El arte de esfumarse; crisis de la cultura consensual en España

14 abr 2011
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Por Amador Fernández-Savater
(artículo publicado en el número 1 de la revista El Estado Mental)

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[Resumen: Cultura consensual, cultura desproblematizadora, cultura despolitizadora. La Cultura de la Transición (CT) se aseguró durante tres décadas el control de la realidad mediante el monopolio de las palabras, el monopolio de los temas y el monopolio de la memoria. Hoy la cosa se está yendo al garete. ¿Se viene abajo por su propio peso? ¿Se muere de vieja? Seguro que sí, pero no sólo. Hay ciertos desplazamientos subjetivos que están abriendo los posibles prescritos por la CT: subvirtiendo su reparto de lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, el sentido y el ruido, lo real y lo irreal. La crisis de la representación atraviesa hoy todos los órdenes: cultural, político, mediático, intelectual, educativo, etc. Las palabras, los temas y los recuerdos proliferan. Rebosan por fuera de los límites de las instituciones tradicionales: partido, media, sindicato, museo, universidad. ¿Son desplazamientos políticos? ¿Se trata de nuevos movimientos sociales? ¿Una Cultura Crítica alternativa? ¿El fin del tapón generacional español de los últimos años? Este texto propone empezar a pensar estos desplazamientos como movimientos sociales que no son movimientos sociales, espacios de anonimato.]

 

Policía y política

El filósofo francés Jacques Rancière propone un esquema general abstracto para pensar las sociedades, articulado sobre la la distinción entre policía y política. No hay que dejar que el término nos confunda, la policía no designa aquí un poder que reprime cuerpos o conciencias, sino una configuración (de lo) sensible que estructura jerárquicamente todo el espacio social: lo posible y lo imposible, lo visible y lo invisible, el sentido y el ruido, lo real y lo irreal. La policía establece un marco, un mapa de lo que es posible ver, nombrar, pensar y hacer. Nos fija a todos y a cada uno en un lugar determinado, que se define por una serie de funciones, títulos y competencias (o su ausencia). Busca la completitud: vigilar y gestionar permanentemente ese staqu quo para que ningún punto vacío o polémico lo fisure. Su pasión es la pasión del UNO.

La política, por el contrario, acontece cada vez que una práctica colectiva desarregla el mapa policial de lo posible y reconfigura las maneras de ver y de organizar lo real. Cada vez que un movimiento desplaza las fronteras que compartimentan a los sujetos, abriendo un espacio no identitario, incluyente, en el que cualquiera puede contarse. De ese modo, quienes bajo la gestión policial han caído del lado de la incapacidad, el ruido o la invisibilidad, entran disruptivamente en escena, exponiendo su capacidad para decir, ver (y mostrar), fabricar mundo común. Rancière explica que no hay un sujeto previo a la práctica política (un sujeto histórico, etc.), sino que la misma práctica política es el sujeto. Por tanto, la política es una realidad intermitente, precaria, inestable y “confiada sólo a la perseverancia de sus propios gestos”. Es un desplazamiento, nunca un estado, que actualiza el poder de cualquiera para hablar, pensar, decidir: la “igualdad de las inteligencias”.

Cultura de la Transición

Pues bien, a lo largo de un trabajo más bien solitario y (comprensiblemente) sin mucho eco, el periodista Guillem Martínez ha definido y descrito a la policía local como Cultura de la Transición (CT). “Me empecé a interesar por el asunto cuando mis temas, mi estética, mi estilo, mi humor y mi lenguaje me ocasionaban cierto malestar. Estuve observando mi malestar un tiempo. De ahí han salido varios libros y un bloc, en el que durante dos años intenté describir la CT a tiempo real, conforme me la iba encontrando frente a las narices a diario”. Retomo ahora en líneas generales el análisis que hace Guillem de la CT, pero lo hago a mi manera y por mi cuenta1. La CT nace con los Pactos de la Moncloa, es la cultura que se impuso sobre la derrota de los sueños de emancipación y comunismo de los años 70. El concepto no alude exclusivamente al sistema de partidos español, sino a una cultura en el sentido más amplio del término: configuración (de lo) sensible que estructura decisivamente lo que se puede ver y hacer en el juego político, la universidad, los medios de comunicación, las prácticas creativas y las maneras concretas de organizar cotidianamente lo real.

