Quevedo contra el copyright

24 jul 2012
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Conocí a Diana Eguía en la Comisión de Pensamiento de la Acampada Sol. Diana es filóloga y especialista en el Siglo de Oro. Me la volví a encontrar en marzo de 2012 en la Universidad de Filadelfia donde vive y estudia ahora. Charlando durante una cena surrealista, me explicó cómo algunas prácticas que hoy se considerarían atentados piratas contra la cultura promovieron la explosión creativa del Siglo de Oro, poniéndome sobre todo el ejemplo de Quevedo. Le animé a escribir sobre ello y aquí está el resultado. Agradezco a Javier de la Cueva su lectura y sugerencias.

Diana Eguía Armenteros, doctoranda de la UAM

Uno de los argumentos esgrimidos con frecuencia por los últimos Ministros de Cultura del Gobierno de España, así como por la Sociedad General de Autores, es la lapidaria amenaza de muerte que persigue a la cultura si no se pone freno a la copia. Sin los derechos de autor, cánones digitales, cierres de páginas de descargas, persecución policial de cibernautas, etc. los autores que producen cultura, nuestros artistas, morirán irremediablemente de hambre, devolviendo al homo hispanicus a un primitivo y peligroso estado precultural. Cabría preguntarse quiénes son estos autores y qué entienden por cultura, aunque este debate mejor se ubica en otro momento y lugar. De lo que voy a tratar aquí es de recordar someramente a uno de los artistas más alejados de cuestionamientos valorativos: don Francisco de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Señor de la Torre de Juan Abad. Irónicamente, la SGAE reclama a esta villa castellano-manchega, que fue propiedad de don Francisco, el impago de los derechos de las canciones de su romería y del órgano barroco de su iglesia, donde se interpretan piezas de los siglos xvi y xvii.

Desde tiempos inmemoriales la cultura ha sido considerada como “peligrosa”; no, como nos quieren hacer creer, en peligro de desaparecer, sino peligrosa por su capacidad de expandirse, de multiplicarse, de llegar a aquellos que podrían manejarla “peligrosamente”. Cuando el cauce por el que discurría era la letra manuscrita, Mundo Antiguo y Edad Media, la cultura quiso primero ser preservada de los metecos, las mujeres y los esclavos, para restringirse posteriormente a la exclusividad de élites monárquicas y religiosas. En la Edad Moderna, por el contrario, los caminos de la cultura se dispararon de un modo que podríamos considerar similar a lo que ocurre en la actualidad. Esto produjo una explosión escrita sin precedentes conocida como el Siglo de Oro de las letras españolas.

Con el libro impreso bien establecido, la cultura manuscrita no solo no desapareció, sino que empezó a ser utilizada para hacer circular textos de un modo más libre y, frente a lo que pueda parecer, rápido. La copia de mano en mano podía tener un efecto que hoy llamaríamos viral, puesto que permanecía exenta del control legislativo que operaba sobre el libro impreso. Es el caso de las dos obras en prosa más populares de Quevedo, a las que me referiré en seguida. No obstante, el género que circuló con más soltura de forma manuscrita fue el poético, debido a su extensión y facilidad de memorización, pero también gracias a algunos subgéneros nuevos: recuérdese por ejemplo el desafío que la poesía satírico-burlesca supuso no solo para las costumbres religiosas, también para la política del Imperio. Aún hoy, tras dos décadas de world wide web, los textos breves se mueven y se comparten mejor en internet que los extensos. Al tiempo, la cultura oral adquirió si cabe más energía al hibridarse con la llamada poesía culta, que corría de mano en mano y de boca en boca en los foros públicos. Debe puntualizarse que la lectura silenciosa era considerada aún por muchos casi un rasgo de extravagancia, por tanto, toda literatura demandaba ser compartida simultáneamente por un grupo de personas para existir.

La imprenta asimismo introducía en el tablero todo un nuevo mundo de posibilidades. La copia impresa pirata no fue infrecuente. El mismo Lope de Vega se hartó de ver Madrid inundado de sus comedias pirateadas y decidió ejercer un activo e infrecuente rol en la moderna industria editorial, la publicación de sus propias obras, convirtiéndose en lo que denominaría uno de los primeros poetas auto editados de Europa.

