial y los poderosos en la regresividad fiscal, ¿que margen existe para una redistribución de los recursos financieros de las autonomías? Ni el principio de ordinalidad alemán, que delimita la ayuda de los lánders ricos a los  lánders pobres, ni la propuesta de separar a Madrid capital del Estado de Madrid Comunidad, mediante un distrito federal, son ni serán aceptados por la España, una, grande y libre del PP y su muleta parda.

Toda reforma constitucional, como toda Constitución, es el reflejo jurídico de una correlación de fuerzas sociales y territoriales. En este sentido, tanto la derecha catalana como el socialismo, son hoy mucho más débiles de lo que eran o de lo que parecían tras la muerte del general Franco. Lo dice alguien tan representativo de la derecha española como lo es Aznar. En su opinión, lo que procede hoy es ir a una reforma constitucional que permita a la derecha recuperar lo que cedió en 1978, a un nacionalismo sobre-evaluado y a una izquierda oficial inexistente, si se exceptúa a la minoría del PCE de la época. Son ideas expresadas en 2000 , en una revista teórica del grupo Vocento, que no han perdido su vigencia en el 2017. Hoy la derecha catalana es apenas poco más que un periódico, La Vanguardia, y el socialismo es poco menos que un diario, tras perder El País en beneficio de la Moncloa.

De rodillas ante la puerta del Sagrario, como reza el coro eucarístico, cabe estar en gracia de Jesucristo; pero no ante la Moncloa. Si la derecha catalana apuñala a Puigdemont, si los socialistas han olvidado en tan solo treinta días de septiembre su compromiso con la pluranacionalidad del Estado español, la reprobación de la comandante en jefe de la salvajada de Barcelona y su denuncia del 155, de la proyectada reforma constitucional no quedan ni las raspas. Si han tragado los sapos que han tragado en un mes, es incuestionable su propensión a aceptar lo que digan los “reformadores”. Su capacidad de presión es nula, no por que sea mayor o menor, sino porque han renunciado a ella. El Movimiento Nacional, la derecha de Rajoy unida a la Falange de Albert Rivera, si finalmente se concreta la reforma, escribirán derecho con renglones torcidos.

Cuando Mariano Rajoy pueda meter en cintura a la sociedad catalana, la reforma constitucional pasará al archivo de las buenas o malas intenciones. Nadie mejor que la Moncloa sabe que abrir hoy ese podrido melón político sería abrir la Caja de Pandora, dado que ni los nacionalistas, ni la oposición democrática están por la labor de repetir un 78, que se deshace en manos de una clase política corrupta e incompetente. Desde este 2017 la cuestión nacional ha reaparecido para quedarse y va a sobredeterminar todas las contradicciones sociales que se dan hoy cita en el Estado español. Quien piense en resolverla sin diálogo político, no va más allá de una visión cortoplacista. Mucho más pronto que tarde, España se verá abocada a su resolución democrática o acabará desapareciendo como un único Estado. O, más probablemente, como democracia.


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