El desconcierto

Por Fernando López Agudín

El nacionalpopulismo de Rivera

24 Nov 2017
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Ayer se presentó oficialmente, en sesión plenaria del Congreso de los Diputados, el nacionalpopulismo de Albert Rivera. Su enmienda a la totalidad sobre el Cupo Vasco, toda una novedad en los últimos 150 años de historia de España, define con exactitud la orientación de esta corriente populista de derecha alineada con los planteamientos de la extrema derecha en Alemania, Austria, Francia, Holanda e Italia. No hace bandera de la inmigración, ni es xenófobo, ni racista, como todos sus homólogos europeos. En el punto de mira de Ciudadanos se encuentra tan solo la plurinacionalidad del Estado español. Apunta únicamente a Cataluña y Euskadi, aunque esta última comunidad sea muy ajena al reto planteado por la Generalitat. No es una declaración de guerra de Ajuria Enea, sí lo es de quien aspira a ocupar la Moncloa.

Cuestionar el Concierto, del que el cupo es el eje, es cuestionar la identidad nacional de Euskadi. Es cuestionar la democracia, es cuestionar la existencia del Estado español. Cuatro reyes, una república y dos dictadores se han sucedido desde 1878, en que fuera promulgado, sin que ninguno de ellos o de estas instituciones lo cuestionara. Hasta el general Franco lo mantuvo en Navarra y Alava, aunque no en Bizcaya y Guipúzcoa por ser, en su opinión, provincias traidoras, al igual que las cuatro catalanas también calificadas oficialmente así hasta 1959. Salvo Onésimo Redondo, Ramiro de Maeztu y José Antonio Primo de Rivera, junto con  intelectuales castellanos que configuraron Falange, nadie ha cuestionado este vínculo histórico de Euskadi con España. Ese es el discurso de la anti-España, los nacionalismos periféricos, enfrentados a España, el nacionalismo español.

Envolverlo con la defensa de la igualdad de los territorios, tal como lo envolvió Rivera, podría ser verosímil si a la vez defendiera la igualdad fiscal de las clases sociales y no la profundización de la desigualdad social que se desprenden de las tesis neoliberales de su programa. Los muy serios problemas de recaudación del Estado español no provienen hoy esencialmente de la redistribución de la renta territorial, sino de que una minoría de españoles tienen un sueldo medio anual de más de dos millones de euros, mientras que la mayoría ingresa 28.000 euros al año. No son los catalanes o los vascos el primer problema presupuestario del ministerio de Hacienda sino es el Ibex-35, que tan bien conoce este flamante ex-ejecutivo de la Caixa, el principal problema económico social del Estado español. Apretar las tuercas a Urkullu sin apretárselas a su antiguo jefe Isidro Fainée, es política al servicio de la Banca.

No es nada casual que este revival joseantoniano de Albert Rivera coincida con el anuncio de nuevos recortes, previstos en el proyecto presupuestario enviado a Bruselas, en educación, sanidad y pensiones. Nada es más oportuno, pues, que intentar encauzar desde ya la protesta e ira social de Madrid, sede del poder bancario, a Bilbao y Barcelona, sede de los partidos nacionalistas. Sustituir la lucha vertical,  de los millones de abajo contra “los diez mil de arriba”, con una lucha horizontal, nacionalistas españoles contra nacionalistas vascos y catalanes. No es una especulación. Ayer mismo, Rivera afirmó que los recortes financiaban el cupo vasco. Así, la versión más desvergonzada del nacionalismo español como taparrabos de los beneficios, plusvalías y dividendos de los que le exportaron de Barcelona a Madrid, tras haber cortado la financiación a Rosa Díez.

Revestido de mitad Macron, mitad Le Pen, Albert Rivera intenta profundizar en su penetración electoral en el PP y el PSOE. La reacción de Feijóo y la de los barones socialistas, sumamente crítica tanto con Rajoy como con Pedro Sánchez, indica la preocupación de los feudos PPSOE por la doble incidencia que pueda tener en sus electorados el nacionalpopulismo de Rivera. Jóvenes, incorruptos, a la vez que osados, se convierten en ese Podemos de derecha que pedía el banquero Olliu, presidente del Sabadell, para poder frenar entonces al emergente Podemos de izquierda. Abanderados del 155, cuando el bipartidismo se lo pensaba antes de aplicarlo, abanderan hoy la denuncia del cupo vasco ante el descrédito de los dos ex-grandes partidos. Si Rajoy cabalga el caballo blanco de Santiago para tapar la corrupción y Sánchez para que no le vuelvan a defenestrar, Rivera lo galopa para ocupar la Moncloa.

Por ahora, y hay que subrayarlo, no es más que puro electoralismo; pero estos procesos se sabe siempre como empiezan y nunca como pueden terminar. El nacionalpopulismo es ya una seria amenaza involutiva que puede conducirnos a la etapa preconstitucional posterior a la muerte del dictador. Abrir un segundo frente nacionalista en Euskadi, cuando es bastante previsible que se relance el frente de Cataluña el próximo 21 de diciembre, es una enorme irresponsabilidad manifiesta, máxime cuando Cs es una de las dos muletas, la otra es el PSOE, sobre la que camina el titubeante gobierno de Rajoy. Volver a utilizar hoy la rojigualda como bandera de combate político contra la bicrucífera vasca y la estelada catalana, desde el escaño que Rivera ocupa en la actual mayoría parlamentaria, es bastante grave si la Moncloa sigue sin ver el desafío nacionalpopulista de su socio ¿O acaso la mano derecha de Rajoy con el Cs ignora lo que hace su mano izquierda con el PNV?


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