Según Guillem Martínez, la CT es una cultura esencialmente consensual. No en el sentido de que llegue a acuerdos haciendo dialogar los desacuerdos, sino de que prescribe ya de entrada los límites de lo posible: representación política y mercado como único marco concebible, practicable y deseable para la vida en común. Como única organización viable de las posibilidades sociales. Por ello mismo, la CT es una cultura esencialmente desproblematizadora: los conflictos y los problemas son fisuras potenciales en el statu quo y su reparto de lugares, tareas y poderes (quién puede hablar y quién no, quién puede decidir y quién debe limitarse a obedecer, qué palabra tiene valor y cuál es mero ruido, qué propuestas son viables y cuáles son insensatas, etc.). Ese “sentido común” tan alabado por la CT no es sino esta mirada desproblematizadora sobre la realidad, que considera “irresponsable” y “desestabilizadora” cualquier pregunta abierta sobre la vida en común por fuera del marco de lo posible autorizado. Una mirada desproblematizadora es fundamentalmente una mirada despolitizadora.

A su particular pasión del UNO, la CT le llama cohesión: “la CT es la única cultura europea que tiene como principal función denunciar e impedir lo problemático y crear cohesión full-time” (G. Martínez). Esa cohesión pasa por el hecho de que todos y cada uno aceptemos identificarnos con el papel que nos toca en el reparto de lugares y funciones en el marco de la CT: la política es cosa de los políticos; la comunicación es la materia de los media; la palabra autorizada es un privilegio de intelectuales y expertos; las alternativas marginales son asunto de los movimientos sociales; y finalmente, el “sálvese quien pueda” es la ley secreta de la sociedad… La cohesión que se busca es la unidad temerosa de la tropa o el rebaño, a los que la élite dirige con una mezcla particular de sentimientos: el paternalismo hacia la masa de pobres cretinos, tan mal ilustrada; el desprecio ante el poco entusiasmo que, ¡encima!, muestran por la CT, su escasa “dedicación democrática”, su “ingratitud”; y el miedo, finalmente, frente a su opacidad radical.

Monopolios del sentido

La CT busca asegurarse el control de la realidad mediante tres acaparamientos exclusivos:

monopolio de las palabras: cómo debe circular (la palabra) y qué deben decir (las palabras). Por un lado, la CT gobernó (nunca sin réplicas) durante los 80 y 90 mediante un sistema de información centralizado y unidireccional en el que sólo las voces mediáticas tenían acceso, mientras que el público jugaba el papel de audiencia pasiva y existían temas intocables. Por otro lado, en el marco de la CT las palabras funcionan como fetiches que suspenden y aplazan los problemas en lugar de permitir asumirlos y elaborarlos (lo que explica una recurrencia típica de los problemas en la CT). Desde la derecha extrema a la extrema izquierda, la pugna consiste en apropiarse e identificarse con una serie de grandes términos vacíos que funcionan con piloto automático, sin que experiencias sociales concretas los encarnen ni validen: Libertad, Democracia, Ciudadanía, Constitución, Unidad, Progreso… En realidad, su único contenido efectivo es la misma legitimación de la CT como marco exclusivo de lo posible. Como cantaban los Housemartins, nos dicen que hay diferentes puntos de vista, pero sólo son los diferentes tonos de una misma tristeza. La CT funciona como una especie de hilo musical machacón y (cada vez menos) abrumador: lo que hay es lo que hay es lo que hay es lo que hay es lo que hay…

monopolio de los temas: prescribir en torno a qué debemos pensar y en qué términos. Dice Guillem Martínez: “en la CT, el nacionalismo -y no la economía, la historia o la política- es el único tema posible de discusión” (¡y en qué términos!). En la CT, se entiende que “interesarse por la política” pasa por opinar sobre lo que la agenda mediática y política nos pone enfrente de los ojos a cada momento: hoy Estatut, ayer Gürtel, mañana lo que sea. Da igual que uno esté a favor o en contra del tema, lo importante es que se hable de él y no de otra cosa. Si aceptas el tema, si comentas el tema, si el tema te parece tema, entonces serás considerado un “ciudadano”. En caso contrario, serás etiquetado de mala manera (de un tiempo a esta parte: “pasota”, “apolítico”, “radical”, “antisistema”, etc.). El monopolio de los temas implica también una decisión sobre quién es el enemigo: son las posiciones demonizadas, criminalizadas. Pero atención: el enemigo no es necesariamente “lo otro” de la CT, algo que está excluido, sino que puede estar perfectamente incluido en tanto que enemigo, algo frente a lo que la CT se define a la contra como “poder de salvación” (el “peligro separatista”, por ejemplo). Quien define los temas, controla la realidad.

