¿Cómo se gobierna un clima?

16 Feb 2012
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En otro texto proponíamos la metáfora del clima para pensar el momento presente del 15-M: no identificar exclusivamente el movimiento con una estructura organizativa compuesta de asambleas y comisiones, sino también con otro estado mental y otra disposición colectiva hacia la realidad, marcada por la experiencia empoderadora de las plazas.

El clima como proceso complejo y discontinuo (en el tiempo y el espacio) que no deja sin embargo de operar transformaciones silenciosas e invisibles. El clima como unidad sin unificación: espacio real-simbólico en el que estamos juntos sin estar físicamente juntos. El clima animado por multitud de iniciativas formales e informales que no son multitudinarias, pero tocan y alteran lo cotidiano, retroalimentando el clima. El clima que puede precipitarse en enjambres o mareas masivas que no se dejan diseñar ni prever, pero a las que se puede contribuir aportando algo desde el lugar en el que se esté, sin pretender “dirigir” los acontecimientos.

Hay quien propone otras metáforas (agua o fuego), pero creo que todas van en la misma línea: pensar y valorar esta realidad discontinua, subterránea y compleja no sólo como “déficit” o “carencia”, que es lo que ocurre si la miramos y medimos desde los parámetros tradicionales de la política (visibilidad, acumulación, identidad), sino también como potencia de transformación.

La metáfora plantea más preguntas que respuestas: cómo se (auto)organiza el clima, cómo nos retroalimentamos con él, cómo leerlo, cómo cuidarlo… Esas preguntas son el motor de un pensar-hacer que sólo puede ser experimental y sin modelo, porque no hay ninguna ciencia que nos entregue una línea correcta a seguir.

Pero lo que para unos es fuente de experimentación, para otros es motivo de preocupación. El clima es un dato incómodo para los de arriba: no se deja representar (en interlocutores válidos con los que negociar), ni localizar (en espacios de-limitados), ni prever (en rutinas de acción), ni identificar (en un segmento concreto de la población). Nuestros gobernantes lo perciben como un rumor de fondo, una sombra al acecho. Inquietud. ¿Cómo neutralizar ese efecto constante, pero invisible y silencioso, que va erosionando las legitimidades bien establecidas? ¿Cómo prever y evitar la formación de los enjambres y las mareas aún desconocidas que amenazan con llevarse por delante los cálculos y las decisiones de mando?

Creo que la estrategia será: convertir el clima en un tablero de ajedrez.

El tablero de ajedrez es una máquina binaria, un espacio polarizado. Nos invita constantemente a definirnos a la contra, en un plano sólo de enfrentamiento y no de creación, en una lógica de bandos y no de autonomía del discurso y la acción, en una indignación victimizada y ya no alegre, encajándonos así en los posibles prescritos: blancas y negras, piezas en un campo de batalla, comportamientos predefinidos.

Se trata de una invitación en tres movimientos:

1- Blancas mueven, negras responden: contra los recortes, trinchera

Una amiga me dice: “no nos ayuda nada pensar en términos de recortes, en realidad se trata de un cambio de escenario”. La crisis no es sólo económica, sino de modelos y valores, del sentido y la finalidad de lo que hacemos día a día. Pensar en términos de recortes significa: donde antes había más ahora hay menos. Defendamos lo que queda y presionemos por volver al mismo sitio dónde estábamos. Esa lógica convierte el movimiento en una trinchera: “no pasarán”. Pero si lo que viene no sólo son recortes, sino un cambio de escenario, no podemos responder defendiendo lo mismo, sino creando otra cosa. Ese es el sentido de la famosa consigna zapatista: “resistir es crear”. La mera resistencia no resiste, las luchas defensivas se pierden todas desde hace años, para proteger algo hay que revitalizarlo y reinventarlo. No hacer una trinchera, sino encarnar una nueva visión.

Desde muchos espacios se piensan hoy en los bienes comunes como un tercer término más allá de lo público y lo privado (pero no necesariamente opuesto). El mismo 15-M es un gran ejemplo de una política de lo común, defendiendo/revitalizando las calles como un espacio público de todos y de nadie, más allá del acceso restringido de la privatización y de la propiedad/gestión exclusiva en manos del Estado.

Defender lo público es mantenerlo vivo y en movimiento, preguntándose por sí mismo, su sentido y su valor. No cancelar el debate y la reflexión “porque ahora toca resistir”, sino por el contrario abrir preguntas que nos conciernen a todos (qué educación, qué sanidad), invitando así a los demás no sólo a apoyar tu lucha, sino a pensar-hacer contigo, formar parte. Hacernos cargo en común de lo que tenemos en común.

