La irresistible ascensión del Movimiento Nacional

Fernando López Agudín

Probablemente, el hecho más significativo del último lustro sea la intensa movilización social habida tanto en Cataluña como en España en torno al nacionalismo español. De hecho, esta súbita resurrección de facto del Movimiento Nacional se ha producido en dos tiempos: el primero, de forma reticente por el Partido Popular, y el segundo, a continuación, a calzón quitado por Ciudadanos. Muy bien orientados, sucesivamente, por dos líderes. Mariano Rajoy, necesitado de tapar la corrupción sistemática de la derecha y Albert Rivera, muy ansioso por imponer un modelo territorial que solape la cuestión social. Cataluña pues, actúa como el catalizador pero no como la causa, que deberíamos buscar y encontrar en el Régimen del 78, nacido de los oscuros pactos de la transición política de Franco a los Borbones. Luego, ni la gallina española, ni el huevo nacionalista catalán; ni la gallina catalana, ni el huevo del nacionalismo español. La causa de la causa del “mal dañado” reside en los amos del gallinero económico, tan vinculados con la gestación de Ciudadanos.

¡Soy español, español, español! ¡ A por ellos, oé! son los gritos que más se han escuchado y se escuchan en las calles españolas como clara reacción social a la ofensiva del soberanismo catalán. Incluso en la misma Cádiz, una provincia con una tasa de paro que ronda el 37%, se aplaude muy efusivamente una chirigota del Carnaval en la que a un Carles Puigdemont se le guillotina por aclamación popular. La cabeza cortada no es la de Isidro Fainée, Rajoy, Rivera o Sánchez, que alguna responsabilidad podrían tener con el crónico subdesarrollo de Andalucia. Es la de Puigdemont, ajeno a ese devenir. Imposible pues una  metáfora mejor para describir como el Movimiento Nacional instrumentaliza el nacionalismo español para conseguir un amplio apoyo social a la manifiesta política antisocial que aplican obedeciendo el dictak de Merkel. Cuanto más proclaman su patriotismo contra Cataluña, más se inclinan ante Alemania.

El Movimiento Nacional es la respuesta manipuladora a la muy grave situación social en la que se encuentran las clases medias y trabajadoras de la sociedad española. Cataluña es culpable hoy, como lo será también mañana Euskadi, no en vano ya Ciudadanos ajusta el punto de mira de su artillería contra el Cupo vasco, primer disparo político contra el Concierto. No son los bancos, las eléctricas o las constructoras los beneficiarios de la estrategia de la desigualdad que ejecuta el Movimiento Nacional, sino  aquellos vascos, catalanes o gallegos opuestos a los objetivos centralistas actualmente en curso. Hasta tal punto es así, que hoy no existe ningún serio peligro de ruptura de la unidad del Estado español, mientras se acumulan las pruebas e indicios que anuncian la muy inquietante involución del sistema democrático.

Asistimos a una estrategia tan exitosa que ya los azules del PP y los tecnócratas de Ciudadanos pugnan por imponer su hegemonía en el seno del Movimiento Nacional radicalizándolo aún más si cabe. Si Rajoy lo hace para mantenerse en la Moncloa, Rivera lo utiliza para instalarse en ella, y así, de radicalización en radicalización, ambos compiten por ser el mejor flautista de Hamelín que conduce hacia el precipicio social a la mayoría de los españoles entontecidos que siguen el compás nacionalista español que surge de su flauta económica. De lo que resulta, que ni el PP ni Cs van a dejar de ser las dos primeras fuerzas políticas actuales en el Estado español; pero, sobre todo, lo que se confirma es la hegemonía política del Movimiento Nacional. En esta aritmética política, el orden de los factores no altera el producto político: es tan sólo una pugna por aplicar el mismo programa recentralizador económico-político.

PP y Ciudadanos tienen siempre a mano la muleta socialista. Tanto Rivera, con el acuerdo que firmara con Sánchez hace dos años, como Rajoy, con el sí es sí de Sánchez, pueden contar con ese buen chevalier servant que es el PSOE si les fuera necesario. Al fin y cabo, Ciudadanos apoya hoy al gobierno de Susana Díaz en Andalucía, tanto como Sánchez avala la política del 155 de Rajoy en Cataluña. Al renunciar hoy de antemano a enfrentarse contra la política del Movimiento Nacional, al socialismo no le resta más alternativa que sumarse a la de las derechas, para desconcierto de los socialistas catalanes, vascos y gallegos que se ven inmersos en una política centralista contra sus propias comunidades. Eso sí, llegado el caso, el PSOE podría elegir entre servir a Rajoy, a Rivera, o incluso a ambos líderes del Movimiento Nacional.

Por lo tanto, ninguno de ellos va a intentar encauzar el conflicto catalán. Es tanta la rentabilidad que le sacan Rajoy y Rivera o Rivera y Rajoy, que, por mucho tiempo, el martillo del Movimiento Nacional va a continuar  golpeando sin cesar el yunque catalán. En los próximos días, tanto la elección de la Mesa del Parlament catalán como la próxima investidura del president de la Generalitat, proporcionarán los elementos necesarios a los publicistas azules, técnócratas y rosáceos para criticar la supuesta pusilanimidad de la Moncloa. Nada más útil que agitar una buena bandera para tapar la cartera. Cuanto más suben los decibelios del “¡soy español, español, español!” mucho más aumentan los beneficios de los patriotas de sus bolsillos. Como ocurría con el viejo Movimiento Nacional, que se autocalificaba de mitad monje y mitad soldado, este de ahora, que se puede calificar mitad Macron y mitad Aznar, no encuentra enfrente ninguna alternativa política. Esperemos que, al menos, no dure otros cuarenta años.