“Sólo mueren las medias tintas, los libros mal hechos y los editores sin ideas”

07 Ago 2010
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Versión completa de la entrevista con Jan Martí aparecida el 7 de agosto de 2010 en Público. Esta es la última entrevista del curso en “Fuera de Lugar”. Si todo va bien, volveremos en septiembre con más bichos raros. ¡Viento fresco para todos!


Jan Martí es músico y editor. Voz y teclados del grupo independiente Mendetz, antes estudió filosofía en la Universidad de Barcelona. Recientemente, ha lanzado junto con otros dos socios Blackie Books, un sello editorial decidido a navegar las aguas inciertas del mercado editorial armado con una mirada propia.

El mundo editorial vive el presente con mucho miedo. La gran amenaza se llama Internet: e-book, piratería, etc. Pero también aparecen editores jóvenes educados en una relación amistosa con la red como espacio para el intercambio. Paradójicamente, quizá sean ellos los únicos capaces de salvar el libro físico.

¿Cómo ves el presente del libro?

Son momentos de gran incertidumbre en los que se están dando por sentadas algunas ideas bastante dañinas. Por ejemplo, hay libreros que parecen pensar que su tarea en el futuro será vender e-books en las webs de sus librerías. Es decir, presuponen que desaparecerá lo más importante de su trabajo: aconsejar, señalar un libro. Cuando lo mejor que pueden hacer es inventar nuevas maneras de hacer funcionar las librerías potenciando precisamente esa función suya, que es tan respetada.

¿Alguna propuesta?

He visto en algunas librerías de París o Buenos Aires que cada librero tiene una tarjeta de un color y la pega a los libros que recomienda explicando sus razones. No es más que un ejemplo, pero indica el camino a seguir: personalizar y humanizar lo más posible el mercado del libro, singularizar las propuestas, resistir todo lo posible a la estandarización (incluso rechazando vender los libros que no se quieren vender). Es justo en los tiempos de crisis y de ruptura cuando pueden surgir las mejores ideas.

¿Y cuál es tu visión sobre estos tiempos?

Lo único que doy por sentado es justo lo que la industria quiere evitar: la piratería. La palabra suena mal, pero en realidad se llama así al intercambio. Internet nace precisamente para intercambiar. En la red, la gente hace desinteresadamente cosas por los demás que no había hecho en su vida. Y una de las mejores que se pueden hacer con un libro es regalarlo, compartirlo. Hay que ser honesto: yo quiero vivir de los libros. Pero también quiero compartir. Para mí, de hecho, el editor es precisamente alguien que quiere compartir algo con otra gente. Compartir un libro con gente que intuyes quién puede ser y con gente desconocida. Es muy importante poder regalar cosas. Pero para mí un archivo PDF no tiene valor como regalo. Tienen valor otras cosas, pero no ese archivo. ¿Cómo podría ser un buen regalo en lo digital? Es lo que estamos pensando ahora. Queremos que sea posible regalar lo que creemos que debe ser regalado y que se pueda vender lo que se debe vender.

¿El intercambio en la red no perjudica a los autores?

La gente convive cada vez más con lo gratis y con lo que merece la pena pagar, aunque sea caro. Es lo que pasa en el ámbito de la música. Los pocos discos que se compran son los que se han escuchado ya en casa, pero gustan tanto que se quieren tener. Tener un disco como algo que colecciones: ahí pasas al objeto. Y en el disco el objeto es todo lo que no es música: el papel, el cartón, etc. Pero en el caso del libro es diferente: no se parece nada un libro electrónico a un libro físico. Puedes ojear un archivo digital en la red y luego decides comprar el libro.

¿Y por qué ibas a decidir comprarlo?