monopolio de la memoria: qué debemos recordar y en función de qué presente debemos hacerlo. Durante años, la gestión de la memoria ha consistido en una pura y simple neutralización del pasado siempre incómodo. Pero el pasado se abre cuando menos se espera. Así, por ejemplo, en respuesta a una necesidad social masiva organizada a través de movimientos como las asociaciones por la memoria histórica, recientemente se desplegó toda una gestión institucional del recuerdo que procuraba rentabilizarlo simbólicamente al tiempo que buscaba desactivar su potencia para sacudir e interrogar el presente. Para ello, esa gestión por arriba manejó una idea instrumental y puramente “reparadora” de la memoria: como si el pasado fuese simplemente un lamentable descosido que se trata de enmendar y zurcir mediante un “reconocimiento de los mártires democráticos”2 limitado a algunos actos o gestos institucionales. Pero ni siquiera se ha podido avanzar demasiado en el desenterramiento básico de las fosas que tachonan las cunetas del país. Y la sola existencia de todas esas cunetas cuestiona radicalmente el pacto de silencio, punto y final constituyente de la CT. Fue precisamente uno de los regalos envenenados que nos dejó la Transición quien decidió el bloqueo: una Justicia colocada por encima de la sociedad y que pretende sustituir la verdad social por la verdad penal.

Antes que por su nombre o su análisis, quien ha crecido bajo la CT la conoce por chocar directamente con sus filtros invisibles cada vez que trataba de pensar por sí mismo: hay cosas que no se dicen, cosas que no se hacen y cosas que no se ven. Fuera de la CT no hay salvación, se extiende el reino de las tinieblas: toda crítica será emparentada de una u otra manera con el “totalitarismo”. De vuelta de todas las aventuras políticas, críticas y contraculturales del siglo XX, la CT se presenta como la menos mala de las alternativas posibles: un baluarte de la razón que resiste, heroico y asediado, en medio de un mundo de barbarie. Aceptar el consenso que nos propone la CT sería de ese modo la única barrera que nos protege de la guerra de todos contra todos (étnica, identitaria, etc.) que amenaza con estallar en cualquier momento. Es un fenómeno curioso: una cultura dominante se hace pasar por la última rebeldía posible, con todos los beneficios simbólicos (y psicológicos) que conlleva tal posición. Así se entiende que sea una mezcla de arrogancia y melancolía victimista lo que mejor define las tonalidades afectivas de la CT.

Crisis o implosión

Habitar en sus márgenes fue durante mucho tiempo la mejor de las opciones (y muchas veces la única posible), aunque la CT gestionaba muy confortablemente esa alternativa entre dentro y fuera. Pero lo que hoy ha entrado en crisis es la misma configuración del espacio de la CT: su monopolio del sentido, el vigor y la legitimidad de sus reglas de juego, su capacidad para desproblematizar y apagar preguntas, su autoridad para trazar fronteras y asignar lugares.

¿Qué está pasando? Según Guillem Martínez, estamos asistiendo esencialmente a un fenómeno de implosión: la CT se muere de vieja. “Hay esbozos de que la cosa se está yendo al garete”. Por un lado, hay nuevas dinámicas sociales y culturales que la van jubilando: “las nuevas generaciones consumen una cultura en la que los diarios y el Estado no son intermediarios. Es posible que, incluso, ignoren el staff de la CT (…) Tiene su componente de belleza observar cómo, en esa cosa tan vertical como la CT, los medios de comunicación, por ejemplo, van perdiendo autoridad entre ERE y ERE. Un artículo de opinión de una firma que opina lo mismo desde 1976 empieza a carecer de peso específico, de autoridad. Lo que es un primer paso para el cachondeo”. Por otro lado, la CT está siendo sustituida por la cultura que viene y que siempre ha estado: la cultura de mercado. También se trata de una cultura consensual, pero esencialmente despolitizada y despolitizadora, light al cuadrado, sin ninguna preocupación especial por la “cohesión democrática”, más basada en el espectáculo y el entertainment que en las consignas de los partidos.

