Otra economía

Por Fernando Luengo

Aumentar los salarios y democratizar las relaciones laborales es bueno para las empresas

06 Mar 2017
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Fernando Luengo
Profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid
Miembro del círculo de Podemos Chamberí
https://fernandoluengo.wordpress.com
Twitter: @fluengoe

La economía dominante ha colonizado el debate sobre el papel de los salarios en la configuración de la oferta, como si sólo fuera posible una mirada, la suya. La secuencia propuesta según este relato es bien conocida. La moderación de los costes laborales es necesaria para que las empresas mejoren sus márgenes y de esta manera estén en condiciones de activar y consolidar el proceso inversor; esa moderación es asimismo imprescindible para fortalecer la competitividad en los mercados globales.

Como se supone que ese argumentario sienta catedra, los críticos contraponen un enfoque de demanda, en virtud del cual habría que proceder justo en el sentido contrario de lo planteado desde las filas de la economía convencional. Los argumentos son asimismo de sobra conocidos. Los salarios son el principal factor de dinamización del consumo y, en consecuencia, contribuyen a dinamizar la demanda agregada, asunto clave en estos años de crisis, cuando familias y empresas tienen unos niveles de endeudamiento muy altos y los gobiernos se empeñan, erróneamente, en contraer el gasto público.

Pero, como cada vez más economistas críticos reivindican, hay otro planteamiento que, situado también en la lógica de la oferta, ofrece una perspectiva radicalmente diferente de la convencional y dominante, cuya piedra angular sería el crecimiento de los salarios, no su represión.

El punto de partida de esos economistas es que hay que introducir más complejidad a los tradicionales (y conservadores) enfoques de oferta. Una política de salarios elevados y un marco de relaciones laborales sustentado en el diálogo y la participación de los trabajadores, que favorezca que éstos se involucren en la mejora de los procesos productivos y organizativos de las empresas, mejora la eficiencia de la firma, fortalece sus capacidades de innovación y aumenta su productividad.

La democratización de las relaciones laborales, el empoderamiento de los trabajadores, actúan como un factor de modernización de la cultura empresarial, forjada en buena medida en la posibilidad de presionar sobre los costes laborales y de ajustar las plantillas a bajo coste. Permite, asimismo, explorar fórmulas de flexibilidad interna –que eviten o minimicen los ajustes de plantilla- y, en términos más generales, sienta las bases para abordar una reflexión más estratégica sobre la reestructuración de las empresas.

Si se quiere avanzar en esta dirección de manera resuelta y estratégica es preciso que los trabajadores y sus representantes accedan sin restricciones a la información sobre los recursos disponibles, condición necesaria para que puedan evaluar y en su caso reconsiderar su mejor utilización; implica, asimismo, que existan mecanismos de participación e intervención en los procesos de toma de decisiones; y es, por supuesto, imprescindible que los espacios de negociación colectiva permitan la canalización de las reivindicaciones de los trabajadores, que los salarios sean decentes y los puestos de trabajo estables. Escenario opuesto al que vive nuestro país y al que emerge de la crisis.

 


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