Porque un libro no es sólo información, sino sobre todo la forma en que recibes y lees esa información. Y esa forma es ante todo un objeto. Un objeto que puedes palpar, marcar, coleccionar, prestar o donde puedes espiar ese final que no quieres leer pero sin embargo… El gran miedo es ahora el iPad porque ves una librería de madera y puedes coger con dos deditos un libro de los que hay allí. Todos los avances del libro electrónico consisten en que se parece cada vez más a un libro físico: puedes pasar la página con los dedos, puedes coger el libro de una simulación de estantería, etc. Todo es “como si”. O sea, lo mismo pero peor, porque sólo es una pantalla. Y con los problemas típicos del e-book: por ejemplo, cuando amplías letra el libro se remaqueta. Y todo el trabajo del maquetador, esa armonía que crea el maquetador y que se aprecia aunque no te fijes, se pierde. Hace 30 años que se intenta sustituir el libro por otra cosa y no se puede. Yo pienso que es insustituible. El gran mérito del libro electrónico es que se parece un poco. Todo es muy extraño.

¿Qué papel tiene el editor cuando todo el mundo puede autoeditarse?

Es una referencia, un filtro de confianza. Por eso para nosotros es tan importante no hacer nada porque sí, que cada libro sea un proyecto por el que apostamos a muerte. El día que publiquemos un libro para rellenar catálogo esto se habrá acabado. La gente se vincula con una editorial cuando ve que los libros están bien hechos y hay una propuesta. Y si tu como autor puedes formar parte de eso, ¿por qué editar solo? Sólo mueren las medias tintas, los libros mal hechos y los editores sin ideas. Todos caen por su propio peso.

Cada vez se tratan más los libros como si fueran bollería industrial: fabricación industrial con poca imaginación, distribución masiva, sobreproducción y cortísima duración en el mercado. Nos indignaba que dejaran morir los libros y que todo el mundo viera la vía de la bollería industrial como único camino posible. Así que la idea de Blackie Books fue hacer suculentos donuts que fueran siempre diferentes, que fueran tiernos y dulces y esponjosos, que lo fueran durante mucho tiempo, y que siempre estuvieran a la venta y que no tuvieran fecha de caducidad. Nos gusta cuidar el diseño, el libro como objeto, el tacto y el olor de nuestros libros, las ilustraciones, las traducciones, la impresión.

¿Cómo son los libros de Blackie Books desde el punto de vista físico, material?

En los libros usamos tapa dura con lomo plano. Es algo que sólo habíamos visto en los libros ilustrados que leíamos cuando niños. Cuidamos mucho el tacto: quizá es el único libro en el mercado con papel mate puro. Son maneras de lograr que el propio libro te pida que lo trates bien. También añadimos información inesperada en lugares inesperados: llegamos a hacer fajas desplegables con biografías, un mapa o un póster. Otras cosas que queremos explicar están escondidas en los libros: por ejemplo, de dónde viene el nombre de la editorial. Blackie era la perrita de uno de nosotros. Tenía una pretensión de inmortalidad muy fuerte, murió a los 18 años. Es nuestra idea de la editorial y de los libros, están hechos para durar.

Y en cuánto a la línea, ¿hay alguna línea, alguna “coherencia”, algún criterio?

En la declaración de BB, decíamos: “hay muchísimas cosas que nos gustan. Pero la mayoría nos gusta sin saber por qué y analizarlo podría ser una forma de engañarse. A veces, cuanto menos sabemos por qué nos gusta una cosa, un sabor, una historia o una imagen en nuestra retina, más nos gusta. Entonces, probablemente ese rasgo inasible que tienen en común las cosas que nos gustan sea una de las claves para que nos gusten. Por eso nuestro criterio, nuestros gustos, nuestras emociones, siempre quedan un poco del lado del desconocimiento, un poco fuera de la conciencia. Hemos llamado Blackie a ese criterio, tan opaco que lo abarca todo, tan vago que se confunde, tan inmediato que se nutre de instantes, trocitos, y sobre todo, de mezclas imposibles”.