La CT se viene abajo por su propio peso. Seguro que sí. ¿Pero se trata simplemente de eso? Mi impresión es que hay ciertos desplazamientos que están abriendo los posibles prescritos por la CT: subvirtiendo su reparto de lo posible y lo imposible, lo lo visible y lo invisible, el sentido y el ruido, lo real y lo irreal. ¿Serían desplazamientos políticos? Recordemos el esquema general de Ranciére que nos sirve de guía: el poder clasificador de la policía queda interrumpido y trastocado por las irrupciones de la política. ¿Se trataría entonces de esto, del renacimiento de la acción política secuestrada durante tanto tiempo por el consenso y el sistema de partidos? Sí y no. Son desplazamientos que efectivamente reconfiguran las maneras de ver y de organizar lo real. Pero no siempre se hacen visibles exactamente a través de una ruptura, una escena pública y un discurso, sino que muchas veces son opacos y operan en silencio, no polarizan y rehuyen directamente comunicar, no afirman explícitamente otros principios para la vida en común, ni se ponen como alternativa. De ahí que se pueda detectar la crisis severa de la CT, pero a primera vista parezca que se derrumba como un castillo de naipes que se empujan unos a otros. De ahí también nuestra propia dificultad para interrogar y componernos con lo que está pasando.

El acontecimiento 11-M

Hay rupturas que dejan al descubierto el funcionamiento de las cosas. Son como desgarrones sobre el tejido social que nos permiten ver corrientes profundas, subterráneas3. En el 11-M de 2004, un larguísimo día con tres noches, ocurrió algo así. Los contornos de la CT se agudizaron y también se reactivaron y se hicieron visibles los desplazamientos que la están poniendo en crisis.

El 11-M, la CT se puso firme como un solo hombre (el famoso “sentido de Estado”) para mantenerlo todo bajo control. Que nunca pase nada es la norma que resume su filosofía práctica. Sin embargo, el 11-M no se convirtió en otro 11-S. Todo lo contrario. El estado de sitio informativo no funcionó, el racismo no prendió, la lógica de la seguridad no se impuso y se desdibujó la línea divisoria amigo/enemigo. Nada de todo esto se derivó de una simple implosión de los resortes de la CT, ni puede entenderse sin valorar la reacción social a los atentados: el miedo no vació las calles en favor del “poder de salvación” que es la CT, sino que la gente común expresó en ellas su duelo y su protesta sin dejarse marcar las formas ni los contenidos, hundiendo los monopolios del sentido.

El reparto autoritario de lugares y funciones de la CT quedó revocado de manera fulminante: ni los políticos lograron representar, ni la calle enmudeció, ni los medios de comunicación pudieron construir la “opinión pública”, ni los afectos quedaron relegados al ámbito de lo privado. Por un momento, la sociedad no estuvo definida en primer lugar por el “sálvese quien pueda”, sino por la afectación sensible hacia lo que tenemos en común.

Frente al monopolio de palabra, se afirmó una toma de palabra masiva. Palabras de duelo, palabras de apoyo, palabras de denuncia. Consignas, poemas, mensajes escritos en todos los soportes, lugares e idiomas imaginables. En santuarios improvisados, en la calle, en la Red. En castellano, en árabe, en rumano. Palabra viva, encarnada, plena de sentido. Mezclada con silencios, abrazos, lágrimas, gritos, ruido de cacerolas. Palabra heterogénea, deslocalizada, dispersa. Que desbordó los cauces, las pautas y las palabras-fetiche de la representación (por arriba se hablaba de España, por abajo se decía “todos somos Madrid”; por arriba se hablaba de “lucha contra el terrorismo”, por abajo se afirmaba “paz”). Una multiplicidad de palabra disonante que tampoco se organizó bajo las formas tradicionales de lo colectivo: sindicato, partido, asociación de vecinos o movimiento social.

Frente al monopolio de los temas, se cuestionaron las respuestas automáticas y se abrieron preguntas desde abajo (“¿Quién ha sido?”). De pronto se hizo evidente qué tipo de cohesión es la que reivindica constantemente la CT: no es otra cosa que la fusión mediante el miedo de una masa obediente que delega todas sus capacidades (de pensamiento, de expresión, comunicación y acción) en el soberano, el cual se encarga de administrar el pánico y señalar al enemigo. Pero el enemigo se desdibujó el 11-M. ¿Se trataba de ETA, Alqaeda, el nacionalismo vasco, el islamismo radical, los árabes en general? Resulta que había una guerra (“ilegal e ilegítima”) en Irak. Resulta que el gobierno español la había apoyado y enviado tropas. Resulta que había mentido descaradamente sobre el origen de esa guerra. Resulta que entre las víctimas del atentado casi la mitad eran inmigrantes y muchos de ellos árabes. Demasiados elementos vinieron a emborronar la simplificación de los problemas y las oposiciones mediante las que gobierna la CT: demócratas/violentos, nosotros/ellos, Occidente/barbarie, etc. Era una guerra global lo que había estallado en Madrid, haciendo trizas las fronteras del Estado-nación como coordenadas de inteligibilidad del mundo (¿en qué quedaba la consigna “por la Constitución, contra el terrorismo” aplicada a Alqaeda?). En la calle se desplazó con mucha fuerza la designación del enemigo cuando se decía: “el enemigo es la guerra”, “Madrid=Bagdad”.