2- Blancas mueven, negras responden: izquierda contra derecha

Con una derecha tan agresiva en el poder, existe una tentación obvia: posicionarse a la contra en el tablero de ajedrez. Formar un gran bloque de izquierdas, un “frente popular” de todos los agraviados por el PP, con todas las banderas reunidas. Los enemigos de mi enemigo son mis amigos. Creo que es todo lo contrario de lo que hizo fuerte al 15-M: desplazar el escenario-trampa de “las dos Españas” e interpelar al 99%. Invitar a cualquiera que se sintiera concernido por consignas no ideológicas como “no nos representan”, “lo llaman democracia y no lo es”, “somos personas, no mercancías en manos de políticos y banqueros”. Hablar, pensar y hacer desde el sentir y los problemas concretos que nos atraviesan a todos. Poner en primer plano lo que une (problemas y búsquedas), no lo que separa (identidades). Inventar nuevos saberes, haceres y decires, no limitarse simplemente a replicar o repetir los ya existentes.

Sólo pasan cosas cuando nos movemos de nuestro lugar, cuando abrimos lugares donde encontrarnos con otros que no son como nosotros. En los espacios “puros” todo está claro y somos todos “de los nuestros”, pero es muy difícil que algo ocurra. Nos confirmamos unos a otros. La política tiene que ver con cierta “incomodidad”, con no saber a ciencia cierta a quién tienes al lado. Esa fue la potencia de las plazas. Pudimos encontrarnos y mezclarnos porque suspendimos las identidades previas, entre las que sólo hubiera habido choque o suma instrumental pero no encuentro, y nos reunimos en tanto que “indignados”, “personas”, “99%” o simplemente “15-M”. Porque construimos no un bando ni un bloque, ni siquiera como suma de muchos pequeños bandos o bloques, sino un espacio de cualquiera.

3- Blancas mueven, negras responden: acción-represión-acción

Las escenas de represión y brutalidad policial se repiten: cabalgata indignada, concentración en favor del pueblo sirio en lucha, #yonopago, protestas contra la reforma laboral, cargas policiales contra estudiantes menores de edad en Valencia, etc. Está claro que se ha decidido el endurecimiento policial de la calle. Uno pasa por Sol una tarde cualquiera y se topa con un despliegue intimidatorio de furgones centelleantes y policías en alerta. Se gobierna desde la angustia y la paranoia constante, con pavor al rumor de fondo del clima.

En una asamblea reciente se dieron datos alarmantes: las cifras de detenidos, multados o identificados por la policía en torno al 15-M es altísima. Y estamos hablando de un movimiento exquisitamente no violento, conflictivo pero no violento. La gestión de la crisis es una estafa sangrante, un saqueo y un expolio de la riqueza común, pero el espacio para el disenso político real es raquítico. Los cuestionamientos que salgan del bar al espacio público se tratan como un simple problema de orden público, una cuestión policial. Poniéndome grave por un momento, creo que este es un hecho muy serio que debiera preocupar profundamente a cualquier persona que conserve un atisbo de aprecio por lo que significa la palabra “democracia”.

¿Qué nos propone (a empujones) el tablero aquí? Adoptar la lógica acción-represión-acción. Dejar de hablar de hipotecas, bancos y representación política, porque ya sólo podemos recaudar dinero para pagar las multas y acompañar a los amigos y compañeros heridos o detenidos. Entrar en la espiral “guerrera” que sólo los más militantes pueden/quieren sostener y vacía los espacios políticos del 99%. Convertirnos en víctimas impotentes, llenas de rabia reactiva y resentimiento, sin ninguna capacidad de iniciativa. Reducirnos a un gueto, asimilarnos al estereotipo “antisistema”.

¿Cómo escapar? Una amiga me cuenta que “en buceo enseñan una maniobra para cuando uno se ve inmerso en una corriente. El movimiento que salva la vida es contraintuitivo: en vez de recuperar la tendencia en dirección opuesta a la corriente, hay que salir formando un ángulo agudo con su dirección aunque suponga un distanciamiento considerable del barco”. Ese ángulo agudo son todas las acciones que nos permitan seguir llevando la iniciativa y decidiendo los espacios-tiempos del conflicto, las que acogen y cuidan la pluralidad que somos, las que hacen palanca en la imprevisibilidad y la capacidad de sorpresa que rompe las divisiones entre buenos y malos, las que mantienen el contacto empático con “la parte quieta del movimiento”, las que nos alejan de la policía y nos acercan a la gente.

Coda

“Siempre hay dos bandos y ahora tienes que elegir”: ese es el estribillo del tablero. La acción política, por su lado, no pasa por tomar partido entre posiciones dadas, sino por cambiar el mapa de lo posible. Crea un tercer término que no se mantiene a salvo o equidistante, sino que desbarata y confunde la lógica de bandos, abriendo un espacio incluyente y de cualquiera, produciendo nueva realidad. Blancas mueven, pero nadie responde, nadie confunde y desborda.

En definitiva, no asumir el tablero de ajedrez como escenario significa:

-No perder el centro de gravedad: nosotros mismos. No somos lo contrario de nuestro enemigo. Autonomía del discurso y de la acción.

-No perder la capacidad de interpelación al 99%. No somos un bando contra otro, sino un espacio de cualquiera, común.

Qué difícil va a ser pero qué necesario, aprender a bucear.

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