La prueba histórica de la peligrosidad del nuevo formato nos la da la prohibición de imprimir en los Reinos de Castilla “libros de comedias, nouelas ni otros deste género” de 1625 a 1634. La literatura en general, pero sobre todo el teatro, estaba viviendo una verdadera revolución, uno de esos desafíos que asustan. ¿Aplacó la medida tomada por Felipe IV dicha explosión cultural? El ejemplo del Rey Planeta (la Ley Habsburgo, que apodaríamos por imitación a la Ley Sinde-Wert) serviría de inspiración para nuestros políticos si no fuera porque los impresores se limitaron a cultivar su oficio en otros reinos, como el de la vecina Corona de Aragón, en ocasiones incluso sin trasladarse, simplemente, falseando los datos del pie de imprenta. En conclusión, la prohibición sirvió para aumentar la piratería. (Del mismo modo, la Ley Sinde no afecta a proveedores extranjeros de servicios, por lo que las páginas piratas pueden migrar para seguir funcionando).

Vayamos al caso particular de Quevedo. El primer Sueño, El sueño del Juicio final, debió redactarse en Valladolid, adonde se había trasladado el joven autor, en 1604 y el último, El sueño de la muerte, en 1628. También por 1604 y en la misma ciudad, comienza a correr manuscrito el Buscón. El éxito y el escándalo explican la veloz difusión de ambas obras. Lógicamente, en el proceso de la copia, el lector-copista se torna co-autor, reescribiendo el texto, engordándolo, democratizándolo, exactamente igual que ocurre en la red. Conservamos como ejemplo curioso la anotación de un estudiante que mientras duplicaba la parte de El Alguacil alguacilado en que se habla de la falta de pretendientes de las feas, añade: “pues vénganse a Salamanca y no tendrán hambre”(1).

¿Sabía Quevedo que los textos de los Sueños y del Buscón iban a ser alterados cuando los puso a circular? Podemos especular que conocía lo suficiente los circuitos de la cultura como para utilizarlos en su favor, por tanto, además de ser consciente de las posibles consecuencias de lanzar un texto manuscrito al bullicio copista-lector, las avivó. ¿Qué mejor manera de burlar los flujos inquisitoriales que con el astuto tráfico manuscrito? Por otro lado, las diez primeras ediciones de los Sueños fueron pasadas a las planchas sin su autorización, a cargo de editores que hoy recibirían la categoría de impresores piratas o hackers de la imprenta. La primera de ellas, en Barcelona, 1627, es decir, tras 13 años de carreras manuscritas. La versión autorizada de estos textos, Juguetes de la niñez, ve la luz en 1631, no siendo más que un pacto con la Inquisición. Aún hoy los editores modernos se dividen entre quienes editan la tradición manuscrita, aunque tratando de eliminar todo lo que no se cree original del autor, y los que publican la versión inquisitorial. Personalmente como lectora me pregunto qué preferimos leer: ¿la adaptación de los lectores o la de la Iglesia Contrarreformista?

¿Quiere esto decir que Quevedo era un autor jocoso que solo se movía en círculos alternativos? Nada de eso, Quevedo supo identificar qué canal convenía a cada ocasión, exactamente igual que un autor contemporáneo juega con los formatos de blogs, Facebook, libro en papel, ebook, Twitter, etc. en función del contenido que desea transmitir. Algunos de sus textos religiosos fueron a las planchas con total ortodoxia. La vida de Santo Tomas de Villanueva constituye su primera publicación en letra de molde. Otros, como la Carta al Serenísimo Rey de Francia, fueron mandados copiar a todo lujo por calígrafos profesionales con el fin de regalar escogidamente a personajes influyentes de la corte o al mismísimo monarca. Curiosamente, el modo en que se propuso ante la pléyade como autor serio fue el de la traducción de Anacreonte y Focílides, sin que esto quiera decir que se considerase un traductor como lo entenderíamos hoy. Traducción, imitación y plagio no cargaban en la época con las pesadas fronteras de la actualidad. Si para componer su aspiración poética más importante, las silvas, hubiera tenido que pagarles derechos de autor a los descendientes del poeta latino Estacio, la poesía carecería de algunos de sus más significativos ejemplos. ¿Se imaginan qué hubiera pasado de haberse podido registrar legalmente las formas estróficas? ¿Qué hubiera ocurrido si el soneto en castellano les hubiera pertenecido legalmente a Garcilaso y a Boscán? La diferencia es que el diálogo artístico entre los clásicos se llama estudio de fuentes en el ámbito académico, mientras que para la SGAE y referido a autores contemporáneos el mismo vaivén se tacha de plagio. Y no solo eso, algunos poemas quevedianos no son otra cosa que traducciones, véase el caso del poema Le pinceau del francés Belleau y El pincel de nuestro poeta, por poner solo un ejemplo(2).

