Opinion · El desconcierto

La carambola del 155 tropieza con Catalá

Cuando Rajoy, taco en mano, se disponía a introducir la bola del 155 en el billar de la Moncloa, empujando las dos bolas vasco catalanas contra la banda alemana, la irrupción de las asociaciones de jueces y fiscales han impedido, ciertamente por el momento, la carambola política que le permitiría seguir con el taco presidencial hasta junio de 2020. La reacción crítica del ministro Rafael Catalá a la sentencia de La Manada, que niega el evidente delito de violación cometido por el brutal quinteto de violadores, ha resucitado el peor corporativismo más puñetero de los profesionales de la Justicia contra el Gobierno del Partido Popular, justo cuando apenas restan una veintena de días para conocer si, finalmente, consiguen aprobar los Presupuestos Generales del Estado. Tras esta interrupción, todas las bolas se plantean que hará la bola judicial.

Por una ironía de la Historia, la supervivencia de Rajoy, sentenciado por los poderes fácticos, depende hoy tanto de Puigdemont como de Urkullu. Si el primero no facilita ya un gobierno nacional catalán, el segundo no votará los números de Montoro y, sin ese nihil obstat de Ajuria Enea, el gobierno del PP pasará a los manuales de los textos históricos. Quien más ha combatido la plurinacionalidad del Estado, eso sí arrastrado por Albert Rivera, no podrá culminar la legislatura sin el apoyo, explícito e implícito, de los nacionalistas a los que ha llegado incluso a encarcelar. Máxime, cuando tanto el PP como Ciudadanos compiten ahora por ampliar la tensión territorial a las comunidades navarra, valenciana y balear.

¿Cómo repercutirá el enfrentamiento de Carlos Lesmes, mandamás de lo judicial, con el ministro Catalá en esta carambola de Rajoy? Pese a que la Moncloa no ignoraba cuál iba a ser la postura de las siete asociaciones profesionales del Poder Judicial, que tanto han contribuído a revestir jurídicamente a Mariano Rajoy, tampoco podía arriesgarse a no atender la indignación de más de la mitad del voto sociológico del país, las mujeres, contra una sentencia judicial demencial y bochornosa. Ni siquiera sabiendo que el nuevo choque vendría a sumarse al que mantiene el juez Llarena con el ministro Montoro, sobre el delito de malversación que el primero atribuye a Puigdemont. De nada le serviría satisfacer a los togados cesando a Rafael Catalá, a cambio de perder el electorado femenino.

Ni un segundo han tardado los burukides del PNV en sacar a Egibar del rincón guipuzcoano para advertir hoy que su voto presupuestario sigue en el aire político, si continúa el 155. Casi al mismo tiempo que Andoni Ortúzar, máximo dirigente, enviaba un mensaje público a la izquierda española, pidiéndole “que espabile”, para que la alternativa al PP no sea Ciudadanos, una sigla basada en el frontal choque de trenes nacionalistas. Por mucha  presión que ejerza Josu Jon Imaz, más atento a los intereses del Ibex-35 que a los de Euskadi, el potente nacionalismo vasco no tiene otra opción que la de condicionar su voto al fin del 155. Nadie mejor que ellos saben lo que puede significar la voladura controlada de Rajoy, pero ni aún a costa de ese serio riesgo pueden permitirse jugar a Poncio Pilatos.

Solo faltaba negar el delito de violación en Pamplona, mientras se pide la extradición de Puigdemont por el delito de rebelión, para acentuar el desprestigio de la Justicia española ante la Unión Europea. Esa negación de un delito comprobado y esa afirmación de un delito inexistente en Alemania dificulta hoy la posibilidad de pactar con el líder soberanista, vía Merkel, si este desbloquea el gobierno catalán a cambio de que los jueces germanos no lo extraditen. Tras la sentencia de La Manada y la reacción corporativista del Poder Judicial, parece muy difícil que el gobierno alemán se avenga a jugar ese papel de intermediación.  Y es que “aún hay jueces en Berlín”, como bien los había en el siglo XVII, y reconocía esta famosa frase pronunciada por el  emperador Federico Guillermo.

El caso es que Rajoy todavía no ha abandonado el tapete verde del billar de la Moncloa. Con el taco en alto, acariciado por la tiza, calcula como rematar la jugada. No conviene olvidar que es un fino estilista, aunque las bolas están bastante peor situadas que ayer, pero seguramente mejor que mañana. Ni la catalana parece tan firme ni  la vasca tan predispuesta. No digamos de la alemana, irritada por la subida de las pensiones que desborda la lucha contra el déficit, y que contempla como su jugador preferido se encamina, sin prisa y sin pausa, hacia un callejón sin salida. Falta solo la bola negra, la de las togas, por situarse. Que hoy denuncie la intervención del Ejecutivo sobre el Poder Judicial no es un buen augurio para Rajoy.