Frente al monopolio del recuerdo, se improvisaron mil santuarios asilvestrados por todos sitios, al mismo tiempo que los minutos de silencio oficiales se vaciaban. Nadie se dejaba prescribir lo que tenía que sentir, ni tampoco dónde debía expresarlo. Como afirman las conclusiones del proyecto “Archivo del duelo”, que recogió y analizó las ofrendas depositadas en Atocha4, los santuarios salvajes no sólo sirvieron para expresar el duelo, sino también para comunicar y debatir. Las columnas de la estación de Atocha eran como un palimpsesto con varias capas de diálogo y discusión sobre el significado de lo ocurrido. Todo ello habla muy claramente de la necesidad sentida profunda y masivamente durante aquellos días de espacios abiertos de comunicación e intercambio sin filtros políticos o mediáticos. Sencillamente, los resortes de la CT (sus políticos, sus medios de comunicación, sus expertos, sus rituales) no le servían a nadie para pensar ni sentir libremente lo que estaba ocurriendo. Una cultura entera entró así en crisis.

El 14-M, el Partido Popular fue desalojado del poder mediante un voto táctico y masivo de miles de personas que habitualmente no acuden a votar y que ese día ejercieron así una especie de autodefensa colectiva. Durante la siguiente legislatura, se registraron numerosos cambios macropolíticos en el interior de la estructura de la CT: se desarrolló una nueva gobernabilidad (diferente a la del primer gobierno socialista) que tenía muy en cuenta que había sido aupada al poder por un insólito movimiento de protesta y rechazo a las políticas de la mentira, el miedo y la guerra; entre los dos principales partidos se abrió una pelea a muerte por apropiarse el uno contra el otro del marco y los consensos de la CT; aparecieron terceras fuerzas políticas que reivindicaban una fidelidad pura a los principios de la CT, sacrificados a su juicio en la lucha bilateral de los partidos mayoritarios; una nueva derecha mediática y social, por fuera de los partidos, tomó las calles una y otra vez convocando a miles de personas contra el gobierno; un nuevo periódico de tirada nacional pugna desde entonces por abrirse hueco en la margen izquierda de la CT, aprovechando el declive irreversible de legitimidad del faro mediático por excelencia de la cultura consensual más biempensante, etc.

Afectaciones comunes

Pero lo que es más interesante, lo que ocurre en marzo del 2004 nos habla también de algunos desplazamientos sísmicos que el acontecimiento 11-M precipita y visibiliza, de algunas experiencias de politización anómala. Yo distinguiría en ellas algunos rasgos:

-no extraen su fuerza de un programa o una ideología, sino de la afectación en primera persona. Esa afectación en primera persona, ¿qué es? Sentirse afectado es en primer lugar sentir que tu vida no puede continuar igual, que algo pasa y que has de hacer algo con eso que ocurre y te ocurre. Es una sacudida que atraviesa la existencia, suspende y desequilibra la normalidad, abre preguntas sobre el sentido de la vida que llevamos, hace que los otros importen realmente porque sólo con ellos podemos encontrar respuestas, imprime pasión y verdad en la banalidad ambiental, nos exige una elaboración creativa de sentido.

-por ello mismo, no encuentran necesariamente su sentido en la dicotomía izquierda/derecha. Por el contrario, la polarización izquierda/derecha funciona muchas veces como un mecanismo de desactivación de sus potencialidades. Por un lado, esa polarización propone un mapa del mundo a priori (la ideología) y bloquea así la necesidad de construir un mapa nuevo y saberes propios a partir precisamente de la ruptura subjetiva que es la afectación. Por otro lado, restringe la capacidad de interpelación del desplazamiento a quienes se identifiquen con uno de los bandos en disputa (izquierda/derecha), perdiéndose así la posibilidad de que la situación abierta hable a todos y convoque a cualquiera, esto es, la fuerza de lo universal.

