Las cosas del comer y el 155

Fernando López Agudín

“Con las cosas del comer no se juega”.  A modo de argumentación, con esta sólida afirmación, cerraba Pepote de la Borbolla aquel debate sobre la integración de España en la OTAN,  durante el XXX Congreso del Partido Socialista Obrero Español, celebrado un 16 de diciembre de 1984. Cansado del espejo dialéctico que le mostraba García Santesmases, defensor del no a la OTAN que el PSOE había defendido hasta entonces, decidió trocearlo en mil pedazos con esta reflexión agarbanzada destinada a tapar la incomodidad del grupo dirigente de Suresnes, cogido in fraganti por esos compromisos turbios de una transición que todavía guarda una cara oculta de la luna aún no desvelada. Dicho y hecho, bastaba ver el nutrido parque de coches oficiales que esperaban a los delegados, para comprender como, el hoy asesor de Susana Díaz, había dado con la clave para pasar del eslogan “OTAN, de entrada no”, a , “OTAN, de entrada sí”.

Comparado con las cosas del comer,  lo del 155 es una chorrada. Con este fino análisis no son pocos en la izquierda los que tratan hoy, inútilmente, de huir de una realidad catalana que les sobrepasa. Nuestra identidad es la clase, no la nación y, por lo tanto, basta ya de perder el tiempo que necesitamos para atender las demandas sociales. Como si los intereses populares fuesen ajenos al recorte de derechos democráticos, al encarcelamiento de varios dirigentes políticos, a la suspensión del  actual Estado de las Autonomías y, sobre todo, a la cada vez más cercana y probable perspectiva de  ilegalización de partidos. Mientras la involución preconstitucional avanza con botas de siete leguas, el legado gastronómico-intelectual de Pepote se hace evidente, tanto dentro como fuera del PSOE, en la misma proporción que los sondeos indican que unos bajan y otros no suben.

Cuatro ministros se van a librar de testificar en Congreso por las cosas del comer de Sánchez. Soraya Sáenz de Santamaría, Zoido, Dastis y Montoro no van a tener que dar explicaciones sobre el conflicto catalán, porque los de Ferraz abandonan por un instante la soga del 135 con la que colgaron desde hace cinco años a las clases medias y trabajadoras. Son también las cosas del comer, las que aconsejan a Podemos Euskadi restringir el derecho a decidir, limitado a las cuestiones sociales, como si las territoriales no fuesen ya una demanda de esa sociedad y tuvieran que esperar al visto bueno del  socialismo vasco. Algo análogo sucede con la crisis de los morados en Navarra. Sorprende, porque lo que puede ser una realidad en España, donde el movimiento nacional español arrasa, no puede serlo de ningún modo en la comunidad vasca o navarra ,ni tampoco en Cataluña, donde los comunes preconizan la única vía para resolver el encaje catalán en el Estado español, el referéndum pactado.

Nada más rentable para la derecha que las cosas del comer. Cuando Rajoy advierte sobre los efectos económicos potenciales del problema catalán, ayudado oportunamente por el Fondo Monetario Internacional, se suma al agitprop sobre las cosas del comer de la izquierda que huye de Cataluña. Para el PP, sostenido hoy en la Moncloa por la angustia e incertidumbre de los más de nueve millones de pensionistas, esta falacia progresista de contraponer la economía a la política, viene como anillo al sucio dedo de los populares. Con lo que la denuncia del 135, que perjudica a las derechas, pierde toda su virtualidad porque las cosas del comer atribuyen al problema catalán lo que es responsabilidad fundamental de la política neoliberal. Negocio redondo para las dos R de la derecha, los beneficios del 155 sin los perjuicios del 135.

Desde las peores consignas de la III Internacional, clase contra clase, nada más lesivo que la consigna de las cosas del comer. Aquella política, basada fundamentalmente en la lucha de clases, sin atender a otras contradicciones en primer plano como la democrática, vuelve hoy de la mano de quienes consideran que no hay hoy en España más problema esencial que la cuestión social. Sabemos el precio que se pagó por aquella política de la III Internacional, el ascenso del nacionalsocialismo alemán, e ignoramos el que habrá que pagar por la política de las cosas del comer. Pero los indicios son, sobre todo en una sociedad como la española, bastante inquietantes. Ni siquiera las cosas del comer van a saciar su hambre electoral. Si persisten en ese camino, lo sondeos que hoy son peores que los de ayer, serán mejores que los de mañana.

Y es que con las cosas del comer, la izquierda se amputa una pierna. La movilización democrática se sostiene sobre dos firmes patas. La del 15-M y la descentralizadora. Pretender caminar sólo con la primera es quedarse cojo y, por lo tanto, bastante proclive a una caída. Sin ambas, no cabe respuesta social o territorial alguna. No es un pronóstico el avance de la involución hacia un Estado autoritario, que preconiza toda la derecha, es una lamentable realidad. Tanta que hasta Albert Rivera se permite el lujo de plantear sin complejos, como diría Aznar, un típico pensamiento joseantoniano, al afirmar que ya no existe ni la derecha, ni la izquierda. No es así por lo que se refiere a la derecha, interesada siempre como Satanás en negar su existencia, pero algunas veces lo que parece no existir es la izquierda.