Opinion · El desconcierto

Madrid, el relevo programado por Rivera

De la Puerta del Sol a la Moncloa. Con la designación del nuevo presidente del gobierno de Madrid, facilitada por Rivera, se inicia el ensayo general de la rotación del turno centralista que reemplazará al bipartidismo hoy en declive del PP con el PSOE. El Partido Popular revestido de Cánovas, Ciudadanos de Sagasta, prefiguran hoy en la capital del Estado lo que será, bastante probablemente, el inmediato escenario político en toda España. Su actual libre competencia política, basada en resolver electoralmente cual de esos dos partidos debe ser hegemónico, termina allí donde los intereses comunes de la derecha puedan verse alterados en el mercado de los votos. Lo que funcionó en el XIX, calculan, bien puede funcionar en el XXI.

Cabe la elección entre Garrido o Aguado, entre Rajoy o Rivera, entre el Partido Popular o Ciudadanos, dentro de un orden. Es lo que los ideólogos populistas, que niegan tanto la existencia de la derecha como de la izquierda, denominan como competición virtuosa. Si es así, que no lo es, solo podría serlo si se recuerda que siempre las públicas virtudes van acompañadas de vicios privados, como los numerosos exhibidos por ambos turnistas. La regla establecida es clara: cuando uno de los dos partidos cae, el otro le releva sin que ese relevo atente contra las necesidades comunes del sistema. La ropa sucia se lava como se levantan las alfombras, en familia.

La anacrónica derecha de los camisas viejas, la nueva derecha de las camisas impolutas, no tienen más problemas políticos que el estrictamente generacional. Los jóvenes cachorros de Ciudadanos no se diferencian de los viejos políticos del Partido Popular en nada sustantivo de lo ideológico, político, económico o territorial. Incluso llegan a desbordar a los populares por la derecha. El ultraliberalismo y la recentralización, junto con el individualismo exacerbado, definen al nuevo turno de partidos centralistas. Apenas existe más diferencia que la que suele separar, por lo general, la serenidad de los mayores de la impetuosidad de los jóvenes. Aquel choque entre la  vieja CEDA y la Falange, durante la II República, vuelve a reproducirse hoy.

Lo más destacable de este turno centralista es la sustitución del PSOE por Ciudadanos, no por voluntad del PSOE sino por la de una derecha que le agradece los servicios prestados, pero que los despide sin ningún tipo de finiquito. No los necesitan para gobernar desde que PP y Ciudadanos se han hecho autosuficientes, como se demuestra con el ridículo que el PSOE hace en Madrid, pidiendo a un partido de derecha que les ayude a recuperar posiciones de poder contra otro partido de derecha. Ni siquiera son útiles hoy para proporcionar una cobertura de izquierda a una política neoliberal. Ni saben construir una alternativa de gobierno, ni tampoco saben ser oposición.

Con mucha razón y bastante angustia, el secretario general del PNV, Andoni Ortúzar, pide a la izquierda “que se espabile”. Es un llamamiento oportuno por cuanto, políticamente, no hay hoy una política de izquierdas en la sociedad española. Si se está consolidando el nuevo turno de partidos centralistas, si la hegemonía de la derecha es creciente, se debe a que la izquierda no está, ni mucho menos, a la altura de la gravedad de la crisis que vive hoy España. Como aquel personaje de Molière, que hablaba en verso sin saberlo, la izquierda española habla en derecha sin saberlo e incluso, en algunos casos, sabiéndolo, como cuando enlaza con Ciudadanos al negar hasta la existencia de la dialéctica social entre derecha e izquierda.

En dos años, si hoy Rajoy logra doblar el pulso de Puigdemont, o en mucho menos, si se convocan en Cataluña nuevas elecciones en julio o octubre de este mismo año, Ciudadanos pasará a ser la fuerza hegemónica en el turno de partidos centralistas con el apoyo del Partido Popular. En ese mismo instante, la cohesión social de la sociedad española correrá un grave riesgo de ruptura semejante al que experimentará la cohesión territorial, ya bastante erosionada. Nada más alarmante que esa combinación mitad Macron mitad Le Pen, que perfila la figura de Albert Rivera, sobre aquel doble pacto socioterritorial que gestó la Constitución de 1978.   Aunque los que prefieren acallar su conciencia, pensando que el poder siempre amansa a los políticos, debieran tener en cuenta la espiral conflictiva que impulsa bajo la atenta mirada de la FAES y José María Aznar.