Bueno, creo que la actitud es importante. Profundidad/intensidad siempre, y sentido del humor siempre. Las dos cosas juntas son invencibles, porque profundizar es un vértigo gozoso y el humor es una cosa muy seria. Do it de Jerry Rubin salió como primer libro porque la actitud tiene que ser esa, la de los Yippies… Quizás un trazo común podría ser la Cultura Pop. Pero claro, Pop entendido como los estudios sobre Cultura Pop en USA, no como el “Pop” de la revista “Super Pop”. Para mí El tutú, de 1891, es indiscutiblemente Pop. Y Jardiel Poncela, cómo no. Todo el nuevo humor español viene de ahí. El post-humor, que dicen. Y veo en De la Serna elementos de Wes Anderson, y pienso que si Ramón viviera ahora sería un ídolo, y me gusta pensarlo. Y bueno, los Simpson, los Yippies, Brautigan, Everett (EELS), Warhol… y Herzog, claro. Por ahí entreveo una línea.

Ha sido muy comentado el uso que hace Blackie Books de las redes sociales.

He aprendido mucho de mi experiencia con el grupo de música. Cuando lo creamos, el disco como tal ya casi había muerto. Regalábamos la maqueta en los conciertos y señalábamos nuestro Myspace como punto de encuentro. Cuando hicimos el primer videoclip, señalamos en el Myspace un sitio y una hora, publicamos un pequeño vídeo con una coreografía y pedimos a quien quisiera que se aprendiera la coreografía y se viniera disfrazado del “futuro”. Total, hemos aprendido a nutrirnos del feedback permanente con gente desconocida. Y Facebook para nosotros es eso: no un espacio para llorar o quejarse, no un espacio egoísta para contar lo mal que me va, sino un lugar para compartir. Nos permite explicar a mucha gente lo que hacemos, obtener muy fácilmente ecos y respuestas, y estar atento a qué preocupa o mueve a quien nos lee. Yo ya no sabría estar sin un rebote constante. No tienen que decidir los demás, pero todo te puede ayudar: incluso hay un libro que hemos corregido colectivamente. Mi experiencia como músico compartiendo cosas con un público X te hace funcionar de esa manera: yo soy mi público. El trabajo del editor es un constante ponerse en el lado del público. El libro me tiene que gustar mucho a mí en primer lugar para querer sacarlo. Y eso si funciona una vez, funcionará siempre.

Otras muchas editoriales se han lanzado ahora las redes sociales.

Sí, pero la mayoría no las entienden. Piensan que es un canal nuevo para la publicidad, para la promo. Pero no es eso. Yo puedo hablar en Facebook de un libro nuestro, pero también puedo colgar una canción, poner la frase de un futbolista o un chiste de Chiquito de la Calzada. Es el placer de compartir. No se trata de otro canal para manipular y vender, sino de una sensibilidad. A través de las redes sociales mostramos que una empresa no es un mecanismo impersonal, sino que hay personas reales detrás editando los libros. Personas reales a las que les gustan cosas muy distintas: el Barça, Chiquito de la Calzada, Jerry Rubin o Platón. Ponerle voz y cara a unos contenidos, eso importa mucho. Porque al final te fías más de Ana o de Juan que de una marca.

¿Y cuál es vuestra relación con la gran prensa?

En las redes sociales nos sentimos libres para emplear espontáneamente nuestro tono más íntimo y vital: el humor, la ironía, el humor negro incluso. No tenemos la misma libertad en relación con los suplementos culturales, que por lo general son muy serios y aburridos. Y como no queremos limitarnos a esperar con ansiedad que salgan reseñas de nuestros libros en la prensa, pues buscamos la comunicación directa con los lectores en las redes sociales. Confiamos incluso en que contribuyan a la larga a reconfigurar las relaciones con los periodistas, volviéndolas menos dependientes.

¿Cómo marcha económicamente Blackie Books?

Bien, hablo de una experiencia pequeña de nueve libros, pero que está funcionando. Nosotros también hacemos esto para ganar dinero. No es un capricho o una propuesta solidaria. Nuestros pisos dependen de nuestros trabajos. Eso implica mucha responsabilidad, estar muy pegado al mundo y ser muy consciente de todo ello.

Tengo verdadera curiosidad por saber qué va a pasar con esto del libro digital. Y ver si salimos vivos de esto. Espero que todos tengamos mejores ideas, no sólo en el mundo del libro, sino también en otros terrenos, como el político o la cultura en general. Creo en mi generación y en las que vienen.


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