Rajoy no muerde a Rivera, ni Rivera a Rajoy

Fernando López Agudín

Encerrado en el búnker de la Moncloa, de vuelta del funeral de Sevilla, Rajoy observa con preocupación como Rivera intenta cercarle con un doble frente. Jurídico, el estrepitoso fracaso del magistrado Pablo Llarena en el tribunal de Schleswig-Holstein sobre la posible extradición de Carles Puigdemont; político, el regalo de un máster de la Universidad Rey Juan Carlos a Cristina Cifuentes. De uno en uno, son muy lesivos; pero son letales si van juntos, como en esta batalla entre Ciudadanos y el Partido Popular. Aunque, conviene señalarlo, perro no muerde a perro que lleva el mismo collar, y ambos canes políticos, como en aquel chiste del dentista, prefieren no hacerse demasiado daño.

Ni por el máster gratis total a Cifuentes, ni por la bofetada de Schleswig-Holstein, llegará la sangre al río de la derecha. Ni a Rivera le interesa regalar el gobierno de Madrid a Gabilondo, ni a Rajoy criticar a quienes le han empujado, empujando el 155, a olvidar, como señalaba el emperador Federico Guillermo de Prusia que “aún hay jueces en Berlín”. No es nada fácil reconducir la cooperación cainita entre el PP y Cs, pero intereses comunes, padrinos comunes y enemigos comunes ayudan a esa imprescindible cooperación de las derechas españolas. Ni uno ni otro grupo, más allá de la apariencia necesaria, van a tirar piedras contra su mismo tejado en un momento del fracaso compartido de Schleswig-Holstein.

La Brigada Aranzadi, el colectivo jurídico bajo la dirección de la vicepresidenta del Gobierno, ha hecho el ridículo tanto como la Brunete Mediática, tan ligada a Ciudadanos. La marca España vuelve a alejarse de la marca Unión Europea como ocurría en los últimos años del general Franco. El eslogan Spain is different recupera el fondo político que tuvo con Fraga como ministro de la dictadura. Una vez más, en Madrid es delito lo que no es en Berlín o cualquier otra capital europea. Así quienes aceptaron encantados la soberanía limitada de nuestra política socioeconómica, la reforma del 135 de la Constitución, denuncian la soberanía limitada de nuestra jurisdicción. O sea, valen los recortes sociales neoliberales, pero nunca valen las garantías jurídicas democráticas.

Mientras en Alemania el Partido Socialista y  Die Linke elogian al tribunal de Schleswig-Holstein, en España sus homólogos no saben ni responden; más allá de una crítica a Cristina Cifuentes no hay una alternativa política a la regresión en materia de derechos civiles. El PSOE, tan vinculado históricamente al SPD, ni habla de la afirmación proferida por la ministra de Justicia, Katarina Barley, al día siguiente de la puesta en libertad de Carles Puigdemont : “será libre en un país libre, en un país libre, la República Federal Alemana.” Salvo González, que salva el honor socialista, Ferraz aparece hoy, en palabras de Jordi Evole, como un conjunto de “cagaos”.

El dilema agenda social versus territorial es falso. En España no hay más agenda que la democrática. O se frena la involución en marcha o terminaremos como el gobierno preconstitucional de Arias Navarro o como los actuales gobiernos autoritarios de Hungría y Polonia. Bien está echar de la vida pública a Cristina Cifuentes, pero ese objetivo regenerador sin abordar las restricciones democráticas es insuficiente para la total regeneración de la podrida política española. No va a ser cambiando al dúo Rajoy/ Rivera por el de Rivera/ Sánchez, sea en la Moncloa o en la Puerta del Sol, el camino para liberar a la sociedad española del corsé nacionalcatólico que cosen tanto beatos del PP como ex-curas del PSOE o laicos de Cs.

Paradójicamente, el Régimen del 78 no va ser liquidado hoy por Podemos sino por el Podemos de derecha que pedía el banquero Josep Oliú. No sería enterrado desde la izquierda, si finalmente lo es, sino desde la derecha extrema ansiosa de recuperar, en palabras de José María Aznar, todo aquello que se vio obligada a ceder a los nacionalistas e izquierda durante la transición. No es casual que sea hoy su principal protagonista, Felipe González, quien lo advierta  implícitamente, cuando habla sobre el problema catalán, sin que su advertencia encuentre mucho eco. O las fuerzas progresistas abren un tercer frente sobre la Moncloa o esta competencia entre el PP y Ciudadanos acabará gestando un nuevo régimen autoritario.