Quevedo fue un ávido lector, se preciaba de ejecutar una lectura humanista, es decir, una lectura intertextual, en la que se cotejan diferentes textos a la vez registrando activamente, interpretando, ordenando, relacionando, catalogando y aderezando materiales para un uso futuro, donde las citas (con referencia expresa o no) son obligadas para cualquier intelectual del momento que se precie. Veamos un ejemplo del google books de la época en esta rueda atril inventada por Agostino Ramelli en 1588.

(Tomado de Peraita)

Otra faceta destacable que confirma la imagen del escritor como agitador cultural es la del Quevedo editor. A él le debemos la publicación de la poesía de Fray Luis de León y de Francisco de la Torre. Sin este trabajo ambos poetas hubieran quizá caído en el olvido.

Manuscritos, impresos, copias piratas impresas, copias piratas manuscritas, oralidad, etc. Lo interesante aquí es como, a pesar de los intentos por controlarlo, la multiplicación de los canales, sus combinaciones, juegos y posibilidades resultó en una explosión cultural como nunca se había vivido antes y de la que aún debemos estar agradecidos.

La pregunta que algún candidato a carteras ministeriales tendrá en mente será la de qué relación guardan los hábitos de escritura, lectura y difusión de los textos en la Edad Moderna con la necesidad de proteger el derecho económico de los autores, o dicho de otro modo ¿vivían nuestros artistas del Siglo de Oro de su obra? La respuesta inmediata es que el dinero no era aún el motor de la maquinaria cultural. En el supuesto imaginario de que alguien le hubiera preguntado a don Francisco si consideraba su arte un trabajo, además del anacronismo incomprensible, hubiera contestado quizá con una sátira contra los oficios. No olvidemos que aquellos susceptibles de enriquecerse con las nuevas profesiones liberales, tales como taberneros, sastres, médicos, cerrajeros, buhoneros, alguaciles, escribanos, etc. fueron blanco predilecto de sus críticas. Debe entenderse por tanto que el desafío era otro, fundamentalmente político y moral, no económico, y en este sentido podemos decir que los grandes pusieron toda la carne en el asador. Quevedo, Lope, Cervantes, Fray Luis, San Juan, incomparables artistas y biografías, aunque con dos circunstancias en común: todos vivieron en la distintiva España de los Austrias y todos sufrieron la cárcel o el destierro por una razón u otra en algún momento de su vida.

Entonces, ¿qué papel jugaba el dinero? ¿de qué vivieron nuestras plumas áureas? Lo cierto es que cada uno se buscaba los maravedíes como podía, exactamente igual que hacen hoy la amplia mayoría de los artistas. ¿Cuántos escritores viven de los royalties? No planteo la vuelta al mecenazgo como forma de patrocinio artístico, idea tan rocambolesca como la de poner frenos legales y económicos a la libre difusión de la propia obra. Desde mi punto de vista la disputa ha sido desplazada con los siglos del contenido a la forma. Los Sueños y el Buscón se copiaron para evitar la Inquisición porque su mensaje se antojaba desafiante a las instituciones. Por el contrario, ahora cualquier contenido es bienvenido por más antisistema que parezca, no así el medio que se escoja para difundirlo. Es en esto donde encuentro en los clásicos un ejemplo de valentía doble por cuanto no tuvieron miedo de retar ambos tejidos. Por ello, creo que determinados políticos deberían preguntarse si no están contribuyendo a estancar el mismo proceso que dio origen a la identidad cultural de la que tanto hacen gala, y con cuya defensa se llenan la boca, a pesar de que en mi opinión tienen un pobre conocimiento de la misma.

  1. J. O. Crosby, La tradition manuscrita de los Suenos y la primera edicion, West Lafayette: Pardue University, 2005, p. 9.

  2. R. Cacho Casal, “La silva ‘El pincel’ de Quevedo y Remy Belleau”, en Studies in honor of James O. Crosby, Newark: Juan de la Cuesta, 2004, pp. 49-68.

La ilustración se atribuye a Alonso Cano y se supone que la realizó cuando murió Quevedo para la publicación de su poesía.


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