-si la CT pretende a toda costa mantener la “cohesión”, en estas politizaciones anómalas se trata más bien de recrear “lo común” que es algo bien distinto: no un bloque homogéneo encolado por el miedo, sino un ‘nosotros’ abierto e incluyente. Es el sentido más profundo de ese “Todos somos Madrid” que se repitió el 11-M: una identificación heterogénea con una entidad medio vacía y medio ficticia en la que todos cabíamos, justo lo contrario de lo que ocurría con el enunciado “España”. Ese ‘nosotros’ rompe en los hechos con la alternativa que estrangula la imaginación política en la actualidad: o bien el consenso en torno a la democracia-mercado como única forma de vida en común, o bien la guerra de etnias, de religiones, de identidades y de todos contra todos. El protagonista clave de ese nosotros es “el cualquiera”, ese cualquiera que es mi semejante aunque no lo conozca, que es mi semejante aunque no nos una ningún predicado identitario común excepto ser igualmente humanos, ese semejante al que se aludía diciendo “en ese tren íbamos todos” o “esto podría haberle pasado a cualquiera”. No se trata de la figura abstracta del “ciudadano” definido por su pertenencia al orden de la Ley y del Estado, sino de un otro a la vez desconocido y concreto, anónimo y de carne y hueso.

-no anuncian otro mundo posible, sino que se activan para que no se deshaga el único mundo que hay. Son desplazamientos que potencian lo social y transforman lo posible, pero no buscan necesariamente destruir el sistema, construir un polo político visible o fugarse hacia un afuera utópico. De ahí que tampoco tengan mayores problemas para hacer un uso táctico de los resortes al alcance de la mano, como el voto en las elecciones del 14 de marzo. ¿Define esto una posición puramente defensiva o conservadora? De ninguna manera, porque luchar para que no se deshaga el mundo implica hoy recrear lo común, recrear nuestro vínculo con la realidad, aunque ya no sea bajo el horizonte de otro mundo posible, ni de una alternativa global de sociedad.

Desplazamientos

Ahora lanzo los dados y hago una apuesta: seguimos viviendo en el acontecimiento 11-M. Este sería el enunciado de una hipótesis aún por verificar. Su contenido afirma que los rasgos de esa nueva forma de politización siguen vivos hoy en multitud de experiencias dispersas en el tiempo y el espacio, por supuesto sin referencia necesaria ni vínculos directos con lo ocurrido el 11-M. No me refiero a la aparición de un nuevo protagonismo social, un contrapoder explícito, bien visible, como el que ha podido aparecer en otras latitudes tras una insurrección (pienso por ejemplo en Argentina tras el 2001), sino más bien a la persistencia de una corriente subterránea, quizás apenas perceptible en la superficie de lo social, pero que a su modo continua agrietando los pilares de la CT. Son desplazamientos. Movimientos sociales que no son movimientos sociales. Espacios de anonimato.

La crisis de la representación atraviesa hoy todos los órdenes: cultural, político, mediático, intelectual, educativo, etc. Las palabras, los temas y los recuerdos proliferan. Rebosan por fuera de los límites de las instituciones tradicionales: partido, media, sindicato, museo, universidad. Por doquier afloran extrañas constelaciones que piensan, producen y crean a partir de sus propias vidas sacudidas y problemas situados. Blogs, redes sociales, nuevas formas de creación cultural, cooperativas o empresas de lo común que se sitúan en y contra el mercado, centros sociales de segunda generación, movilizaciones sociales autoconvocadas (como el movimiento de V de Vivienda o la protesta contra la Ley Sinde), creadores invisibles, foros de memoria histórica o comunidades de afectados que toman la calle y afirman en voz alta “nada sobre nosotros sin nosotros”. Multitud de experiencias que piensan a su manera: profana y sin Autor, empírica y en proceso, sin respeto por las fronteras entre géneros y disciplinas, sin respeto por los filtros autoritarios, poniendo en juego otras racionalidades y sensibilidades, haciendo un bricolaje desenvuelto entre distintos materiales, entre distintos saberes. Por supuesto, estos desplazamientos y espacios de anonimato se dan en la Red, donde la crisis de la representación salta a la vista y los intermediarios están al borde de la histeria, pero no sólo, ni tampoco se trata únicamente de un “efecto tecnológico”.

