El desconcierto

Por Fernando López Agudín

¿Por qué y para qué provoca Rajoy?

03 Nov 2017
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No ha durado ni una semana la alegría de la Moncloa tras sacarse el conejo de las elecciones del 21 de diciembre de la raída chistera del 155. Mediante el muy reprobado Fiscal General del Estado, fiel ejecutor de las decisiones del Gobierno, acaba de enviar a prisión incondicional al gobierno legítimo de la Generalitat, según  recordaba ayer la alcaldesa del ayuntamiento de Barcelona. Claro está, por violar la legalidad, reiteran los leguleyos de la virreina española de Cataluña, doña Soraya Sáez de Santamaría, olvidando que durante más de una docena de años han cerrado todos los cauces legales a la sociedad catalana. Si es indudable el procesamiento, no lo es la calificación penal de los delitos ni por supuesto su ingreso en la cárcel. Sobre todo cuando la hermana y el cuñado del Rey siguen libres, o sobrecogedores como Rajoy presiden el Gobierno.  Mucho menos, desde luego, retomar la estrategia  de la tensión cuando la calma ha vuelto a las calles catalanas. A unos cincuenta días de las elecciones impuestas por el 155, es una  provocación en toda regla. La pregunta obligada es ¿por qué y para qué provoca Rajoy?

La respuesta remite a otra interrogante que, probablemente, se plantean los estrategas de la derecha, ¿cómo darle la vuelta a la recomendación de Donad Tusk sobre la imperiosa necesidad de que la Moncloa no reedite la violencia bochornosa que protagonizó el pasado 1 de Octubre, comandada por la hoy virreina de la Generalitat? Rajoy sabe bien que empapelar de la noche a la mañana a todo el Govern es el camino más recto para que la respuesta social reaparezca en toda su crudeza. Máxime, cuando los principales dirigentes del soberanismo catalán, pese a  sus reiteradas llamadas a la calma ciudadana, no están hoy en condiciones de poder encauzar estas protestas por encontrarse enchironados. Es bastante obvio que se busca alterar la normalidad fomentado la movilización social contra esta larga cuerda de presos de la Moncloa. No les bastaba con los dos Jordis, ni les basta con el Govern, ni tampoco les bastará con la Mesa del Parlament que ingresarán en el aniversario del 9-N.

Su problema, el de Rajoy y sus bufones de Corte, es que el cuento de la lechera electoral del 21 de diciembre no les sale. Hasta el mismo Jaime Mayor Oreja, que siempre sabe de lo que habla sobre el nacionalismo sea vasco o catalán, les advierte que están a minuto y medio de repetir el fiasco del PPSOE habido en Euskadi cuando él mismo, en compañía de Nicolás Redondo, fue derrotado por Ibarretxe en el 2001.  Ni con la ayuda de algunos viejos mascarones de proa de la izquierda, como ocurre en Cataluña, pudieron vencer en aquellas urnas vascas que creían ganadas de antemano. Mucho más en las catalanas donde no hay violencia y, además, cuentan con los Comunes (Adela Colau) que rompen los discursos frentistas. Tensar la situación preelectoral, retirando a todos los candidatos soberanistas, presos por hallarse en prisión provisional, es el medio más rápido para evitar que, por ejemplo, Esquerra de Cataluña mañana pueda ocupar la primera posición electoral que le asignan todos los sondeos.

Rajoy no puede quitar el pie del acelerador catalán si desea mantener impotente a la izquierda. En tan sólo dos meses de la guerra de banderas ha conseguido pulverizar a las fuerzas que se reclaman de izquierda  y ,por lo tanto, impedir las más mínima opción alternativa al gobierno corrupto de los partidos dinásticos.  Cronificando la cuestión nacional catalana, donde una parte de la izquierda se sitúa junto al rancio nacionalismo español o catalán, la división se convierte en estructural. Objetivo muy imprescindible para la Moncloa si quiere aprobar los Presupuestos Generales del Estado a comienzos de 2018, dado que hoy el PNV no traga ni puede tragar con  la liquidación de las instituciones de la Generalitat, pese a ese talón de unos 5000 millones de euros con el que intentan comprar al Lehendakari Urkullu. Atornillando aún más a un PSOE predispuesto a ser hoy carcelero del Govern como ya lo es de los Jordis, aseguran los Presupuestos.

El caudillo Rajoy, lo decimos sin ninguna intención peyorativa, necesita consolidar este Movimiento Nacional democrático que ha logrado articular con la cuestión catalana. Ya hubiese querido el dictador Francisco Franco conseguir ayer por las buenas lo que  sólo pudo lograr por las malas. Bajo la bandera rojigualda, la Moncloa se ha convertido ya en el eje de esta estructura tripartita, PP, PSOE y Cs, que instrumentaliza el nacionalismo español al servicio de las corruptas élites madrileñas con mucha más eficacia que el anterior trío, la Falange, la Iglesia nacionalcatólica y la Monarquía. La corrupción, la desigualdad social, la irresuelta crisis económica, el hundimiento del Régimen del 78, todo está supeditado a la defensa de una unidad del Estado español que, hoy por hoy, nadie amenaza salvo que se entienda por tal el total reconocimiento de los derechos inherentes a una España plural.  Nada más oportuno, por lo tanto , que el reprobado mazo del Fiscal General Maza.

Olvidan, sin embargo, que la liberación de los presos políticos fue la principal reivindicación con el que las izquierdas vencieron en las elecciones de febrero de 1936 y que es bastante probable que en Cataluña, salvo que desaten esta cuerda de presos, esta reivindicación podría concretarse en diciembre con la de libertad, estatuto de autonomía y amnistía. Nada más lógico que su recuperación dada la involución preconstitucional en curso. Rajoy lleva al Estado español al desastre como lo hubiera llevado Carlos Arias Navarro si ayer la Zarzuela no le hubiera despedido. Tanto que arriesga el futuro de los Borbones como el de la bandera del Estado. No en vano, hoy los partidos que apoyan la provocación de Rajoy–PP, PSOE y Cs,–son monárquicos como los que la denuncian– Podemos, PNV, Pdcat y Esquerra – son republicanos. Esa nítida bifurcación, Monarquía o República,  esa dicotomía, la rojigualda o  la tricolor, no existía desde 1931.Con el provocador Rajoy empieza a reaparecer.


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