Otra economía

Por Fernando Luengo

Los salarios son los culpables

01 May 2014
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Cierto, pero en un sentido muy distinto del sostenido por la economía convencional -dominante en los foros académicos, mediáticos y políticos-, instalada en el mantra de las virtudes de la moderación salarial.

Primero: Desde el gran viraje neoliberal experimentado por las Comunidades Europeas (década de los ochenta del pasado siglo) los salarios han crecido menos que la productividad del trabajo, tendiendo en algunos casos a su estancamiento (el caso de la economía española). El resultado de esa brecha ha sido que su participación en la renta nacional no ha dejado de reducirse con carácter general. Como quiera que las retribuciones de los trabajadores son un componente fundamental de la adquisición de bienes de consumo, su deriva de los salarios tenía un impacto contractivo sobre la demanda agregada; insuficiencia que fue compensada con crédito. Dinero abundante y barato, gran negocio para los bancos y las promotoras inmobiliarias, que está en el origen de una economía basada en el endeudamiento, de la aparición de burbujas y del crack financiero posterior.

Segundo: Al mismo tiempo que se imponía la moderación para buena parte de los trabajadores asalariados, los que ocupaban posiciones de responsabilidad en las empresas, percibían generosas (y desproporcionadas) retribuciones, que también forman parte de ese “cajón de sastre” que denominamos salario. Una parte de esos ingresos, de naturaleza variable, estaba asociada a la situación patrimonial de la firma o a su posición en los índices bursátiles. Las remuneraciones “excesivas” de las cúpulas empresariales –o, dicho de otra manera, la creciente desigualdad salarial-, en un contexto que estimulaba y premiaba la asunción de riesgos y la gestión de las firmas conforme a criterios financieros, también aporta elementos nucleares para entender la crisis económica actual.

Tercero: La política salarial aplicada en Alemania ha consistido en congelar las retribuciones de los trabajadores. Ello ha supuesto que los costes laborales unitarios reales se hayan mantenido estables desde que se introdujera el euro. El consiguiente freno de la demanda interna ha acentuado el perfil pro exportador de la economía alemana, que ha podido combinar unos costes laborales relativamente bajos, fruto de la contención salarial y de las importaciones procedentes de la Europa poscomunista, y un notable potencial productivo de sus empresas. Los superávit comerciales cosechados, canalizados por los bancos germanos, han financiado los déficits de las economías periféricas. Posiciones acreedoras y deudoras en continua progresión que, con el tiempo, se han tornado insostenibles.

Cuarto: Las “devaluaciones internas”, eufemismo que significa en realidad estancamiento o retroceso de los salarios han encerrado a las economías que las practican en un bucle que, lejos de ofrecer una salida a la crisis, agrava la recesión. Presionar a la baja los salarios en un contexto dominado por la atonía del consumo, el todavía importante nivel de endeudamiento de las familias, el bloqueo de los circuitos de crédito, los altos niveles de desempleo y la precariedad e inestabilidad de buena parte de los puestos de trabajo es equivalente a arrojar gasolina sobre el fuego: deprime todavía más la actividad económica. Además, pretender que bajar los salarios puede favorecer nuestra posición competitiva es ignorar los problemas estructurales de nuestro tejido productivo, relacionados menos con los costes laborales que con las carencias tecnológicas, educativas, investigadoras, de gestión y en materia de infraestructuras de la economía española.

Conclusión: En efecto, la dinámica salarial explica la crisis, así como su persistencia y gravedad. Pero no nos equivoquemos en el diagnóstico. El estancamiento de los salarios y el aumento de la desigualdad, que han impregnado el proceso de construcción europea y las políticas de austeridad, forman parte del problema a resolver si queremos una salida de la crisis sostenible y equitativa.


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