Por lo demás, la crisis de los centros jerárquicos de sentido no es un proceso unilateral de emancipación. Trae consigo ruido, fraude, paranoias. Grupos que sostienen y difunden la creencia en todo tipo de conspiraciones. Usos fraudulentos y abusivos de la Red. Patrullas ciudadanas que autogestionan el miedo en los barrios. Una Nueva Derecha 2.0. que arraiga con mucha fuerza en el malestar social. Movimientos contra la corrupción y la ineficacia de jueces, políticos y policía que reclaman jueces, políticos y policía más severos. Es el reverso tenebroso de la crisis de la representación y los fenómenos de autoorganización social: desplazamientos oscuros. Contra ellos, los perros guardianes de la CT nos advierten mediante el discurso del miedo: querrían imponernos una alternativa entre las “sabias jerarquías” de la CT y el “caos horizontal”, como si no pudieran existir modos de auto-regulación de lo común colectivos y distribuidos. Como siempre dice un amigo, “la salida del infierno está allí donde las llamas son más altas”.

Si nos cuesta ver (detectar, sentir, valorar) esas corrientes subterráneas y anónimas es quizá porque sus agentes activos no son actores políticos inmediatamente identificables y reconocibles. Es decir, no se trata de una Cultura con mayúsculas, pero de signo opuesto: con sus intelectuales críticos, sus periodistas conscientes, sus artistas comprometidos. La figura clásica del Gran Vigía que concentraba los anticuerpos de la crítica y mantenía alerta a la sociedad ha quedado en un segundo plano. Su legado se reproduce difícilmente en las jóvenes generaciones, que Franco Berardi (Bifo) ha llamado “post-alfabéticas”, educadas en la cultura de la imagen, la cultura pop de los cómics y el cine de masas, la música electrónica, la televisión o Internet.

Tampoco estamos exactamente ante “nuevos o novísimos movimientos sociales”. Pensarlos como tales supondría echar en falta la estructura organizativa, la identidad del nosotros, la ideología o el programa, la alternativa de sociedad, la relación de fuerzas, etc. Es decir, juzgarlos por lo que no son y perder de vista lo que sí saben hacer: ocupar de otra forma el espacio público, inventar nuevos vínculos entre el yo y el nosotros, hacer un uso afirmativo (y no padecido) de las tecnologías, elaborar colectivamente lo afectivo, abrir espacios de cualquiera más allá de las divisiones ideológicas-sociológicas-geográficas, producir enunciados que interrumpen el sentido común dominante (verdades no ideológicas que mezclan realismo y desafío, como el “no nos representan” del movimiento contra la guerra de Irak, el “mañana votamos, mañana os echamos” del 13-M, el “no tendrás casa en la puta vida” de la V de Vivienda). Son resistencias más opacas, más ambiguas, más vacilantes, más intermitentes, más balbuceantes, más difíciles de reconocer como “luchas” o “victorias” que los movimientos sociales, pero no por ello menos interesantes, ni menos potentes.

Tampoco resulta muy interesante leer los desplazamientos con la categoría-lente de “conflicto/tapón generacional”. Seguramente el “conflicto generacional” será más bien un modo de reconducir la crisis de la representación por parte de la CT: integrar a algunas figuras de las jóvenes generaciones, ampliando un poco el marco de lo posible y refrescando así las estructuras de poder. Es un proceso ya en marcha, sobre todo en el ámbito cultural. La CT dejará pronto de ser “viejuna”. Por supuesto, lo interesante sería no tanto que algunos jóvenes logren colarse por el tapón, como la ampliación de las capacidades de cualquiera. Es decir, que los desplazamientos en curso logren no ser absorbidos como una simple “posibilidad” más del menú existente, sino que se desarrollen como crisis y alteridad, como conflicto y como fuente de otras lógicas. Es una “batalla” abierta, en la que está todo por pensar, hacer, inventar.

El arte de esfumarse

Se sabe que Leonardo consiguió la enigmática expresión de la Gioconda mediante la técnica del esfumado, que consistía en difuminar los contornos de las figuras para lograr una especie de neblina sobre la obra. De ese modo, Leonardo no sólo se rebelaba con esas pinceladas borrosas contra la nitidez y las líneas precisas que imperaban en la pintura académica de su época, sino que planteaba una profunda propuesta creativa: la aceptación de la incertidumbre y lo ambiguo como estrategia para mantener la mente flexible y abierta ante los cambios y lo inesperado.

En el caso de los espacios de anonimato no hay creador. Son prácticas sin autor que se dibujan a sí mismas. Pero también son enigmas que nos interpelan: ¿cuándo aparecen, quién se junta, para qué? Se esfuman, pero esfumarse como hemos visto no significa desaparecer, sino aparecer borroso: camuflarse en las reglas del juego para romperlas desde dentro, como cuando el movimiento V de Vivienda reivindicaba el artículo 47 de la Constitución española (de imposible cumplimiento en las condiciones actuales); difuminar los contornos identitarios para saltar las fronteras sociológicas e ideológicas que nos dividen cotidianamente, facilitando así que cualquiera pueda implicarse en primera persona; provocar una neblina protectora contra las etiquetas que estigmatizan o criminalizan (“anti-sistema”, etc.), que nos vuelven gobernables y previsibles. En definitiva, convocan una huelga de identidades donde podemos ensanchar juntos lo posible.

Aprender a escucharlos e impregnarnos de su fuerza de transformación nos exige rebelarnos contra las exigencias de nitidez y líneas precisas (izquierda/derecha, etc.) que imperan en las miradas dominantes sobre lo político y aceptar el desafío de mezclarnos con lo imprevisible y ambivalente hasta el punto incluso de llegar a preguntarnos si seguimos siendo de los nuestros.

Una versión resumida de este texto traducida al inglés

Algunas (muy pocas) referencias donde se inspira o se prolonga lo expuesto aquí :

Jacques Rancière, El desacuerdo, Buenos Aires, Nueva Visión, 1996 (sobre los conceptos de policía y política)

Guillem Martínez, Pásalo, Barcelona, Debolsillo, 2004 (sobre la CT y el 11-M)

Daniel Blanchard, Crisis de palabras, Madrid, Acuarela Libros, 2007 (sobre la instrumentalización del lenguaje)

Sobre el movimiento V de Vivienda: http://agitpub.wordpress.com/

Maurice Blanchot, Escritos políticos, Madrid, Acuarela, 2010 (sobre el concepto de “poder de salvación)

Jean Baudrillard, A la sombra de las mayorías silenciosas, Barcelona, Kairós, 1978 (sobre las zonas de opacidad en lo social)

Amparo Lasén, “Movimientos, mobidas y móviles: un análisis de las masas mediatizadas” (se puede encontrar en la Red), en Cultura digital y movimientos sociales, La Catarata, 2008. Sobre este mismo tema, entrevisté a Amparo para Público: http://blogs.publico.es/fueradelugar/category/amparo-lasen

Alain Brossat, Le grand dégoût culturel, Broché, 2008 (sobre la cultura de mercado)

Giorgio Agamben, La comunidad que viene, Pretextos, Valencia, 1996 (sobre el concepto de “singularidad cualquiera”)

VVAA, Red Ciudadana tras el 11-M, Madrid, Acuarela Libros, 2008 (sobre el 11-M y sus despueses)

Franco Berardi (Bifo), Generación post-alfa, Buenos Aires, Tinta Limón, 2007 (sobre las nuevas generaciones y su “otro cerebro”)

El párrafo sobre el “monopolio de la memoria” surge de conversaciones con mi amigo Juan Gutiérrez (http://blogs.publico.es/fueradelugar/category/juan-gutierrez)

Las reflexiones de Margarita Padilla nutren constantemente el texto, la entrevisté en Público sobre las transformaciones de la Red (http://blogs.publico.es/fueradelugar/category/margarita-padilla) y con ella escribí “Las luchas del vacío”

Espai en Blanc (www.espaienblanc.net) (sobre todo)

1 Ese análisis se puede conocer en su literalidad por ejemplo a través de su antiguo blog: guillemmartinez.com

Las citas de Guillem Martínez pertececen a la entrevista que le hice para el diario Público y que puede consultarse aquí (algunas de mis diferencias con los análisis de Guillem se pueden intuir al trasluz de su lectura: la naturaleza de la Nueva Derecha, la evolución de la CT, su implosión…).

2¡Cuando en tantísimos casos no era la democracia-mercado por lo que se luchaba!

3Por ejemplo, las corrientes que habían dado lugar a movimientos como el Nunca Máis o el “no a la guerra”.

4Puede leerse aquí la entrevista que hice para Público a su responsable, Cristina Sánchez Carretero.


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